Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Premio a la claridad

El PP paga su inacción y el PSOE su indefinición frente a Ciudadanos

El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera.
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. EFE

Malas noticias para los partidos que hasta hace pocos años dominaban el escenario electoral y que hoy, a tenor de las encuestas, se muestran incapaces de articular mayorías de gobierno. El PP y el PSOE caen en el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Su descenso tiene lugar en tiempos de graves desafíos para los españoles, cuando la política debería ser capaz de ofrecer salidas comprensibles a las distintas crisis, incluso a través de pactos de Estado en asuntos clave.

El PP pierde siete puntos respecto a las elecciones de 2016 y casi dos desde el barómetro de octubre. El PSOE crece unas décimas respecto a aquella cita electoral, pero pierde más de un punto desde octubre. Y Ciudadanos crece siete puntos desde 2016, tres de ellos a partir de octubre. Rivera y Arrimadas cosechan así un premio por la fortaleza que transmiten ante el desafío independentista y convierten a Ciudadanos en el único partido que capitaliza la aplicación del 155. Por el contrario, el PP paga la inacción que arrastró hasta octubre frente al procés y los pesados lastres de la corrupción y la parálisis política en todas las áreas de gobierno.

El aviso es también serio para Pedro Sánchez, que no logra insuflar convicción a un proyecto socialista alternativo ni trabajar con las demás fuerzas políticas para lograr superar el estancamiento legislativo en el que ha resultado la llamada “nueva política”. Se desinfla o desdibuja Sánchez y aporta, además, votantes al partido de Rivera. Este pesca en caladeros a derecha e izquierda en una progresión sostenida que empieza a consolidarse como tendencia que puede marcar esta legislatura. Y es Podemos el que definitivamente queda relegado a un cuarto puesto con un 19% de intención de voto, dos puntos menos que en las elecciones de 2016 y dos más que en el barómetro de octubre, cuando se derrumbó hasta el 17,5%. Se ha rehecho un tanto desde entonces, pero se descuelga del territorio en el que se arraciman los que de verdad cuentan.

Más rotundos aún que estos datos son los de la intención directa de voto, sin cocina, en los que los encuestados otorgan un empate técnico a tres entre PP, PSOE y Ciudadanos. Está además la caída en la valoración de Mariano Rajoy, que disminuye entre sus propios votantes.

La encuesta del CIS es el espejo perfecto en el que comprobar las devastadoras consecuencias de la inacción —en el caso del PP—, de la irrelevancia —PSOE—, de la frivolidad —Podemos—, así como el rédito que obtiene la firmeza y la claridad en tiempos en que la cuestión nacionalista ha cambiado el eje ideológico del debate. Ante semejante confusión, todos ganarían (y todos ganaríamos) con mayor capacidad de aunar fuerzas y pactar soluciones en aras del bien común. Y sobre todo con la presentación de un proyecto político claro para toda España. Pero no parece el caso.

Es necesario que quienes comparten valores constitucionales entiendan que no pueden tener el país paralizado desde octubre de 2015. Deben distinguir entre la legítima competición electoral y la necesidad de reformas imprescindibles. Pero, sobre todo, darse cuenta de que la competición política está hoy en el centro político y gira en torno al reformismo, no la radicalidad.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.