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diario de un gatuno primerizo (5)

La quiniela de ‘Mía’

El autor repasa sus victorias, empates y derrotas con la gata con la que lleva conviviendo ocho meses

'Mía' en su cojín.
'Mía' en su cojín.

Se cumplen ocho meses desde la llegada a casa de Mía. Es una sensación curiosa: hemos vivido muchísimas cosas juntos en este tiempo, que se ha pasado volando. Pero a mí me parece que lleva ahí toda la vida. Es más, no recuerdo cómo era mi casa antes de tener una gata.

Haciendo balance, pensaba en las batallas que hemos librado en este tiempo, y me recordaba a una especie de quiniela en la que yo sería el equipo de casa y ella el visitante. Para los que no estén familiarizados con este juego de apuestas, La Quiniela se basa en los partidos de fútbol de España. Se escogen 15 partidos (todos los de Primera y algunos de segunda) y hay que acertar si ganará el equipo de casa (1), el de fuera (2) o si habrá un empate (X).

Aquí va mi quiniela personal con Mía.

No subirse a la encimera. (2). Batalla perdida. Antes al menos se cortaba un poco y no lo hacía estando yo presente, pero ya ni eso. Cuando vuelvo a casa me encuentro algunos pelos suyos por el área, pero claro, no puedo reñirla de forma retrospectiva, porque no entendería nada. Y cuando estoy, si la pillo en el momento de saltar y digo “¡No!”, se aguanta y espera un rato para subirse. Eso sí, en cuanto ve que me levanto, baja escopetada.

'Mía' controlando que los materiales de la fabada son de calidad
'Mía' controlando que los materiales de la fabada son de calidad

No amasar el pelo. (1). Cuando llegó a casa, tenía una manía que parecía un vicio: amasar mi pelo cuando estaba tumbado. Y digo lo de vicio porque ronroneaba como una loca al tiempo que lo hacía. Al parecer se trata de una actitud propia de los gatos que se han separado de sus madres demasiado pronto. Amasan (en este caso la cabeza) en recuerdo de la barriga de su progenitora. Y por lo visto les hace sentir bien. Hace tiempo que Mía amasa únicamente su cojín, pero a veces me despierto y la encuentro junto a mi cabeza, mirando el pelo y como recordando lo feliz que era cuando posaba allí sus zarpas.

No subirse a la mesa. (X). En realidad pongo una X por compasión conmigo mismo. Aunque es cierto que, cuando la bajo, no vuelve a subirse. Pero me hace mucha gracia, porque cada vez que voy a cogerla para bajarla, se mete detrás de un vaso y se queda inmóvil, confiando en que no la vea. Es como si creyera que tiene la capa élfica aquella que utilizaban los Hobbits en El señor de los anillos, y que hacía que los enemigos no los pudieran ver.

¿El caballero quiere más pan?
¿El caballero quiere más pan?

No meterse en la ducha mientras hay alguien (X). Esto es un empate claro, una muestra de lo fácil que es entenderse con un gato. Cuando el gato quiere, claro. Mía se mete en la ducha y espera a ver cómo sale el agua. Una vez que empieza a acercarse peligrosamente a donde ella está, sale corriendo y se queda fuera persiguiendo las gotas que bajan por la mampara.

Mira que es bonita la ducha.
Mira que es bonita la ducha.

Dejar en paz el papel higiénico (2). Ha sido una sorpresa, la verdad. Como no abro el cajón en el que lo guardo más que cuando lo necesito, no era consciente de la evolución que había llevado este asunto. Lo que me encontré allí la semana pasada se podría definir como “Anarquía en la celulosa”.

Recibir y enseñar la casa a los invitados (1). A ver, obviamente no enseña la casa a nadie. Pero me hace mucha gracia porque cada vez que viene alguien a casa, o cada vez que vuelvo yo, se pone delante de la persona en cuestión y empieza a caminar como mirando a los lados. Parece que está diciendo: “Mira, este es el salón. No hagas por favor ningún comentario sobre los sofás”, “aquí la cocina, en donde tengo las cosas de comer y de beber”, “allí el rascador, desde donde miro la vida pasar”.

