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Matrimoniadas

Son escenas de matrimonios muy concretos, de acuerdo, pero no tan insólitos, no tan exóticos, no tan raros

Ana Mato y su marido Jesús Sepúlveda en la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag en la Basílica de San Lorenzo de El Escorialrn rn
Ana Mato y su marido Jesús Sepúlveda en la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag en la Basílica de San Lorenzo de El Escorial

A veces, la vida te castiga haciendo realidad tus peores pesadillas. Naces en una familia como está mandado: la deseada, la primogénita, la niña bonita. Te dejas las pestañas para sacarte una carrera. Te pones a trabajar en lo tuyo. Te hipotecas. Te casas como Dios manda con tu novio de toda la vida. Tienes a tus tres niños ideales de monos y de listos y de bien educados. Sigues trabajando fuera pudiendo quedarte de señora de tu casa porque para independiente y feminista y pundonorosa, tú sola. Organizas, eso sí, los coles, la chica, los menús, el día a día, las cosas de mujeres, tú me entiendes, mientras el otro se encarga de lo que se encargan los hombres y va mutando de esposo perfecto en perfecto desconocido. Te dejas, en fin, los cuernos y el orgullo para mantener tu estampa de profesional, esposa y madre modelo, para acabar sentada en un banquillo llamando “el señor Sepúlveda” al padre de tus hijos ante el fiscal que te acusa de haberte lucrado de los tejemanejes de tu marido.

Tú, que odias estar en boca de nadie. Tú, que sabes los sapos que te has tragado por ese tipo pero que morirías antes de pregonarlo. Tú, que has aguantado lo inaguantable para no acabar como acabaste el lunes, en boca de todos y teniendo que explicar como cuánto de pijos te gustan los cumples de tus hijos y quién pagó la factura. La culpa es tuya, de acuerdo. Por no separarte antes. Por no querer saber y, si sabías, consentirlo y disfrutar de tu parte alícuota. Pero, vamos, tampoco eres la primera ni la última. Dejando aparte la hediondez de los delitos, algunos juicios abren de par en par las puertas de ciertas casas a los cotillas, perdón, antropólogos, que tengan la curiosidad de escrutarlas. Son escenas de matrimonios muy concretos, de acuerdo, pero no tan insólitos, no tan exóticos, no tan raros. Por eso, el caso de Ana Mato nos fascina y nos ofende tanto al mismo tiempo. Y porque las comparaciones son odiosas.

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