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El avestruz y la yihad

Nos cuesta admitir que el Estado Islámico ha puesto en marcha otro tipo de guerra mundial

Policías en el escenario del ataque terrorista del 14 de julio en Niza.
Policías en el escenario del ataque terrorista del 14 de julio en Niza. Getty Images

La última ofensiva terrorista de ISIS corre el riesgo de inscribirse en la fórmula nietzscheana del eterno retorno de lo igual. Conmoción en Occidente, lógicamente de superior intensidad en el país afectado, debates cada vez menos precisos en torno al qué hacer, y finalmente silencio en espera del siguiente atentado. Un poco como si levantar la voz sobre la naturaleza propia de esta estrategia fuera desaconsejable porque llevaría a atraer la atención de los terroristas. La única dimensión activada de la política antiterrorista tiene lugar en el terreno de la seguridad, y también aquí solo se registra una intensificación cuando se ha producido el último golpe.

Sigue existiendo una reticencia a admitir que nos encontramos ante una declaración, y una puesta en marcha por parte de ISIS, de una guerra mundial de nuevo tipo. Un conflicto que solo parcialmente es convencional, en Siria e Irak, pero que, mediante una secuencia de espectaculares atentados terroristas, tiende a compensar la disparidad de recursos existente entre el Estado Islámico y su enemigo, el mundo de los no-creyentes. Por su propia naturaleza, la guerra lanzada por el Estado islámico requiere un tratamiento muy distinto de los enfrentamientos bélicos convencionales. Y tampoco caben las estrategias contra el Mal al estilo de Bush, tan ineficaces a largo plazo como incompatibles con los derechos humanos. Olvidarlo puede llevar a un dilema falaz entre hacer la guerra contra el ISIS o refugiarse en la pasividad.

Una elección a evitar, sustituyéndola por una política antiterrorista que incluya dimensiones como la acción cultural y educativa en nuestros países respecto de las minorías musulmanas. Los yihadistas del mundo árabe son inalcanzables, pero al menos podemos evitar en lo posible que nuestros jóvenes musulmanes adopten una visión del Islam favorable a la guerra santa. De entrada, conviene destacar que los planteamientos doctrinales y las tácticas bélicas del ISIS entroncan de modo directo con la práctica del primer Islam en el tiempo del profeta armado y sus sucesores, los “piadosos antepasados”. Una concepción de la divinidad fundada sobre la esclavitud hace que el creyente, esclavo de Alá, constituido en comunidad cerrada a los otros hombres, priva a estos de lo que entendemos por condición humana y les sitúa en el mismo plano de inferioridad que a los sometidos a la servidumbre humana. No cabe, pues, lamentar su destrucción, necesaria por oponerse a quienes siguen a Alá, tanto no-creyentes como falsos musulmanes, hipócritas —caso de Erdogan por su alianza con las potencias occidentales—. ISIS no es ajeno al Islam, sino producto de una lectura rigorista, que desemboca en el ejercicio de la yihad a escala mundial, hasta que impere la verdadera fe. La trama ideológica que está en la base del ISIS, incluida la restauración del califato, reproduce las ideas y directrices contenidas en la acción del profeta y de sus sucesores en la fase de Medina de su vida política, según la lectura apuntada. Existiría un abismo entre los creyentes y sus enemigos, y entre ambos solo cabe una guerra sin cuartel, donde incluso los muertos son opuestos: unos son mártires, otros van al infierno.

Como contrapunto al Islam rigorista hay un Islam progresivo del que nadie se acuerda entre nosotros

La biografía canónica de Mahoma por Ibn Ishaq ofrece múltiples testimonios de esa lógica de actuación, tanto por la prioridad de la mediación bélica como por los episodios de eliminación de los enemigos, sean estos clanes judíos de Medina, paganos de La Meca o poetas críticos que sirven de ejemplo para un terror saludable. Cada acto de este tipo suscita la conversión inmediata de los allegados. Esta ejemplaridad interviene puntualmente en la lógica de acción del ISIS, lo mismo que en la dimensión económica, nivel organizativo tan presente en la yihad del profeta como en sus imitadores de hoy (de los rescates a la acción sobre las comunicaciones del enemigo).

Como contrapunto, hay un Islam progresivo, del que nadie se acuerda entre nosotros, propiciado por pensadores musulmanes, a partir de Averroes y de Rumí, hasta Arkoun y Soroush hoy, que plantean una construcción doctrinal asentada sobre el Islam de La Meca, la concepción de la yihad como esfuerzo no bélico hacia Alá, e incluso una aproximación pluralista a la democracia a partir de la shura, el consejo. Ambos análisis, los de la génesis islámica del Estado terrorista y los de la alternativa perfectamente viable, tienen que romper, y deben romper, la barrera de la ceguera voluntaria ante el tema. Nos va mucho en ello. Las ambigüedades de Erdogan, islamista ortodoxo, pero hipócrita para ISIS, son ejemplo de la inutilidad de una vía media.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

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