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Desde el terreno

Trabajadores humanitarios nos cuentan sus experiencias en entornos marcados por desastres naturales o conflictos

Siria | Sierra Leona | Bangladés | Yemen|

Fotogalería: centinelas por el mundo

Un niño se para junto a un vehículo del Programa Mundial de Alimentos que forma parte de la operación humanitaria en la zona de Al-Nishabieh, en una zona rural de Damasco (Siria), el 28 de noviembre de 2017.
Un niño se para junto a un vehículo del Programa Mundial de Alimentos que forma parte de la operación humanitaria en la zona de Al-Nishabieh, en una zona rural de Damasco (Siria), el 28 de noviembre de 2017. EFE

Por Didier Vergès (ACH) Trabajan allí donde salvar vidas es urgente. Suelen dejar sus experiencias y sentimientos aparcados en un segundo plano para darles todo el protagonismo a quienes ellos siempre señalan como "los importantes": las víctimas, la población, los vulnerables. Aquí, en primera persona, hemos seleccionado cuatro testimonios, con esa parte más silenciada, desde la primera línea de la emergencia en Siria, Yemen, Bangladés y Sierra Leona. 

SIRIA: La doble estrategia para salvar vidas

Miembros de Médicos Sin Fronteras hablan de las dificultades del trabajo en una situación de conflicto y los retos de la gestión en remoto de los proyectos de la organización desde Turquía

El hospital de Al Salama, en el distritito de Azaz, en el norte de Siria.
El hospital de Al Salama, en el distritito de Azaz, en el norte de Siria.

Queda poco en pie del sistema de salud sirio tras siete años de guerra. Los ataques indiscriminados sobre la población civil y las instalaciones médicas han aumentado en las últimas semanas y son ya más de 13 millones las personas que requieren de asistencia humanitaria y, de ellas, alrededor de cinco millones viven en zonas asediadas por los enfrentamientos y de muy difícil acceso. En este contexto, Médicos sin Fronteras (MSF) ha elaborado un modelo de trabajo descentralizado, que combina la intervención directa en Siria con el apoyo en remoto desde Turquía. El objetivo final es proporcionar una estabilidad a los hospitales que les permita, en la medida de lo posible, continuar abiertos.

Debido a los ataques, buena parte de las instalaciones médicas se han visto obligadas a establecerse en lugares bajo tierra, en lo que se conoce como la bunkerización del cuidado sanitario. En algún momento previo a este fenómeno, en MSF llegamos a instalar un hospital dentro de una cueva. Pero ahí también llegaron las bombas. Todo esto ha afectado, sin duda alguna, a la calidad de la atención médica que dispensamos. Basta con pensar en las condiciones mínimas de aire y ventilación que necesita cualquier quirófano para darse cuenta de que estas serían muy difíciles de alcanzar en un lugar bajo tierra.

MSF inició su respuesta en Siria con la implementación directa de la atención médica a través de la presencia de su personal en las comunidades. Desde 2011 hasta 2014 tuvimos personal internacional sobre el terreno, pero tras el secuestro de varios de nuestros compañeros, nos vimos obligados a evacuar a todos los trabajadores que no fueran sirios. El riesgo de que volviera a ocurrir algo similar era demasiado alto.

A medida que la guerra se recrudecía y el acceso a la población por parte de nuestro personal se reducía, muchos de nuestros programas tuvieron que evolucionar, a partir de 2015, hacia el modelo descentralizado. Tras superar profundos obstáculos consecuencia de un contexto extremadamente volátil en el que las emergencias absorbían todos nuestros recursos, esta estrategia empieza a dar buenos resultados en el mantenimiento y la mejora de la calidad de hospitales como el de Al Salama, en el distritito de Azaz, en el norte de Siria.

Los pacientes que acuden a nuestros hospitales no quieren pasar mucho tiempo ingresados. Temen que estos sean de nuevo alcanzados por un ataque aéreo

A través de una fórmula de gestión compartida hemos logrado mantener operativo el hospital durante todo este tiempo. El personal sirio está en contacto permanente con los trabajadores internacionales fuera del país y en cada departamento del hospital hay una persona encargada de coordinar la relación con los equipos. Así, varios compañeros sirios cruzan cada día la frontera hacia y desde Siria.

