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Más larga, más gruesa, más llamativa: la batalla por la corbata se libra en la extrema derecha

Qué mensaje quieren enviar los políticos populistas con sus prendas estrafalarias

corbatas
Geert Wilders, el ultraderechista holandés y su colección de corbatas chillonas. Getty

Donald Trump, presidente de Estados Unidos. Su corbata favorita es roja, larguísima, ancha y va pegada con cinta adhesiva a la parte baja de la camisa. Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad, formación islamófoba con 20 diputados en el parlamento holandés. Luce diferentes corbatas de diferentes colores en diferentes eventos, casi siempre de colores que rozan lo fluor. Nigel Farage, líder de UKIP y para muchos el apóstol y responsable del Brexit en Inglaterra. Lo suyo son corbatas con estampados divertidos, en ocasiones incluso con sus propios eslóganesHeinz-Christian Strache, líder del grupo ultraderechista austríaco FPÖ. Elige corbatas de rayas multicolor. Alexander Gauland, líder alemán del partido ultra AdF, celebró sus 94 escaños conseguidos el pasado 25 de septiembre con una corbata de perritos. ¿Por qué los nuevos líderes derechistas llevan corbatas tan llamativas? ¿Quieren enviar al mundo algún mensaje?

Los estampados divertidos en la corbata de Nigel Farage, líder de UKIP y pro Brexit.
Los estampados divertidos en la corbata de Nigel Farage, líder de UKIP y pro Brexit.

Dos curiosidades sobre la corbata en política. La primera es que su buena imagen comenzó cuando Kennedy se puso una de color rojo (como la que luce a menudo Trump) durante el debate en el que vapuleó a Nixon en 1960. La segunda, derivada de la primera, es que no tuvo ninguna influencia real en su victoria: solo un dos por ciento de los hogares de Estados Unidos tenían entonces televisión en color y pudieron apreciarlo. Para el grueso de votantes, la corbata podía haber sido de cualquier tono. Fue el peso de la historia lo que quiso ver en aquel complemento y en aquel color rojo el símbolo definitivo para la victoria y los ojos de miles de analistas en todo el mundo los que decidieron que, de ahí en adelante, la corbata sería vital.

Parece que hasta hoy. "Excepto contadas excepciones, las corbatas han desaparecido de las pasarelas", dice Daniel García, director de moda de ICON. "Primero, por el ciclo: durante mucho tiempo se llevó lo clásico y elegante, y hace pocos años se impuso lo contrario. Pero también es que las costumbres se han relajado en la oficina y en la calle. El mercado del trabajo está en transición y así, sus códigos. Cada vez más gente puede no ir de traje a diario. Y, si lleva traje, puede no llevar corbata. Digamos que es lo primero que te quitas en cuanto te dejan".

Heinz-Christian Strache, líder del grupo ultraderechista austríaco FPÖ.
Heinz-Christian Strache, líder del grupo ultraderechista austríaco FPÖ. Getty Images

Sin embargo, Trump las ha elevado a lo más alto en su terreno político. Y a Trump le han salido imitadores que no solo lo copian en el peinado divertido (¿recordáis a Geert Wilders, el ultraderechista con peinado cortinilla que amenazó con convertirse en primer ministro de Holanda?), sino en el firme propósito de –mientras ninguna gran marca venga a salvarlas– seguir minando el honorable nombre de la corbata. ¿Cuándo empezó este romance entre el complemento y la extrema derecha? 

Sonia El Hakim López, analista de conducta especializada en comportamiento no verbal y certificada por el Criminal Profiling And Behavioral Analysis International Group, tiene una teoría más interesante: que hace mucho que la corbata es, más bien, símbolo de un poder desfasado. "El problema es que el grupo al que pertenecen los portacorbatas ha evolucionado a lo largo de los años", explica. "Antes era una prenda de vestir asociada a la profesionalidad y a la seriedad, pero sobre todo a un alto posición social y económico. Sin embargo, en las últimas décadas y sobre todo en los últimos años, ha ido desligándose del simbolismo de estatus, pero no del de profesionalidad. Hasta tal punto que actualmente la corbata la llevan habitualmente los empleados de oficinas bancarias, los vendedores y comerciales o los recepcionistas de hotel y no los CEO de las grandes compañías que pueden permitirse el lujo de ir de sport (o en chanclas, como Mark Zuckerberg)".

