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Un arsenal clandestino al descubierto

Wikileaks golpea de nuevo el prestigio de EE UU y muestra la vulnerabilidad de la CIA

Julian Assange en el balcón de la Embajada de Ecuador en Londres
Julian Assange en el balcón de la Embajada de Ecuador en Londres AP

Que estamos entrando en una nueva época, llena de sorpresas no siempre agradables, no parece ofrecer duda alguna. Cada día aporta una novedad o un fenómeno insólito, que se anuncia como la primera vez que sucede y es saludado con frívola alegría por unos y con pánico incontrolado por otros. El mayor de todos y sin duda el más significativo, capaz de proporcionar constantemente más primeras veces, es que alguien como Donald Trump haya llegado a la Casa Blanca.

Una de estas noticias frescas de la nueva época es la exhibición pública del entero arsenal, hasta ahora clandestino, del armamento digital con el que aparentemente la CIA ya estaba librando las guerras cibernéticas en curso. Así como nos enteramos con las revelaciones de Edward Snowden en 2013 de que las redes sociales servían para que las agencias de espionaje utilizaran las recolecciones de datos en grandes cantidades o big data para fichar y controlar a todo bicho viviente; ahora sabemos gracias a Wikileaks que todos nuestros cacharros digitales, incluidos cierto tipo de televisores, e incluso algunas aplicaciones concretas, como Whatsapp o Skype, nos ponen a los usuarios a tiro de los espías que quieran escucharnos e incluso registrar nuestras imágenes en vídeo.

La revelación de estos métodos de espionaje tiene una dimensión geopolítica de relieve. De entrada porque desactiva el entero arsenal estadounidense para la guerra cibernética y lo exhibe para provecho de sus adversarios, a la vez que demuestra la vulnerabilidad de las defensas y golpea el prestigio de la superpotencia. Mientras Wikileaks solo perjudicaba a Hillary Clinton y desprestigiaba a Barack Obama, Donald Trump podía mostrar la mayor complacencia con Julian Assange y su organización, pero en el momento en que demuestra que Estados Unidos está perdiendo la ciberguerra que le libran sus adversarios no le será tan fácil persistir en la condescendencia con quien puede perjudicarle gravemente.

También hay una dimensión estrictamente ciudadana en la revelación. Es objetivamente positivo conocer los riesgos y vulnerabilidades a que estamos expuestos como usuarios de tecnología digital. Pero como en anteriores ocasiones, el boquete afecta solo a EE UU y deja inmunes de filtraciones y revelaciones a otras potencias de la ciberguerra como China o Rusia, de las que estrictamente nada sabemos. Si al final la revelación se convierte en una buena noticia para Trump, que ha establecido una alianza objetiva con Putin y tiene cuentas pendientes con la CIA, deberá entenderse que la infiltración de Moscú en Washington es todavía más seria y profunda de lo que hasta ahora ha aparecido.

Al margen de su relevancia política, la revelación desmiente un cierto optimismo tecnológico que solo ve en las redes sociales su capacidad liberadora y de empoderamiento. La otra cara de la democratización de la comunicación y de la erosión de la mediación y la representación política, facilitadas por la tecnología digital, es la fuerza enorme del Gran Hermano, que quiere convertir la participación en control y nuestros teléfonos, tabletas y televisores en cámaras ocultas y grabadoras espías.

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