Además, nuestro apoyo se traduce también en donaciones de equipos médicos y fármacos esenciales, formación a distancia para el personal dentro del país, vehículos para poder prestar servicios de ambulancia y apoyo financiero para cubrir los gastos de funcionamiento de los centros.

Desde el terreno

La principal dificultad a la que nos enfrentamos está en el acceso a una población que requiere de asistencia sanitaria y ayuda humanitaria urgente. Y los civiles, en muchos casos, están literalmente atrapados. La falta de movilidad también afecta a nuestros equipos sirios dentro del país que, al igual que la población, no pueden desplazarse libremente para intervenir donde más necesarios son.

Siria es un país en cuya guerra intervienen potencias regionales e internacionales, actores estatales y no estatales, que combaten en múltiples frentes en constante cambio. Desde el equipo de coordinación al otro lado de la frontera padecemos las limitaciones propias de este tipo de conflicto para contactar con nuestros equipos allí. Esta falta de proximidad pasa factura, más si tenemos en cuenta que nuestros trabajadores humanitarios internacionales ni siquiera pueden ya visitar regularmente el hospital de Al Salama o llevar a cabo formaciones presenciales.

La falta de personal sanitario en algunas especialidades también nos está obligando a contratar diariamente a médicos. Algunos trabajan en más de un hospital, gestionados cada uno de ellos por organizaciones diferentes y con protocolos diversos, lo que supone todo un desafío para armonizar la atención médica y mantener los mismos estándares.

Los pacientes que acuden a nuestros hospitales no quieren pasar mucho tiempo ingresados. Temen que estos sean de nuevo alcanzados por un ataque aéreo. De hecho, es muy frecuente que las mujeres que dan a luz pidan el alta antes de tiempo con los consiguientes riesgos potenciales para su salud y para la del bebé. Su miedo está de sobra justificado.

La virulencia de la guerra impide que el personal sanitario, los medicamentos y los materiales médicos lleguen a las personas que lo necesitan; especialmente a los desplazados que se asientan en campos informales dispersos por todo el país o en zonas bajo asedio. Como resultado de todo esto, el riesgo de que se produzcan nuevos brotes de enfermedades infecciosas es cada vez mayor, el número de casos de dolencias no transmisibles no cesa de aumentar, la salud materno-infantil se deteriora a marchas forzadas, las vacunaciones escasean y los traumatismos y los problemas de salud mental se agravan.

Enfermedades como el sarampión, la poliomielitis y la desnutrición, ausentes casi por completo del mapa sanitario sirio antes de la guerra, están cada vez más presentes. Y a esto hay que añadir la escasez de trabajadores sanitarios capacitados y de centros médicos que se encuentren operativos. Al menos seis de cada 10 hospitales han sufrido daños graves o han sido completamente destruidos desde el inicio de la guerra. Aun así y a pesar de todas las dificultades, el hospital de Al Salama no ha dejado de funcionar desde que lo pusimos en marcha en 2012.

Este relato ha sido escrito por Muskilda Zancada,coordinadora general de MSF para Siria y está basada en Turquía, y el doctor Nizar Abdulkadir, supervisor médico en el hospital de MSF de Al Salama, en Azaz (Siria).

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SIERRA LEONA: Perdí todo lo que tengo, pero soy afortunado

Las inundaciones y deslizamientos de tierra ocurridos en Sierra Leona el pasado mes de agosto dejaron al menos 500 muertos y 3.000 personas perdieron su hogar

El Espacio Amigo de la Infancia, abierto en Regent (Sierra Leona) el pasado 18 de agosto para que los niños afectados por el deslizamiento de tierras tengan un lugar seguro en el que jugar.
El Espacio Amigo de la Infancia, abierto en Regent (Sierra Leona) el pasado 18 de agosto para que los niños afectados por el deslizamiento de tierras tengan un lugar seguro en el que jugar.

Mohamed dice: "Mi familia y yo somos afortunados". Algo que no parece muy normal cuando has perdido tu casa y todo lo que tienes en un deslizamiento de tierras. Al menos, la familia continúa junta. Los niños estaban de vacaciones y él se había ido de casa para recogerlos cuando llegó el desastre en Sierra Leona. "Cuando volvimos no encontramos nuestra casa, ni siquiera pudimos reconocer el lugar donde estaba. Perdimos todo lo que teníamos".

