Tribuna
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La búsqueda de la seguridad

Hay que prescindir de los prejuicios que genera la división en bloques, derecha e la izquierda, irreconciliables. Se necesita un gobierno ya y lo ideal sería una gran coalición entre PP y PSOE, que estaría avalada por un gran soporte parlamentario

NICOLÁS AZNÁREZ

El único ganador de las elecciones del pasado domingo ha sido el PP: ha aumentado en votos y escaños, no de forma apabullante pero suficiente para estar más que satisfechos, entre otras razones porque, además, los otros partidos de ámbito nacional han disminuido sus votos y sus escaños. En este triunfo, Mariano Rajoy ha tenido un papel destacado.

Algún día habrá que hablar en serio y de forma objetiva de Rajoy, un líder político atípico y especial pero, indudablemente, como está demostrando, un verdadero líder. Es cierto que no tiene el carisma mediático de Felipe González o de Aznar, apenas transmite ideología, es de reacciones lentas, arriesga poco o nada, a veces da la sensación de ser un gobernante que no gobierna sino que solo administra. Ahora bien, sibilinamente, sabe convertir estos aparentes defectos en virtudes porque, a su vez, a pesar de ellos, al ser inteligente, astuto y correoso, da a los españoles seguridad. Y en estas elecciones, tras el tiempo perdido al no formar Gobierno, en tiempos de más que probables turbulencias económicas aumentadas exponencialmente tras el Brexit, con riesgos internos de populismos izquierdistas y nacionalistas, lo que han buscado muchos ciudadanos es seguridad, evitar riesgos, ir a lo conocido en lugar de lo que aún está por conocer. Ha sido, por tanto, un triunfo del PP y, en concreto, del PP de Rajoy, y despreciarlo es un error.

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De los otros partidos nacionales, todos han perdido aunque ninguno ha quedado descalabrado. El PSOE ha salvado los muebles al ganar netamente a Podemos, pero no debe olvidar que ha obtenido su peor resultado aún partiendo de muy abajo. Tiene, pues, que hacérselo mirar. El resultado de Unidos Podemos es peor de lo que aparenta porque, si descontamos las confluencias nacionalistas, ha disminuido en tres puntos. La estrategia de Iglesias, que ha pasado de Chávez a Allende sin parpadear, no ha funcionado como él esperaba, así lo confesó en la misma noche electoral. Ciudadanos ha perdido más en escaños que en votos, y no tenía un papel fácil. Ahora bien, ante los pactos para formar Gobierno, se ha complicado la vida al empeñarse en vetar a Rajoy como posible presidente. Entrometerse en las decisiones de otro partido no parece serio, ni es un buen precedente democrático, más todavía cuando Rivera sostiene, acertadamente, que no es cuestión de sillones sino de programas. ¿Vetar a Rajoy no es hablar de sillones?

En todo caso, si bien los dos grandes y viejos partidos, sobre todo el PP, se han visto reforzados ante los nuevos, el bipartidismo no ha vuelto y el debilitamiento del nuevo sistema cuatripartito ha sido escaso, tal como lo prueba que para formar Gobierno haya que acudir a pactos entre tres de ellos. Lo que quizás sucede es que ya no tiene sentido, si alguna vez lo ha tenido, la distinción entre vieja y nueva política: hoy todos los partidos son ya viejos. Ahora solo queda aplicarles aquel sabio consejo evangélico: por sus obras los conoceréis.

El bipartidismo no ha vuelto y el nuevo sistema cuatripartito se ha debilitado levemente

Por otro lado, desde la perspectiva actual se ve con mayor claridad el grave error cometido por el PSOE al pactar la fallida investidura de Sánchez tras las elecciones de diciembre. Antes de nada, no escondamos la realidad: los socialistas nunca quisieron pactar con Podemos y es por esa razón, quizás entre otras, que acordaron un programa común con C's. Dicho acuerdo les blindaba frente a Podemos —Rivera e Iglesias se autoexcluían mutuamente— y, a la vez, lanzaban a sus antiguos votantes que les habían abandonado por la formación morada, así como a todos sus partidarios, el mensaje de que su deseo era pactar con Podemos, nunca con el PP. Era un planteamiento hábil y todo fue bien —ya que Iglesias cometió el error de aparentar ser el culpable de no llegar a un pacto— hasta que Sánchez no se atrevió a dar el paso final, es decir, constatar públicamente que entre ellos y C's no sumaban lo suficiente, abstenerse para posibilitar la presidencia de Rajoy, alegando la necesidad de que España tuviera Gobierno, y pasar a encabezar la oposición. Sin ese final, el pacto con C's fue visto como una ocasión inútil. Ahora Sánchez ha pagado su error: de 90 diputados ha pasado a 85 y se encuentra en la misma situación.

Porque lo imperdonable sería ir a unas terceras elecciones. Ya fue un error ir a unas segundas, pero ahora no se entendería. Se necesita un Gobierno ya, no puede demorarse su formación. Las elecciones han reafirmado que este solo puede estar encabezado por Rajoy y el Brexit británico, con todas sus complejas derivadas, hace completamente indeseable que España participe en las próximas negociaciones europeas encaminadas a resolver esta cuestión mediante un débil Ejecutivo en funciones, dando así la impresión de ser un país poco respetable. Ayer Rajoy ofreció acuerdos al PSOE y a C’s. Las ejecutivas de estos dos partidos, reunidas ayer, pusieron serios obstáculos a ello, demostrando su inmadurez, casi su infantilismo. Tales actitudes contribuyen a explicar las razones por las cuales ha ganado el PP y ellos han perdido.

No existe ninguna causa para no encontrar salidas razonables que puedan convenir a todos

Esperemos que se produzca un cambio de actitud. Hay que prescindir, en estos momentos, más que nunca, de los prejuicios que genera la división de España en bloques, la derecha y la izquierda, absolutamente irreconciliables. Eso no sucede en ningún país de Europa cuando los problemas tienen la entidad con la que ahora nos enfrentamos. Lo ideal sería una gran coalición (PP y PSOE), si se quiere añadiendo a C’s. Tendría un gran soporte parlamentario. Pero también caben, por supuesto, otras soluciones, especialmente abstenciones pactadas con un acuerdo previo sobre los problemas fundamentales y la garantía de unos plazos para obligarse a presentar cuestión de confianza. No hay que olvidar, por otra parte, que el PP, además, tiene mayoría absoluta en el Senado, es decir, la llave para decidir reformas constitucionales. No existe ninguna causa para no encontrar salidas razonables que puedan convenir a todos los partidos, además de al interés general, tras lo expresado anteayer en las urnas.

Muchos electores han votado al PP, entre otras cosas, porque les da más seguridad que los otros dos partidos. No sería inteligente por parte de éstos que añadieran más motivos para que los españoles aumentaran el voto del adversario.

Francesc de Carreras es profesor de Derecho Constitucional.

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