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Construir la patria

Errejón defiende en un mitin que la cultura debe servir al proyecto político de Unidos Podemos

Iñigo Errejón, el número dos de Unidos Podemos durante un reciente mitin.
Iñigo Errejón, el número dos de Unidos Podemos durante un reciente mitin.MARTA PÉREZ (EFE)

En unas elecciones donde hay preocupaciones más urgentes, la cultura apenas ha sido un tema, ni en la derecha ni en la izquierda. Por eso resultó llamativo que Unidos Podemos decidiera celebrar hace unos días un acto sobre la cultura en campaña. El mitin, que se puede ver en YouTube, fue interrumpido por unos ultraderechistas.

La campaña electoral es, como ha escrito Víctor Lapuente, una fiesta narcisista: para los partidos políticos pero sobre todo para los ciudadanos, que son objeto del cortejo de quienes buscan su voto. Algunos de los movimientos que han servido de inspiración a los fundadores de Podemos han intentado crear alianzas con los trabajadores de la cultura. Para profesionales a menudo de izquierda, especialmente dependientes de la atención de un público escaso y distraído, pertenecientes a un sector castigado por la crisis y perjudicados por unas políticas del Partido Popular que han mostrado a veces insensibilidad y a veces ineptitud, la atención de Unidos Podemos puede resultar especialmente seductora.

Sin embargo, una segunda mirada produce cierta extrañeza. En el mitin Íñigo Errejón, número dos de Podemos, habló de la importancia de la cultura para “construir una patria”. La victoria electoral es una tarea imprescindible a corto plazo, pero debe ir acompañada de una tarea más pausada, de creación y articulación de nuevos símbolos, como canciones que “nos emocionen juntos”, novelas que cuenten el cambio político o, pasmosamente, exposiciones fotográficas que retraten cómo se multiplica la creatividad en las asociaciones de vecinos.

Es una tarea, decía, “irreversible”, y uno de sus componentes esenciales es la configuración de una nueva memoria. Tenemos que crear nuestros mitos, porque si no otros lo harán por nosotros. Errejón, que en su alocución no citó ninguna obra ni abordó los problemas del sector, matizaba que esa actividad no debía ser (solo) para apoyar un hipotético Gobierno de Podemos, sino también para dialogar y criticar, pero contribuyendo a esa refundación de un nuevo país. Todo con el cambio, pero nada fuera del cambio.

El reto es halagador, y tiene un componente que podría enlazar con el resentimiento

Como ocurre con muchas intervenciones de Errejón, no es fácil saber que quería decir exactamente. Pero el reto es halagador, y tiene un componente que podría enlazar con el resentimiento, una fuerza que no hay que desdeñar y que a veces produce buenos resultados artísticos. Parte del rechazo a la cultura de la Transición tiene que ver con el clásico “quítate tú, que me pongo yo”. Otra parte muestra cierta nostalgia de la hegemonía y la capacidad de llegar a amplios sectores que en otro momento tuvieron ciertos productos culturales. Ha habido otras fragmentaciones: los escritores españoles de mi generación, por muchas razones, no tenemos el público que tuvieron los autores de otra época. Al menos, de aquellos a los que les iba bien, que es de los que solemos acordarnos. Pero es muy probable que quien tenga un interés por la cultura, quien disfrute de ella como espectador y quien se alegre de la facilidad para comunicarse con su público celebre la fragmentación y la variedad, aunque planteen otros problemas.

El discurso de Errejón recordaba al de Pablo Iglesias, que ha escrito sobre cine y ha señalado más de una vez su afición a la lectura. Iglesias ha reivindicado la capacidad del cine para crear un relato, para popularizar una visión de la historia. Ha criticado películas como La vaquilla o Soldados de Salamina porque presentaban la Guerra Civil como una tragedia entre españoles y no como un enfrentamiento entre buenos y malos. Recientemente decía que el cine de Luis Buñuel no le interesaba porque ya no le parecía “válido” en una sociedad secularizada. Transmite una concepción maniquea del arte, con un aire de morality play, que reduce el valor de las obras a su eficacia como vehículo ideológico.

Unidos Podemos tiene equipos que sabrán darle un aire de sofisticación a estas ideas, que conocen el sector y sus mecánicas, y no hay que exagerar la capacidad de la formación para imponer esa visión propagandística de la cultura. Pero representa una manera antigua y empobrecedora de entender la creación artística, y conocemos suficientes ejemplos históricos como para tomarnos ese supuesto unanimismo con mucha cautela. Quizá las películas y los libros pueden ser la expresión del pueblo o el cambio –que tienden a ser ambiguos y casi siempre necesitan intérpretes, como ocurre con Dios-, o el despliegue programático de unos símbolos, pero pueden ser muchas otras cosas. Sería menos preocupante si esa visión no viniera acompañada de tics antipluralistas, como los que ha mostrado ante periodistas Pablo Iglesias, que en más de una ocasión ha dado a entender que le corresponde a él fiscalizar a la prensa y no al revés, o el rechazo a obras que no coinciden con sus tesis.

Por otra parte, aunque muchas veces sea el producto del trabajo en equipo, aunque recoja la herencia de muchas tradiciones, reciba la influencia del contexto y aunque tenga una función social, lo que resulta más interesante del arte es que constituye la expresión de una visión individual, la exploración libre de la existencia. “Los libros que tú no escribas no los va a escribir nadie”, decía Félix Romeo. Esa certeza es lo más valioso que tenemos.

 Daniel Gascón es escritor y editor de Letras Libres España.

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