En Freetown, la capital del país, conocemos a cientos de personas como Mohamed. Sus casas y sus tierras están ahora cubiertas por un parche de desnuda tierra roja. Al menos 500 personas murieron en las inundaciones y deslizamientos de tierra del pasado 14 de agosto. Las familias han perdido su sustento, las madres han visto cómo sus bebés eran engullidos por una ola de barro y agua. Como dijo el presidente inmediatamente después de esta tragedia, la nación entera está de luto.

En los tres años que llevo trabajando en Freetown para Unicef, he debido conducir por la zona de Regent cientos de veces. La montaña Sugarloaf es una de las dos mayores colinas que se elevan sobre la capital. La ciudad se ha ido extendiendo a su sombra, a medida que llegaba más gente desde el campo en busca de educación y trabajo. Aquella noche, las precipitaciones habían sido muy fuertes, como suelen serlo durante la temporada de lluvias (durante los meses del verano europeo). Yo llegué a la oficina antes de las siete de la mañana, y estaba ya muy claro que algo trágico había ocurrido. El uso generalizado de WhatsApp en Sierra Leona implica que la información —y algunas imágenes terribles— se propagó muy rápido, mostrando aguas crecientes, coches sumergidos y cuerpos.

Escuché a personas preguntarse en voz alta: "¿Por qué siempre nosotros?"

Cuando, horas más tarde, llegué al epicentro de los desprendimientos, ya estaban sacando cuerpos y rescatando a los supervivientes. Había personas angustiadas, que acababan de enterarse de que habían perdido a algún ser querido. La escena era un recuerdo terrorífico de la epidemia de ébola de 2014 a 2016. Las mismas ambulancias, los mismos voluntarios embutidos en trajes de protección y máscaras, las sirenas.

Algunas personas eran las mismas que ayudaron a derrotar al ébola. Al menos la experiencia adquirida en esa lucha, que nos llevó a todos al límite, servía para algo. Teníamos artículos de ayuda disponibles —proporcionados por el Gobierno de Reino Unido— que nos permitieron dar respuesta inmediatamente a las víctimas, sin necesidad de esperar a que llegara la ayuda internacional.

El Gobierno de Sierra Leona se dio cuenta enseguida de la magnitud del problema e hizo un llamamiento de ayuda internacional. A través de la Oficina de Seguridad Nacional supimos dónde podríamos servir de apoyo para las 3.000 personas que habían perdido sus hogares: proporcionando agua potable a los desplazados, sobre todo para prevenir las enfermedades que se transmiten a través del agua en mal estado tras un desastre de este tipo, como el cólera; y protegiendo a los niños, especialmente a los que quedaron separados de sus familias o habían perdido a uno de sus padres o a ambos.

Distribuimos más de 600.000 litros de agua e instalado sistemas para almacenar la lluvia, así los afectados por el desastre no están a mereced de los camiones cisterna, que a veces no pueden llegar a los hogares más aislados. Los cientos de cuerpos enseguida desbordaron el depósito de la ciudad, por lo que apoyamos la prevención de infecciones y la cloración del agua para reducir el riesgo de enfermedades. A través de uno de nuestros aliados, la zona fue desinfectada tras la jornada de enterramientos masivos organizada por el Gobierno.

Este desastre natural ha sido duro para Sierra Leona, sobre todo al estar tan reciente la epidemia de ébola. Escuché a personas preguntarse en voz alta: "¿Por qué siempre nosotros?". Y hay historias terribles de familias enteras arrastradas por el agua. Quienes se ocupan de la salud mental en Freetown tienen que dar apoyo a gente que no ve ninguna esperanza de futuro.

Es difícil, pero estamos haciendo lo que podemos con el Gobierno para ayudar a la gente a empezar de nuevo. Como parte de ello, hemos empezado a transferir ayuda en efectivo a 1.900 familias a través de pagos electrónicos. Entre ellos están Mohamed y su familia. Estamos intentando que los afectados que viven en barrios de zonas especialmente vulnerables a las trombas de agua repentinas se muevan. Rehabilitaremos las escuelas dañadas por las inundaciones. Pero para muchos afectados, el simple sonido de la lluvia les devuelve la tragedia.

Este relato ha sito escrito por John James, especialista de comunicación de Unicef Sierra Leona.

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BANGLADÉS: El país donde los niños no sonríen

Para miles de menores rohingya pasar hambre no es una opción y huir se ha convertido en un juego

El pueblo de Cox's Bazar, en Bangladés.
El pueblo de Cox's Bazar, en Bangladés.

