Bergen o lo inesperado

Ilustración del cuaderno de viaje de Leila Guerriero.
Ilustración del cuaderno de viaje de Leila Guerriero.Tomás Ondarra

Dear Leila, thanks a lot for this exciting answer! I am thrilled to hear you are interested in coming to Bergen". Así responde la periodista Teresa Grøtan cuando acepto participar en noviembre de 2015 de un festival de literatura de no ficción que se hace en Bergen, Noruega. Lo primero que hago es preguntarme por qué esa ciudad me suena tanto. Después entiendo: allí vivió Karl Ove Knausgard, un autor noruego al que leo con fruición.

Meses después estoy en Heathrow, el aeropuerto de Londres. No había estado antes, y me recuerda al de Kuala Lumpur: gente con burka, y con túnica, y con shorts, y con minifalda. Hoy a la mañana estaba en Madrid, en un hotel al que vuelvo siempre. Uno de los empleados me reconoció durante el desayuno y yo me dije: "¿He ido tan lejos de casa para terminar en el barrio?". La idea me pareció deprimente. Ahora, mientras espero mi vuelo a Bergen, estoy inquieta. ¿Por qué voy a un sitio donde no conozco a nadie, apenas a mi traductora, Bente Teigen, y a Teresa Grøtan? No lo sé, y me enfurezco: crecí con la idea de ir hacia lo desconocido clavada en el pecho como una zarza ardiente. Entonces, ¿qué es esta inquietud, de dónde viene?

El avión está casi vacío. En el asiento contiguo una mujer mayor, inglesa, saca un tejido y agujas descomunales. Los controles de seguridad al parecer son laxos cuando se trata de damas inglesas de aspecto respetable. Yo no tengo un aspecto respetable. Conmigo, los controles de seguridad no son laxos. Cuando llego a Bergen, Bente y Teresa están esperando. Les pregunto dónde puedo cambiar euros por moneda noruega. Me dicen que ahí ya nadie usa dinero en efectivo, solo tarjeta de crédito. Llueve de una manera animal. Corremos hasta un taxi. Llegamos empapadas, pero a ellas no parece importarles.

El hotel es antiguo y está frente a la estación de trenes. El conjunto es la escenografía de una película de posguerra: niebla, lluvia, trenes. Mi cuarto es ínfimo y tiene todo lo necesario en dosis homeopáticas: una silla, un televisor chico. La cama no tiene colchón sino colchoneta, y está embutida entre la ventana y el baño. Hablo con Diego por Skype, mucho rato. Siento que no quiere despedirse y no sé por qué. En la mañana me despierta el olor a chucrut. Son las siete, faltan tres horas para que amanezca, y el olor a repollo y vinagre me hace picar los ojos. Me levanto, asfixiada. Salgo a caminar bajo la lluvia. En la ciudad, todo es austero. Hay lanchas y barcos de lujo, pero los restaurantes son modestos y no hay grandes marcas sino tiendas de cadena. Meses atrás me encontré en Buenos Aires con Kjartan Fløgstad, uno de los escritores más prestigiosos de este país, con el que tendré una conversación en público mañana, y me dijo que, en Noruega, la ostentación está mal vista. Parece ser verdad: la única ostentación que veo está en las cabezas de un rubio radioactivo que llenan todas las peluquerías (y hay una cantidad de peluquerías obscena). Kjartan sabía mucho de literatura argentina, pero yo apenas había leído alguna de sus obras traducida al español, y a Knausgard.

Ahora, en Bergen, descubro que muchos detestan a Knausgard: lo encuentran mezquino, impúdico, machista. ¿Mezquino un tipo que se debate honestamente entre su vocación por la escritura y su vocación por la familia; machista un tipo que cría y cocina y lava y va a las fiestas de los compañeritos del kínder? Estoy, definitivamente, en un mundo extraño. Al día siguiente voy a la casa de la literatura, donde se hace el festival. Un escritor noruego da una conferencia de la que no entiendo una palabra pero me gusta su manera física de leer el texto, como si contuviera el embate de una fuerza invisible. Después, hay una cena y un recital de poesía. Kjartan recita un poema en noruego dando patadas en el piso, gritando, riéndose. Me imagino a Ricardo Piglia o a César Aira haciendo algo así, y me regocijo por estar entre esta gente tan loca, resbalando por la superficie de un idioma que no comprendo pero que me emociona.

¿Por qué voy a este lugar de Noruega en el que no conozco a nadie? ¿Qué es esta inquietud, de dónde viene?

En la mañana, parto hacia el aeropuerto. Le pago al taxista con tarjeta de crédito, y el sistema le pide una clave que no tengo. Quiero darle el equivalente en euros, pero me mira como diciendo: "¿Y qué hago yo con eso que no vale nada?". Aterrizo en Ezeiza al día siguiente. Diego me llama por teléfono, para avisarme de que está esperando afuera, en el estacionamiento. Le digo que la fila en migraciones es gigantesca. Me dice: "No me voy sin vos". Salgo dos horas después. Nos abrazamos, vamos hacia el auto. Entonces me cuenta lo de la gata, lo que sucedió el mismo día en que tomé mi vuelo hacia Madrid, una semana atrás. Al llegar a casa, levanto a la gata —la que queda—, le rasco la panza. Los regalos que traje de Europa quedan durante días en la maleta sin abrir. Es un regreso triste.

Sobre la firma

Leila Guerriero

Periodista argentina, su trabajo se publica en diversos medios de América Latina y Europa. Es autora de los libros: 'Los suicidas del fin del mundo', 'Frutos extraños', 'Una historia sencilla', 'Opus Gelber', 'Teoría de la gravedad' y 'La otra guerra', entre otros. Colabora en la Cadena SER. En EL PAÍS escribe columnas, crónicas y perfiles.

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