La quiniela de ‘Mía’

No dormir en la cama (1). Uno de mis principales miedos cuando Mía llegó a casa era que, mientras estaba durmiendo, me arañara en los ojos (recuerdo que es la primera vez que comparto mi vida con un animal). De ahí que no me gustara dejar la puerta de la habitación abierta. Al principio, lloraba y aporreaba la puerta. Luego se acostumbró a dormir en su cojín. Ahora la habitación está abierta. Ella va y viene, pero por lo general, salvo algún paso por encima de mí, me deja dormir. Eso sí, a las 7:30, todos los días, se acerca ronroneando a darme los buenos días con un par de lengüetazos.

No escaparse de casa cuando abro la puerta (X). Depende mucho del día. Hay veces que sale corriendo y se va, por lo general, hasta el piso de arriba. El otro día salió hacia abajo y se encontró de frente con un perro enorme. Sus patas hicieron como en los dibujos animados, cuando las empiezan a correr a tal velocidad que no avanzan. Desde ese día sale menos, la verdad.

A mí me da igual que juegue el Oviedo.
A mí me da igual que juegue el Oviedo.

No meterse en medio de su dueño y cualquier cosa que llame su atención (X). Aquí hemos llegado a una especie de entente cordial. Si me pongo a escribir, al principio ella también quiere escribir. (Le encanta la tecla de la Y. Y a veces encuentro líneas enteras de “yyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy”). Si quiero leer, al principio ella quiere dormir justo entre el libro y su dueño. Pero al poco rato se da cuenta de que la quiero mucho más a ella que al ordenador o al libro, se relaja y se va.

No destrozar las plantas. (X2). Va por épocas. Es como si las plantas fueran invisibles durante largos periodos de tiempo y de repente, un día, aparecieran de nuevo en su radar de maldades hogareñas. Me la imagino pensando: “¡Anda, las plantas! Hace mucho que no me doy un garbeo por ahí”. También puede ser que, como siempre termina tirando la maceta más grande, el tiempo que tarda en volver a ella es el que necesita para que se le pase el susto.

No meter cosas en los zapatos. (2). Los gatos, desde que son gatos, quieren mostrar su utilidad a los dueños. Por eso les llevan de vez en cuando sus presas, para que vean lo listos y hábiles que son. Si estás en el campo, te llevarán un ratón. Si vives en un piso en la ciudad, te dejarán juguetes metidos en los zapatos. Y tendrás que felicitarlos, claro.

Mía Marylin Monroe
Mía Marylin Monroe

No lamer la mantequilla. (2). A Mía le encanta la mantequilla. Da igual lo que dejes sobre la mesa. Si hay mantequilla, irá allí a intentar abrir el envase. En cuanto me descuido un momento, me la encuentro pegándose un festín.

No meter la zarpa en el chorro del grifo. (2). Otra de sus obsesiones. Cada vez que se abre un grifo, allá va ella a meter la pata. Lo curioso es que, a día de hoy, después de repetir la operación al menos tres veces al día, es como si se siguiera sorprendiendo. Me mira con expresión de “¿Has visto? ¡Es agua!”. También le ha dado últimamente por meter las patas delanteras en el bebedero y chapotear.

'Mía' bebiendo a la velocidad de la luz
'Mía' bebiendo a la velocidad de la luz

No beber de los vasos de la gente. (2). Me refiero a agua, claro. Esto lo hace desde bien pequeña. Mete la cabeza en los vasos de tal manera que las orejas se le ponen hacia atrás y parece que ha entrado un túnel del viento. Cuanto más bajo sea el nivel del agua, por lo visto es más divertido. Una vez a ras de agua, es capaz de batir el récord de movimientos de lengua por segundo.

No rascar los sofás. (2). Supongo que no hace falta que comente esto, ¿no? Da igual lo que haga, diga o intente: destrozar el sofá es uno de sus principales objetivos vitales. Y, aunque en muchos foros se habla de casos de gatos que no rascan los sofás, permítanme que no me lo crea. O que no me lo quiera creer, porque no me veo capaz de ganar este partido.

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