La situación que vive Bangladés, no es una emergencia como las otras. Nada parecido a lo que haya visto antes. No pasó un huracán por aquí, no llegó un ciclón, no vivimos un terremoto. Es algo mucho peor, por aquí pasó la gran temible e inexplicable indiferencia para miles de familias rohingya, una minoría musulmana que huye de Myanmar.

La carretera multicolor resulta indefinible. Puestos de venta, edificios y llegamos al mar. Con el azul del cielo y el embarrado del mar, aparece la playa más larga del mundo. El Golfo de Bengala nos recibe con mil gamas de color entre banderas agujereadas por el viento y esos flotadores que consiguieron pasar a una segunda actividad y decorar ahora los pequeños puestos costeros. Antes iban a la mar y ahora la gente de la mar viene a ellos.

El pueblito costero de Cox's Bazar con su mar, la arena, el olor a sal, la brisa…. Un cúmulo de ingredientes para que la mañana empiece bien. Puede nacer un día soleado y al terminar la tarde piensas que vas a morir de calor o puedes tener un día de lluvia y al llegar la noche no saber ni cómo puedes lavar el pantalón lleno de barro. Como en cada emergencia, los extremos de la cuerda no conocen de términos medios.

Me conformo con saber que en algún lugar del corazón existe la esperanza de no ser otra generación perdida

Son madres, padres, abuelos, niños y niñas, familias completas, familias divididas por las persecuciones, los que han podido llegar y los que dejaron la vida por el camino o los que no pudieron emprenderlo a tiempo para huir simplemente por nacer en el lado equivocado de un país. Unos pocos de ellos están aquí, tan solo unos pocos que han sufrido opresión, asaltos, humillaciones, testigos de asesinatos…. Unos pocos, son algo más de un millón, en un punto donde se confluye un auténtico mar de plásticos que ahora se llama su hogar. Unos palos de bambú, unos toldos y unas esteras para el suelo son ahora su nueva casa a la espera de que la Indiferencia pase de largo y pongamos la vista en algo más importante que sus casas de colores en medio del monte: sus propias vidas y su dignidad.

Jugar, cantar, bailar… es parte de nuestra vida y de nuestros sueños, de sembrar lo que puedes ser como persona en el futuro. Pero aquí la realidad es muy diferente. Pasar hambre no es una opción, huir es un juego de niños, los niños y niñas no tienen ganas de sonreír, porque en realidad la vida no les sonríe a ellos. Usan botellas de plástico y les ponen cuatro tapones como ruedas. Algunos afortunados comparten un balón, aunque desde que he llegado aquí solo he visto tres en 15 días. Otros juegan a ayudar en casa a subir agua, a llevar sacos de arroz que ocupan más que ellos, a llevar palos de bambú de tres metros de largo en sus pequeños hombros.

Me conformo con saber que en algún lugar del corazón existe la esperanza de no ser otra generación perdida, que se mueve por los campos sin saber que sucederá mañana. Me conformo con que un niño nos sonría al día, me conformo con poco en esta ocasión y nunca me había sentido así. Pero aquí, en tierra de nadie, con unos pequeños habitantes cuyos ojos no tienen un halo de esperanza, me conformo con saber que cada día puedo decirles desde mi corazón algo similar a las despedidas de la película de Las normas de la casa de la sidra ["Buenas noches, príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra”], algo como: “Hasta mañana, príncipes y princesas rohingya, habitantes de un país llamado Mundo".

Este relato ha sido escrito por Sara Escudero, delegada de Emergencias de Cruz Roja.

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YEMEN: Esfuerzos por ayudar en la peor epidemia de cólera del mundo

La Organización Mundial de la Salud calcula que, hasta el 22 de octubre, el número de posibles casos de cólera en Yemen había superado los 862.000, lo que convierte la plaga en la peor de que se tiene noticia en el mundo

Banda, de 35 años, en el hospital de Saná (Yemen), recibe tratamiento para una diarrea acuta.
Banda, de 35 años, en el hospital de Saná (Yemen), recibe tratamiento para una diarrea acuta.

Fuera hace más de 45º centígrados. Escucho a Samira, una mujer embarazada que vive en la ciudad de Abs, situada en la gobernación de Hajjah, al norte de Yemen. La ciudad ha padecido con dureza el ataque de la actual epidemia de cólera.

