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Mar-a-Lago

Por esa falta de experiencia washingtoniana, Trump está en esa etapa en la que a uno todo le sale regular

El presidente de EE UU, Donald Trump, y el primer ministro japonés, Shinzo Abe, el pasado 10 de febrero en la Casa Blanca. Ampliar foto
El presidente de EE UU, Donald Trump, y el primer ministro japonés, Shinzo Abe, el pasado 10 de febrero en la Casa Blanca.

Miami es una ciudad desparramada. Necesitas transporte para todo. Algo que ha favorecido la existencia de compañías como Uber y Lyft, que abastecen de conductores y automóviles que te llevan por la mitad de lo que cobraría un taxi normal. Esta semana los precios de ambos servicios se han disparado y sus propios conductores no saben explicárselo a los usuarios. “Échele la culpa a Donald Trump”, dijo en español, porque era latino, el último conductor al que pagué.

Pertenezco al grupo de observadores que insistimos en esperar hasta el día 100 del Gobierno del presidente de EE UU para dar una opinión. Pero los acontecimientos se aceleran y acumulan. Trump se llevó al primer ministro japonés a su residencia de invierno, Mar-a-Lago, la antigua propiedad de la familia Merriweather Post, que él regenta como un privilegiado club de golf desde 1995. Allí ofreció una cena de Estado con más platos que controles de seguridad. El régimen de Corea del Norte decidió poner a prueba un misil en el mar de Japón justamente a la hora de la cena en Mar-a-Lago. Ganas de fastidiar. Y, entonces, empezó el vodevil: Trump y sus asesores tuvieron que ponerse a leer documentos confidenciales en plena cena, ayudándose con las linternas de sus móviles mientras un miembro del club de golf aprovechaba para tomarse fotos con el agente que lleva y trae el maletín con el botón nuclear que debe estar siempre cerca del presidente. Gracias a Twitter, pudimos ver la cara de ese hombre que va con el petate de la ceca a la meca. Resultó ser un afroamericano de menos de 30 años, de nombre Rick, uniformado y sonriente, feliz de hacer feliz con un selfie a un votante y socio de Trump. Rápidamente han pixelado el rostro del militar, pero un amigo mío, que le gustan mucho los uniformes, hizo una foto y me confiesa que no sabe qué le atrae más, si el caballero, el patriota sonriente o el hecho de que tengan entre ellos dos el aparato con el cual Trump podría acabar con el mundo.

Quieran o no, este tipo de cosas le están dando tono a la era Trump. Sus votantes estaban hartos de los políticos, querían poner en el puesto más político del mundo a alguien que no lo fuera. Y pusieron a un millonario. Por esa falta de experiencia washingtoniana, Trump está en esa etapa en la que a uno todo le sale regular. Para sus votantes, eso lo hace más humano. A más de uno le encantaría hacer ese tipo de cosas: sentar a su hija en el escritorio del Despacho Oval. Que su secretaria de Educación invite a los telespectadores a comprar ropa de la marca de Ivanka Trump. O tener un asesor de seguridad nacional con una relación oculta con el embajador ruso. Y ahora el selfie con el maletín nuclear. “Se viene el impeachment”, me dijo el cubano de Uber. Hombre, ya se sabe que los isleños exageran muchísimo.

La histeria también es mucha. Los fans de Beyoncé creen que le arrebataron los Grammys que se merecía y se los dieron a Adele porque es blanca y, además, escocesa con un acento de aquí te espero. Seguí los Grammy en casa de un celebrado ganador de esos premios y aún no salgo de mi asombro cuando él subió el volumen mientras Adele cantaba el homenaje al fallecido George Michael y dijo: “Está desafinada”. Segundos después, la cantante paró la actuación, dijo una grosería y pidió volver a empezar y, lógicamente, se ganó allí mismo el primero de sus Grammys. A mí me recordó ese momento que cuentan en los libros sobre María Callas cuando falló un agudo en la ópera de Chicago, detuvo la orquesta y lo repitió perfectamente, ganándose una ovación y el principio de su leyenda.

Es verdad que Beyoncé agota con su rollo de virgen embarazada y trascendente, pero su delirio nos permite observar que en el actual mundo de la música mandan las mujeres. Un universo de ídolas. Adele, Beyoncé, Lady Gaga, Katy Perry (la más divina), que se quedarían afónicas al ver a Ana Mato cantando en el juicio del caso Gürtel con ese pésimo repertorio de mujer antigua que no sabe de dónde vienen los regalos que recibe y luce su marido. Gustaría que en algún momento le dieran las gracias a Madonna pero, igual que con Trump, tendremos que esperar 100 días en Mar-a-Lago.