Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Mi libro, tu libro, nuestro libro, vuestro libro

La competencia de educación debe volver al Estado

Manifestación de profesores frente a la Generalitat de Cataluña.
Manifestación de profesores frente a la Generalitat de Cataluña. EFE

"La educación es el lugar donde lo viejo y lo nuevo se encuentran como dos mares y forman curiosas olas. Nuestra escuela ha hundido ministros y a otros los ha soportado y secundado. Y todavía resiste. Ha prometido muchas reformas y alguna la ha intentado. Es el resumen perfecto de lo que somos. Un ejemplo de brillante imperfección con vetas de excelencia y abismos de insuficiencia. Sin embargo, ha conseguido un resultado: mantener unida a la nación”. Si el lector tenía alguna duda sobre si el texto anterior se refiere a la educación en España, se le habrá borrado definitivamente al llegar a la última frase. Rotundamente, no. Es obra del periodista italiano Beppe Severgnini en su libro de 2011 La testa degli italiani,un delicioso y realista retrato de lo que es Italia. Con lo bueno, lo malo y lo inclasificable por ser 100% italiano.

Como se está viendo estos días —en realidad lleva viéndose décadas, otra cosa es que no haya peor ciego que el que no quiere ver— lo cierto es que en España la educación no ha servido para mantener la unidad de la nación sino que ha sido utilizada precisamente para todo lo contrario. Los nacionalismos excluyentes (y perdón por la redundancia) han entendido perfectamente que la escuela sirve también para formar una identidad y se han aplicado a fondo y sistemáticamente a ello durante décadas. Y mientras, los responsables del Estado o bien han mirado hacia otro lado o han tenido miedo de que se les colgara uno de esos sambenitos heredados de la Transición y que no nos hemos parado a pensar en lo que realmente significan: centralista.

España tal vez posea el récord de Europa —y hasta del mundo— de tentativas y reformas en Educación en los últimos ocho lustros. “A cada ministro, un plan educativo” podría ser el lema inscrito en letras doradas en esa cartera simbólica que se pasan los responsables del Ministerio. Pero, mientras las discusiones se pierden inevitablemente en un galimatías de siglas (EGB, COU, ESO, PAU, PISA...) expresiones burocráticas (competencia lingüística, acreditación docente, consejo escolar...) y eternas discusiones (religión sí o no, educación para la ciudadanía...) la escuela ha ido agudizando las diferencias entre los españoles que pasaban por ella según el territorio donde vivieran. Es decir, ha servido para exactamente lo contrario de lo que debería ser. Una escuela que lejos de integrar lo que hace es tratar de asimilar no ya a los extranjeros, sino a los propios connacionales. No es el único ámbito en el que esto ha ocurrido, como podrá acreditar cualquiera que, por ejemplo, haya tenido que utilizar una ambulancia pública entre comunidades diferentes.

Un elemento muy importante que explica el abismo al que acaba de asomarse España es la cesión por parte del Estado de competencias que van mucho más allá de lo puramente administrativo. La educación no puede ser un coto cerrado que imposibilite el reconocimiento mutuo entre ciudadanos de una misma sociedad. Hay cosas en las que un Estado democrático tiene que ser necesariamente centralista. Sí, centralista.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.