Alexander Gauland, líder de la ultraderecha alemana.
Alexander Gauland, líder de la ultraderecha alemana. Getty Images

La corbata es ahora, para López, puro protocolo. Pero los grandes políticos de derechas quieren dirigirse a los trabajadores distinguiéndose de ellos. Para ello recurren a elementos como la corbata de colores chillones y estampados imposibles. "El monólogo en la cabeza de estos políticos", explica la experta, "sería el siguiente: 'Si no me puedo permitir el lujo de quitarme la corbata porque mi mensaje, el protocolo y mi asesor de imagen me obligan a llevarla, voy a distinguirme del grupo de vendedores y recepcionistas con colores chillones y los estampados lo más llamativos posible. De esta forma, quedará claro que no tengo un jefe que me diga cómo tengo que vestirme, sino que me visto como a mí me da la gana; porque mi estatus es alto y me permite tomar mis propias decisiones”. Vamos, que defienden los valores tradicionales, pero desde el grupo de la élite que no tiene que acatar la sobriedad como norma en la vestimenta".

Daniel García comparte su visión. "Los políticos que se consideran a sí mismos outsiders, por tanto, pasan de la corbata o, al menos, de las corbatas que se ponen los políticos de toda la vida, que o bien no las llevan, o las llevan estrechas si quieren parecer jóvenes (como hace Albert Rivera), o se las ponen muy sobrias y bien anudadas, para que no distraigan y supongo que para denotar eficiencia (como Macron). La otra opción es optar por dibujos estrafalarios o colores cegadores, o corbatas más largas, más cortas o con el nudo más grueso de la cuenta. Eso, y el pelo loco, son dos cosas muy definitorias de la imagen del político alternativo".

¿Es la corbata el nuevo ego?

Trump, traicionado por el viento, deja ver la cinta adhesiva de su corbata.
Trump, traicionado por el viento, deja ver la cinta adhesiva de su corbata. Getty Images

En la cuestión estética, la corbata de Donald Trump fue la gran protagonista de su campaña tras su pelo, objeto de análisis incluso en medios a priori tan poco dados a la frivolidad como The New York Times. No solo era más larga y más gruesa que la de cualquier otro hombre en la campaña electoral: también pudimos comprobar, en varios momentos en los que el viento soplaba al bajarse de su avión privado, cómo éste revelaba que la llevaba pegada con cinta adhesiva a la camisa. "En cuestiones corbatiles", prosigue López, "a pesar de que la tendencia sea llevarla cada vez más fina, en este grupo de políticos es posible que su tamaño sea proporcional al tamaño de su ego, o bien otra forma de salirse del estándar. Como ejemplo clarísimo tenemos a Donald Trump: corbata enorme, ego enorme". 

¿Y esa cinta adhesiva tan comentada? "Es una práctica habitual pegar la corbata a la camisa con cinta de doble cara", explica Lorena Álvarez Díez, estilista de cine y televisión. "Pero realmente se hace para escenas precisas en las que el actor no se va a mover y en las que hay que respetar el raccord". El raccord, o sea, el término que define la continuidad cinematográfica en una secuencia aunque sus escenas se hayan grabado en momentos diferentes, no es algo que parezca preocupar mucho al inventor de las postverdades y verdades alternativas. Y respecto al rojo de la corbata: "Según un estudio de la Universidad de Durham", finaliza Sonia El Hakim López, "el rojo en la ropa masculina se asocia a la dominancia y a la agresividad. ¿Coincidencia?". 

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