Samira me cuenta su experiencia cuando su marido contrajo la enfermedad hace unas semanas. El hombre empezó a vomitar y a sufrir diarrea poco después de llevar a un pariente infectado a un hospital público. Aunque tomó enseguida sales de rehidratación oral, fundamentales para evitar el avance de la deshidratación, su estado siguió empeorando.

"Estaba muy preocupada y no sabía bien cómo protegerme del cólera mientras cuidaba de mi marido enfermo. Por suerte, había algunos voluntarios de Oxfam que respondieron a mis preguntas y me aconsejaron qué hacer", explica.

Pero Samira y su esposo no se fiaban del tratamiento disponible en el hospital público y decidieron ir a una clínica privada. Al cabo de unos días, el hombre se recuperó, pero los costes del tratamiento han deteriorado aún más su situación económica, que ya era precaria. Antes de mudarse a Abs, Samira trabajaba como maestra en Taiz y llevaba varios meses sin cobrar. Actualmente, su marido tampoco tiene ingresos.

La confianza en las opciones de tratamiento disponibles es crucial cuando las familias tienen que decidir si enviar a uno de sus miembros enfermo al hospital, y en último término, salva vidas cuando se produce una epidemia de cólera. Las tradiciones, los hábitos y el acceso a la medicación son igualmente importantes. Por ejemplo, unos días más tarde me encuentro con nuestro equipo de salud pública en la gobernación de Amran, donde hasta el momento hay más de 84.000 posibles casos y se han registrado 170 muertes.

La gente me cuenta que tiene que vender los pocos bienes que posee, como las joyas o las dagas tradicionales, para llevar a un familiar enfermo al centro de tratamiento. Otros se endeudan.

Intentamos aprender a motivar mejor a la gente para que rehidrate desde el primer momento a los familiares enfermos y los envíe a un centro de tratamiento si su estado no mejora. Ambos factores son muy importantes para reducir la epidemia y evitar que siga propagándose.

No tardamos en darnos cuenta de que, en algunas zonas, al principio la gente se confía a los remedios naturales. En algunos casos, a los pacientes les han ido bien. En otros, han retardado la rehidratación eficaz, con el riesgo de que se agravase el estado del enfermo.

Los remedios naturales se suelen administrar cuando se trata de dolencias menos graves, como fiebre, dolor de estómago, diarrea o dolor de cabeza. Sin embargo, desde que el cólera hizo su aparición, un número cada vez mayor de afectados es consciente de la importancia de tomar sales de rehidratación oral (SRO). Weam, agente para la promoción de la salud pública de Oxfam, me cuenta que en el pueblo ha habido cuatro casos de cólera, y que un hombre murió a consecuencia de la enfermedad.

"Por eso los habitantes del pueblo tienen miedo de contraer el cólera e intentan hacer todo lo que pueden para evitarlo", asegura. No obstante, muchas veces las sales de rehidratación oral no se venden en el sitio, o la gente ni siquiera tiene dinero para pagar el transporte que los lleve al mercado.

También sabemos que tanto en la gobernación de Amran como en la de Hajjah, se podría haber salvado más vidas si el tratamiento se hubiese podido acercar más a las comunidades afectadas. Por ejemplo, en el pueblo de Al Wadi, cerca de la ciudad de Jamer, en Amran, la gente me cuenta que tiene que vender los pocos bienes que posee, como las joyas o las dagas tradicionales, para llevar a un familiar enfermo al centro de tratamiento. Otros se endeudan.

Ya a principios de junio de este año, cuando el centro de tratamiento de Médicos Sin Fronteras en Abs recibía diariamente más de 400 avisos de nuevos casos, el equipo me contó que necesitaba ayuda urgente para instalar puntos de rehidratación oral en los que la gente pudiese acceder rápidamente al remedio, y desde los cuales se la pudiese enviar a recibir más tratamiento si era necesario. Pero la respuesta ha sido lenta debido a las dificultades para obtener los permisos aduaneros para traer suministros del exterior, a la falta de artículos fundamentales en el mercado local, y a las contradicciones en los trámites de autorización para transportar el material a través del país.

Además, llegar a las comunidades más afectadas sigue siendo todo un reto. Por ejemplo, en el distrito de Haradh, la mayoría de la población ha huido a causa del conflicto en marcha, pero todavía quedan casi 50.000 personas que necesitan socorro urgente. Sin embargo, el riesgo de que la distribución de ayuda, así como otras clases de asistencia, sean blanco de los ataques aéreos es demasiado alto como para poder proporcionar apoyo directo. Esto dificulta enormemente obtener autorizaciones de seguridad o permisos de viaje a la zona.

