El acento
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La ambivalencia del Cuerpo Europeo de Solidaridad

El proyecto fomenta el altruismo y la cohesión, pero también es visto como una forma de tener ocupados a jóvenes ante la dificultad de ofrecerles trabajo

Voluntarios de una ONG partaicipan en el rescate de migrantes en peligro de naufragio.
Voluntarios de una ONG partaicipan en el rescate de migrantes en peligro de naufragio. Emilio Morenatti / AP

Europa parece haber tomado conciencia de la encrucijada en la que se encuentra: incapaz de avanzar, el peligro ahora es que retroceda. Y para hacer frente a la “crisis existencial” de la que habló el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en su reciente discurso del estado de la Unión, necesita reaccionar. Juncker quiso conjurar este momento de pesimismo con proyectos de futuro, entre ellos uno que, por inesperado, ha causado cierta sorpresa: la creación de un Cuerpo Europeo de Solidaridad en el que puedan integrarse jóvenes menores de 30 años para realizar tareas de voluntariado en cualquier país de la Unión. El objetivo es que en 2020 haya más de 100.000 jóvenes enrolados.

Habrá que esperar a que el proyecto tome forma, pero de momento, las valoraciones oscilan entre el entusiasmo y el escepticismo. Puede ser una idea genial, o un nuevo proyecto fallido. Ambas percepciones tienen su base. Por empezar por la perspectiva optimista, es obvio que un proyecto que pretende fomentar la solidaridad debe ser valorado, en principio, positivamente. Aprovechar el potencial de los jóvenes con inquietudes sociales que están dispuestos a dedicar un periodo de su vida a ayudar a los demás puede ser una buena idea. Es cierto que pueden canalizar esas inquietudes —y de hecho lo hacen— en su propio entorno, pero ejercer un voluntariado en otro país permite conocer nuevas realidades y tener una experiencia enriquecedora. Como el programa Erasmus de intercambio de estudiantes, del que se han beneficiado ya más de cinco millones de jóvenes, el Cuerpo de Solidaridad puede contribuir a reforzar los lazos entre europeos a partir de un mejor conocimiento mutuo.

Pero también puede verse como un proyecto voluntarista, fruto de una visión paternalista que, frente a situaciones de crisis, fomenta respuestas caritativas antes que de justicia social. Y un proyecto destinado a tapar la incapacidad de la Unión para dar respuesta a las verdaderas demandas de una juventud que ha visto caer de golpe sus expectativas de futuro. Particularmente la demanda de un empleo digno y acorde a la formación recibida. En España, el 43,9% de los menores de 25 años están en paro. Muchos de ellos ya realizan tareas de voluntariado. Podría pensarse que como no se les puede asegurar trabajo, la Unión les va a proporciona ahora una forma de estar al menos ocupados en algo.

Es una sospecha fundada, visto el fracaso del Plan de Garantía Juvenil. En julio pasado, solo el 20% de los jóvenes entre 16 y 30 años que ni estudian ni trabajan en España se habían apuntado a este programa comunitario. Apuntarse tampoco es garantía de encontrar trabajo. Les ofrecen cursos, consejos y orientación, pero encontrar trabajo depende sobre todo de que haya empresas que contraten. Y de momento, no lo hacen a pesar de las bonificaciones que se les ofrecen. “No puedo aceptar ni aceptaré que la generación del milenio se convierta en la primera generación en 70 años que sea más pobre que sus padres”, dijo Juncker al anunciar el plan. De momento, no parece en condiciones de sostener esa afirmación.

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