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El peor

En Estados Unidos no solo puede triunfar el hijo de un inmigrante negro, sino también el mismísimo Donald Trump

Donald Trump durante un acto de campaña en Prescott Valley, Arizona.
Donald Trump durante un acto de campaña en Prescott Valley, Arizona. REUTERS

A estas horas ya se sabe que en EE UU han votado millones de personas que tienen amigos latinos: todas lo han hecho por Donald Trump y se les reconoce porque presumen de amigos raros antes de pedir su deportación. Quizás alguno haya ido con un mexicano colgado del cinturón como un llavero para demostrar que no tienen nada en contra de las minorías que acechan al hombre blanco; si se les aprieta, retrasan la adversativa a la segunda frase.

Son las mismas horas en las que el trumpismo cañí, un movimiento sociológico que ha conseguido la misma diversidad que un Gran Hermano VIP, vigila el proceso electoral para asegurar la limpieza democrática de Estados Unidos de América, esa gran nación cuya supervivencia depende de un puñado de escrupulosos españoles con 4G.

Todo ello es producto de la consecuencia Trump, un fenómeno al que ha ido a refugiarse buena parte del espíritu de El desmoronamiento, de Packer; La brecha, de Taibbi, o el reciente Off the Road, de Robinson; votantes que encuentran razonable tener un presidente como Trump en la misma medida en que sus Gobiernos ampliaron la desigualdad hasta convertir la mitad de EE UU en extranjera de la otra. Y situar el famoso sueño americano en una dimensión más real: no solo es la tierra en la que puede triunfar el hijo de un inmigrante negro, sino que puede triunfar el mismísimo Donald Trump. Un sueño americano tan definitivo que hay gente esperando a que Trump se ponga a disparar en la Quinta Avenida, como sugirió, para terminar de decidir su voto por él.

Tan conmovedora figura ha levantado en España las pasiones habituales. Se valora que diga siempre lo que piense, como si eso fuese una virtud (ese sintagma tan inquietante: “Ir de cara”; conozco a poca gente que no “vaya de cara” para justificarse a sí misma las tonterías que se dispone a decir). Atrae la arrogancia, el desprecio por las minorías disfrazado de incorrección política y la exhibición no del dinero, sino de la impunidad que da.

En parte de la derecha española que apoya a Trump se denuncia la unanimidad mediática contra él (obviando arteramente el Ku Klux Klan Magazine); se les reconoce porque son los primeros que se echan encima de cualquiera que escriba a favor de Podemos. En la izquierda siempre hay uno al que si se le pregunta a quién prefiere, si Trump o Clinton, responde que condena todas las violencias. Todos esos votantes morales de Trump coinciden en algo más: tienen amigos que detestan a Trump. Incluso ellos mismos detestan a Trump. Pero siempre, siempre, encuentran a alguien peor.

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