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MIRADOR
Columna

El discurso

Con la receta de la nostalgia por un tiempo pasado lleno de espejismos y la confianza en Dios y en la familia, el presidente proponía una América segura, fuerte y orgullosa

Donald Trump en la Cámara de Representantes en Capitol Hill, Washington, EE. UU.© REUTERS

En su discurso del Estado de la Unión, Trump pasó de puntillas por Puerto Rico. Lo mencionó brevemente al inicio junto a Texas, Florida, Luisiana y las Islas Vírgenes. Para afrontar el dolor y la destrucción de los huracanes y las inundaciones estaba según él la receta del amor incondicional. Parece que nadie le ha explicado que “obras son amores, y no buenas razones”, que la situación en la isla sigue siendo lamentable, y hay una nueva diáspora de puertorriqueños por el resto de los Estados que han tenido que abandonar, por desesperación, su tierra. Con la retórica de las buenas intenciones está pavimentando el camino al infierno.

El presidente hablaba apelando a los corazones esperanzados de aquellos desposeídos que lo votaron, convencidos de que les devolvería el mito de la gran América. El cambio climático no existía, las horribles inundaciones, los fuegos y las tormentas eran en realidad retos que mostraban la belleza del alma americana y su talante de acero. Se sumergió en un canto épico que apelaba al sueño americano desde el abismo de un letargo inquietante donde jugaba a los viejos discursos de la guerra fría. Volvamos al arsenal nuclear modernizándolo, seamos tan fuertes y radioactivos que nadie se atreva a tosernos.

Con la receta de la nostalgia llena de espejismos y la confianza en Dios y en la familia, el presidente proponía una América segura, fuerte y orgullosa. Eligió esos adjetivos con conocimiento de causa. No propuso una América inteligente, responsable, justa o solidaria. El mensaje era otro. Quería desmembrar la infraestructura del flujo migratorio, destruir los cimientos que han sostenido el país, para plantar sus cuatro pilares que son en realidad grandes murallas que bloquean a miles de personas con la excusa de la seguridad.

La palabra compasión la usó para decirnos que solo le preocupaba su gente, porque América ya había cumplido con el resto del mundo. También podían descansar de una vez los héroes veteranos en sus tumbas, ahora impecables, con sus banderas. Pero a los cientos de veteranos lisiados de tantas guerras que se arrastran sin hogar por las calles pidiendo algún centavo, los olvidó. Confiamos en escuchar varios ejemplos concretos en el próximo discurso y que, con un verdadero plan de apoyo, los saquen de las calles, o les regalen una banderita para que adorne los carteles que narran sus desgraciadas y traumáticas vidas.

Todo sonaba, sonaba a sueño, o a pesadilla, para los funcionarios americanos en riesgo de ser despedidos, o para las gentes de bien que escuchaban perplejas.

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