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Golpe en Turquía

Erdogan debe aprovechar para reforzar la democracia y unir al país

Opositores al golpe de estado se manifiestan.
Opositores al golpe de estado se manifiestan. AP

El trágico balance de muertos en la intentona del pasado viernes y sábado, 265 según las últimas cifras oficiales, ensombrece la alegría por el fracaso de un golpe de Estado tan insensato como inaceptable desde cualquier parámetro democrático. Por muchos y muy graves que sean los problemas que enfrenta Turquía, que lo son, tanto en el frente interior como en el exterior, ninguno de ellos se hubiera solucionado con una toma del poder por parte de los militares. Al contrario, en las actuales circunstancias el triunfo del golpe y la eventual puesta de los destinos del país en manos de una junta militar sin duda habría generado una espiral de violencia, represión y abuso de los derechos humanos de incalculables consecuencias.

Hay que alabar la reacción tanto de la población turca, que no se dejó amedrentar por los militares y salió a la calle a desbaratar el golpe, como la firmeza de las principales fuerzas de oposición, que no dudaron en ponerse inmediatamente del lado de la institucionalidad y la democracia; sin olvidar el papel de los medios de comunicación, que una vez más han demostrado cuán esenciales son como baluartes de la democracia y las libertades de los ciudadanos.

El fracaso del golpe demuestra que la democracia turca ha dejado atrás los tiempos en los que los militares podían hacer y deshacer a su antojo, ignorando la voluntad de la ciudadanía democráticamente expresada en las urnas, una madurez que debe inspirar ahora en el presidente Erdogan y sus seguidores el deseo de unir al país bajo un liderazgo abierto y en interés de todos, partidarios o no de Erdogan y su partido, el AKP.

Erdogan, que sin duda sale notablemente reforzado de esta falida intentona, tiene todo el derecho a investigar y depurar, hasta las últimas consecuencias, a todos los elementos que desde los aparatos del Estado, valiéndose de los instrumentos que los ciudadanos han puesto en sus manos para garantizar sus derechos y libertades, se hayan vuelto contra ellos. Por el futuro de Turquía, y en honor a la memoria de los que han perdido la vida oponiéndose al golpe, debe quedar claro que ninguna institución ni persona puede estar por encima de la democracia ni la Constitución.

Una máxima esta que el propio Erdogan y sus partidarios también deberán aplicarse a sí mismos. Una vez pasado el momento del desbordamiento de la tensión, que ha dado lugar a algunas deplorables imágenes de linchamiento de los militares sublevados, es necesario que sea la justicia la que, con plena independencia, asuma la causa contra los golpistas y aquellos que les hayan apoyado. Nos preocupa en este sentido la destitución, el día después del golpe, de miles de jueces y fiscales, y la detención de diez magistrados del Tribunal Supremo. Son hechos que podrían minar aún más una separación de poderes que ya estaba en entredicho antes del golpe debido al continuo acoso de un Erdogan en clara deriva autoritaria. El fallido golpe debería servir para profundizar la democracia, consolidar el Estado de derecho y unir al país ante los graves desafíos que enfrenta, no para polarizar aún más a la sociedad.

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