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Entre la picaresca, el éxito y la turismofobia

España se ha beneficiado de un ejercicio de absoluto récord en una industria que no para de crecer

El stand de Líbano en la Feria Internacional del Turismo (Fitur).
El stand de Líbano en la Feria Internacional del Turismo (Fitur). EFE

Alcanzar los 100 millones de turistas extranjeros. Esa es la gran barrera que España espera superar en los próximos años. El reto no es del todo descabellado si se tiene cuenta que el año pasado los visitantes foráneos superaron los 82 millones. Una cifra que le dio a España la medalla de plata, por detrás de Francia y un peldaño más arriba que Estados Unidos, destronado al tercer puesto justo en el primer año del Gobierno de Donald Trump.

España se ha beneficiado de un ejercicio de absoluto récord en una industria que no para de crecer. En 2017, un total de 1.322 millones de personas se trasladaron de un país a otro por simple placer, por conocer otras culturas, cruzar al otro lado de la frontera, buscar emociones, vivir aventuras, saciar la curiosidad o llenar la memoria.

Algunos quizá se hayan contagiado del espíritu del historiador griego Heródoto de Halicarnaso, cuyo recorrido por el mundo conocido en sus tiempos fue replicado por el periodista Ryszard Kapuscinski 2.500 años después. “Heródoto era un hombre curioso que se hacía muchas preguntas y por eso viajó por el mundo de su época en busca de respuestas”, decía el reportero polaco, convencido de que “el verdadero sentido de la vida es cruzar fronteras”.

Hoy en día los viajes están al alcance de millones de personas. La abundante (y relativamente barata) oferta de transporte aéreo ha disparado la afición a trashumar. Los vuelos low cost son el motor de una industria que aporta al PIB nacional el 11,78% y es una potente fuente de empleo. El turismo representa uno de cada cuatro puestos de trabajo. Aunque a menudo se trata de empleo precario y revestido de condiciones laborales abusivas, como los 2,5 euros que pagan algunos hoteles por limpiar una habitación. Es también un sector desbordado por la sobrecualificación. Muchos universitarios se ven obligados a servir mesas en chiringuitos playeros. “España no puede ser un país de camareros, sobre todo de camareros mal pagados”, decía el ex secretario general de Comisiones Obreras Ignacio Fernández Toxo.

El turismo es también terreno abonado para la picaresca, como se ha visto en la trama organizada por despachos de abogados de Reino Unido para reclamar compensaciones económicas por supuestas intoxicaciones alimentarias de los visitantes británicos que recalaban en islas Baleares. Esta sofisticada red garantizaba a los clientes que denunciaban las falsas enfermedades gástricas hasta 18.000 euros de indemnización, con lo que las vacaciones les salían gratis. A través de este método se calcula que la estafa a los hoteles españoles ha llegado a 60 millones de euros. Pese a este borrón, Reino Unido es el mejor mercado para España.

El reto de muchos destinos es combatir otra lacra aún más dañina: la turismofobia. Ese sentimiento de rechazo hacia los visitantes por la masificación que puede matar el turismo de puro éxito.

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