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Buscando refugio

En un entorno complejo e incierto las respuestas simples parten con ventaja

Vista de dos grifos de cerveza con las dos opciones, permanencia o salida, de Reino Unido de la Unión Europea en un pub de Westminster, Londres.
Vista de dos grifos de cerveza con las dos opciones, permanencia o salida, de Reino Unido de la Unión Europea en un pub de Westminster, Londres. Andy Rain / EFE

Una semana ha transcurrido, y la élite socialdemócrata europea sigue asombrada ante el triunfo de la campaña del Brexit. Basada en argumentos falaces, promesas inviables y titulares de tabloide lanzados contra el discurso de los expertos, fue la opción preferida en zonas deprimidas, con mayoría de trabajadores poco cualificados. No es un problema exclusivo de Reino Unido: en la segunda vuelta de las presidenciales austriacas, un 86% de los trabajadores manuales votó al candidato de la extrema derecha. El año que viene, Marine Le Pen tendrá opciones de ganar gracias en parte a las clases trabajadoras. Hablan a un colectivo que se siente a la deriva y le ofrecen una verdad convenientemente reconstruida como asidero.

Los partidos tradicionales enfrentan esta tendencia con herramientas imperfectas. El miedo no sirve si el votante siente que tiene poco que perder. Tampoco el desprecio: cuando muchos votan distinto porque consideran que su voz es ignorada, cualquier intento de cortocircuitar el resultado (como, por ejemplo, obstaculizar el Brexit con maniobras desde Londres) da munición a quienes reducen la disputa política a una lucha contra un supuesto establishment. Mientras, la visión del mundo de estos colectivos, su verdad particular, se convierte en un compartimento cerrado, impenetrable.

Para revertir este proceso es necesario ofrecer soluciones alternativas, tender puentes comunicativos y retejer alianzas de clase. Si el malestar es de origen económico, la izquierda debería repensar el pacto social, garantizando un mayor equilibrio. Pero el problema es mayor si las demandas tienen un componente cultural independiente de la precariedad, como sucede con muchos seguidores de Trump. Las renuncias identitarias no se compensan fácilmente con redistribución; y la izquierda no puede cambiar sus valores sin perder el voto joven y urbano, que se siente cómodo en un mundo cosmopolita del que sale ganando. Quizá el obstáculo último es insalvable: en un entorno complejo e incierto las respuestas simples parten con ventaja, pues sirven de refugio, si bien momentáneo, para quien está a la intemperie.

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