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La guerra fría del sanchismo

El mayor lastre de Pedro Sánchez, de momento, es la dificultad para definir un liderazgo solvente

La presidenta andaluza, Susana Díaz, y el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, en el encuentro del Foro Joly en Sevilla, el pasado 23 de enero.

En el PSOE cualquiera podría pensar como Bernard Baruch, el legendario asesor de Wilson en la Gran Guerra y de Roosevelt en la II Guerra Mundial: “No nos engañemos, estamos inmersos en una guerra fría”. Un año después del choque, la visita de Sánchez a Andalucía aún se adorna de un carácter excepcional, como si fuese Kruschev al otro lado del telón de acero, y se analizan los gestos de Susana Díaz con una hermenéutica delirante. Las claves de la geopolítica de bloques apuntada por Walter Lippmann en The Cold War, se cumplen rigurosamente: desconfianza obsesiva, tensión constante, gestos desafiantes….

La decisión de Susana Díaz de acercarse a saludar a Pedro Sánchez, incluso con unos minutos a solas, proporcionaba ayer una fotografía cuyo pie de foto dejaba margen a cábalas más o menos atrevidas: que si el estallido de la paz, que si armisticio imposible, que si tensión soterrada, que si teatralización hipócrita… o postal de la guerra fría, como si buscaran la imagen de un beso simbólico a lo Brezhnev y Honecker. En realidad podría reducirse a la mera cortesía, porque Susana Díaz, lejos de pensar en hacerle una cobra bisbaliana, optó por ironizar con “el deshielo para Frozen”.

Ayer se escenificó que Sánchez y Susana, no ya sanchismo y susanismo, están en claves muy distintas. La presidenta andaluza sólo tiene un objetivo: aprovechar este año de recuperación y ganar las elecciones andaluzas de 2019. Se ha rehecho del golpe de las primarias, y las encuestas le han ayudado a desprenderse del cartel de perdedora. Ha recuperado el tono de Su Susanísima. Para lograr el reto, su entorno tiene claro que no les interesa en lo más mínimo el conflicto orgánico. Eso sólo resta. Al revés, le conviene que la marca PSOE recupere crédito, acabando con la idea de su PSOE (el Partido Susanista Obrero Español) frente al PSOE de Sánchez (Partido Sanchista Obrero Español).

Para Sánchez, las cosas son menos nítidas. Su mayor lastre, de momento, es la dificultad para definir un liderazgo solvente. Ni siquiera el desgaste de Podemos o de Rajoy mejoran su consistencia. A falta de autoridad frente a los otros partidos, sólo exhibe autoridad dentro del partido. Y aunque otros barones hayan mostrado descontentos, sobre todo con la financiación, Susana es su némesis natural. Ayer los elogios se alternaron con algunas respuestas innecesariamente frías, o de una torpeza que delata su incomodidad. Tal vez a Sánchez, muy plano después de la efervescencia posprimarias, sí le conviene cierta tensión interna. Y sobre todo desde que Mr.Noesno se ha convertido en el Sr.Síessí apoyando a Rajoy del cupo al 155. Como si necesitara recordar que él es aquel que.

Aunque el sanchismo haya mostrado cierta prepotencia al anunciarse en Andalucía –en pocos días pasarán Sánchez, Ábalos y Lastra– la escenificación de ayer tenía una callada pero ardua labor previa de diplomacia de los Nº2. Nada improvisado. A Susana Díaz le conviene rehuir la confrontación interna, y Sánchez necesita autoridad. Más que un clima de guerra fría, Sánchez va congelado en las encuestas y las ideas.

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