En otras regiones solamente se permite la entrada tras largas negociaciones con diferentes partes, e incluso así, el acceso no siempre está garantizado. Nuestros equipos intentan idear soluciones imaginativas y ayudar lo mejor que pueden. Por ejemplo, colaboran estrechamente con el Ministerio de Sanidad para identificar profesionales de la salud locales a los que se podría involucrar en la intervención contra el cólera. A continuación, esas personas reciben formación en un lugar accesible para que fomenten las medidas preventivas cuando vuelvan a sus comunidades. Además, se les entregan sobres de cloro para potabilizar el agua, así como equipos de análisis para comprobar la calidad del agua tratada.

En Yemen, el agua escasea, y la falta de acceso a agua potable es la principal fuente de contagio en la actual epidemia de cólera.

Me encuentro con Mohamed, uno de los voluntarios de Oxfam, en Bani Hassan, un campo de desplazados internos del distrito de Hajjah. Me cuenta que hace cinco años ya colaboró con nuestra organización en Haradh, pero que luego tuvo que huir de los combates. Desde que estalló el cólera, una de sus principales tareas consiste en comprobar la calidad del agua. "Me aseguro cada día de que el agua suministrada por la red se pueda beber sin peligro. Compruebo la calidad del agua de los depósitos colectivos y de algunas casas". Le pregunto si la gente consiente que entre en las tiendas a analizar el agua. "Aquí la gente me conoce muy bien y confía en mí".

En algunas de estas zonas inaccesibles, la gente tiene teléfono móvil y hay cobertura, así que nuestro equipo de salud pública ha creado un grupo de WhatsApp con una extensa red de voluntarios. Estos colaboradores suelen mandar fotos para dar testimonio de sus actividades y/o informar de nuevos casos. Nuestros equipos se comunican con ellos diariamente para responder a diversas consultas, hacerse cargo de notificar el caso a las unidades epidemiológicas de los distritos, y ofrecer el asesoramiento técnico indicado según los factores de riesgo sanitario que favorezcan la propagación de la epidemia.

Esta ha sido la tercera vez que he viajado a Yemen para prestar apoyo al programa humanitario de Oxfam. En 2011, nuestro equipo de salud pública se centró en la cada vez más alta tasa de malnutrición, consecuencia de la crisis económica y política y de los crecientes niveles de pobreza. Volví al país en 2015, pocos meses después de la intensificación del conflicto, y mi trabajo tuvo que ver con el acceso al agua, la higiene y las instalaciones sanitarias en Taiz, una zona muy afectada por los combates, a raíz de los cuales más de 100.000 personas permanecían privadas de la ayuda que tan desesperadamente necesitaban. Dos años después, la situación ha vuelto a empeorar con la mayor epidemia de cólera del mundo, que ha venido a añadirse a la devastación de la guerra en el país.

Eva Niederberger es asesora para la promoción de la salud pública de Oxfam.

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FOTOGALERÍA: Los centinelas

La observación y recogida de datos sobre el terreno es una de las formas más eficaces para prevenir y anticipar posibles emergencias. Un tratamiento y análisis sistemático de la información recogida en el terreno puede indicarnos el nivel de vulnerabilidad de un grupo de población, advertir de un posible deterioro y alertarnos de cuándo son necesarias poner en marcha medidas para evitar que la situación se agrave hasta convertirse en una crisis o emergencia.

Desde el terreno ver fotogalería

En Acción contra el Hambre hemos desarrollado una metodología de sitios centinela para la vigilancia y alerta temprana, que permite hacer un seguimiento del impacto que han tenido los eventos, tanto climáticos como económicos, en la preservación y estabilidad de los medios de vida de la población.

Es una herramienta fundamental para anticipar desastres y, en particular, las crisis de tracto lento, basada en el análisis y el seguimiento de indicadores que pueden ser modificados de acuerdo a la prioridad de la comunidad y a los medios de vida que se quiere vigilar. Indicadores ordenados en torno a tres pilares: disponibilidad de alimentos, acceso a alimentos, consumo y aprovechamiento biológico.

Este relato ha sido escrito por Didier Vergès (ACH).

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