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Tensión en Lavapiés

Los antisistema aprovechan la muerte de un ‘mantero’ para desestabilizar

Lugar donde murió Mame Mbaye en la calle del Oso en Lavapiés. / Vídeo: Declaraciones de Jorge García, concejal-presidente de Centro del Ayuntamiento de Madrid, sobre la muerte del senegalés. EFE-Quality

La desgraciada muerte de Mame Mbaye, un mantero senegalés que llevaba 12 años en España sin papeles legales, se ha convertido ya en combustible con el que inflamar varios incendios simultáneos en Madrid. Según los datos ofrecidos en las primeras horas por la policía y corroborados por testigos, el hombre falleció de un infarto en la calle del Oso de Lavapiés, socorrido por agentes municipales que circulaban por la zona y que le atendieron tras ser interpelados por un amigo. Llamaron a una ambulancia e intentaron sin éxito practicarle los primeros auxilios. Y no tenían nada que ver, según la versión oficial, con la operación contra los manteros que había desarrollado la policía poco antes en la cercana Puerta del Sol y de la que Mbaye había huido.

Solo la investigación aclarará la secuencia completa de los hechos pero, desgraciadamente, algunos grupos y políticos de la órbita de Podemos se apresuraron a sacar sus propias conclusiones. Las redes se llenaron de soflamas que vinculaban la muerte del mantero con la persecución policial y los disturbios se extendieron en Lavapiés, un barrio donde la convivencia multicultural ha funcionado admirablemente desde hace décadas.

La historia de Mbaye no es excepcional. El senegalés, de unos 35 años, es un caso más entre las personas que buscan una salida en Europa porque no tienen oportunidades de lograr una supervivencia más digna en sus lugares de origen. Es obligada una reflexión sobre la situación de los inmigrantes sin papeles y en severa exclusión social. Los manteros son el eslabón más débil de una cadena que dirigen mafias criminales de falsificación y explotación que suelen quedar impunes. Ante ello, han surgido diversas respuestas, desde las medidas de inserción a una mayor persecución por la venta ilegal o iniciativas para despenalizarla. La situación merece sin duda enfocar el problema y sus soluciones desde una perspectiva no solo laboral, sino también humanitaria.

Pero todo eso no tiene nada ver con el oportunismo de los radicales que se han sumado a la rabia de los senegaleses y que han participado —si no ocasionado— los peores disturbios en Lavapiés. Los seis detenidos del jueves por la noche eran españoles, ya conocidos por la policía por su activismo antisistema. La quema de contenedores y mobiliario urbano y su violencia no atiende en absoluto al principio de solidaridad, sino al de “cuanto peor, mejor”, y contribuye a inflamar el potencial conflicto entre inmigrantes y fuerzas de seguridad en un país que ha sido hasta la fecha ejemplar en su capacidad para integrar a los extranjeros.

Oportunistas han sido también las proclamas de Ganemos —plataforma integrada en Ahora Madrid— y de dirigentes de Podemos que se apresuraron a culpar a la policía local. Se ha echado en falta también un gesto de apoyo al cuerpo por parte de sus jefes políticos en el Ayuntamiento de Madrid.

El restablecimiento de la calma debe ser la primera condición si de verdad existe una voluntad de aclarar los hechos.

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