LA PUNTA DE LA LENGUA
Columna
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Sin posible contradicción

El espionaje se autodenomina “servicios de inteligencia”, incluso si está repleto de estúpidos

Roger Moore en uno de los escenarios de 'Octopussy'.
Roger Moore en uno de los escenarios de 'Octopussy'.Sunset Boulevard (Corbis / Getty)

Algunas palabras y locuciones no se contradicen con su expresión opuesta. Se puede matar a otro con arma blanca, pero no con arma negra. Decimos a una amiga que la echamos de menos, pero si un día nos hartamos de su presencia no estará a nuestro alcance el recurso de decirle que ahora la echamos de más. Nos venden teléfonos inteligentes pero los que carecen de sus características no llevan en la caja el calificativo de teléfonos tontos.

En muchas de estas ocasiones se da esa imposibilidad de la antonimia porque se trata de locuciones verbales, en las cuales el significado del conjunto no equivale a la suma del significado propio de cada palabra. Podemos echar a perder un trabajo si lo estropeamos, pero en caso de mejorarlo no lo echaremos a ganar. Damos a conocer una noticia, y si alguien la censura no diremos que la ha dado a desconocer. A veces sentimos que alguien nos hace falta, pero si nos hartamos de esa persona no podremos expresar en correcto español que nos hace sobra. Echamos algo en cara, pero no en pie, y todo esto lo sabemos a ciencia cierta porque no cabe saberlo a ciencia equivocada.

Por eso dar en la clave de ser nombrado con una palabra positiva que no admita su contradicción léxica constituye uno de los mejores hallazgos de la empresa o de la política.

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Por ejemplo, las fuerzas policiales han conseguido instalar en nuestras mentes relajadas el concepto de “efectivos”. Y leemos: “Al lugar de los hechos se desplazaron 250 efectivos”, o “20 efectivos participaron en la operación de rescate”. Se suele confundir aquí “efectivos” con “agentes” (pues no es lo mismo “un efectivo de 300 guardias” que “300 efectivos”), pero eso no hace al caso. Lo grandioso de este hallazgo consiste en que mientras pensemos en “efectivos” retiraremos de nuestra mente la idea opuesta. Nos está vedado imaginar que “al lugar del crimen acudieron los inefectivos de la policía”.

Del mismo modo, los servicios de espionaje se han dotado también de un término positivo que no da mucho juego para el pensamiento contrario. Se autodenominan “servicios de inteligencia”. Incluso si están llenos de estúpidos.

El vocablo “espionaje” quedó archivado en aquellas películas protagonizadas por héroes y heroínas de muy buen ver que luchaban contra el mal con arrojo y tecnología. (“De muy buen ver”, por cierto, tampoco encuentra contradicción simétrica). Porque el astuto nombre que se dio a sí misma la CIA (la Agencia Central de Inteligencia estadounidense) ha arrinconado aquella palabra para que reluzca en su lugar ese impecable concepto alternativo.

El espionaje estaba formado por espías; y la inteligencia está formada por... Pues por inteligentes tendrá que ser. O inteliagentes, si se prefiere. El espionaje lleva aparejado el “contraespionaje”, pero ¿quién deseará formar parte de la “contrainteligencia”?

El término “espía” ha quedado constreñido así al ámbito más rastrero: la pareja despechada que observa desde la esquina, el mirón despreciable, la competencia desleal; y evocará sólo al agente que se pringue en el fango. Pero la limpia idea de la inteligencia se la arrogará quien disponga de una mirilla privilegiada para cruzar nuestros datos y obtener de ese modo una información muy valiosa sin mancharse las manos. Aunque nos esté espiando.

Sobre la firma

Álex Grijelmo

Subdirector de EL PAÍS y doctor en Periodismo. Presidió la agencia Efe entre 2004 y 2012, etapa en la que creó la Fundéu. Ha publicado una docena de libros sobre lenguaje y comunicación. En 2019 recibió el premio Castilla y León de Humanidades. Es miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

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