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Británicos y europeos

Un Brexit sería fatal para la economía y dañaría la dinámica de toda la UE

El cantante Bob Geldof (centro) se manifiesta junto a otros partidarios de la permanencia en la UE por aguas del Támesis.
El cantante Bob Geldof (centro) se manifiesta junto a otros partidarios de la permanencia en la UE por aguas del Támesis. AFP

Conviene no minimizar los efectos de una eventual salida de Reino Unido (Brexit) de la casa común, la Unión Europea (UE). Ni mirar a los británicos por encima del hombro, aunque sean responsables de su propio embrollo. Y muy corresponsables de que la UE carezca de atractivos imprescindibles en esta coyuntura crítica, como el pilar social que tanto obstruyeron. Sería estúpido meter goles en la propia portería.

Conviene no minimizar el desafío del referéndum del día 23. Contra lo que algunos creen, el impacto económico de la secesión no sería estático, sino que podría ser exponencial. Es cierto que la economía británica es pequeña respecto al conjunto comunitario: su sexta parte. Y que en un Brexit sería la que, como polo más débil, mayores desgracias sufriría, por cuanto dirige a la UE casi la mitad de sus exportaciones, contra el 10% a la inversa.

Pero una ruptura afianzaría las incipientes tendencias al repliegue endogámico y proteccionista —como ya afloran en algunos movimientos contrarios al TTIP, el tratado en negociación con EE UU—. Desviaría la atención de la política económica: en vez de concentrarse en integrar mejor la eurozona obligaría dedicarse a cómo salvar lo salvable en la nueva negociación minimalista comercial (y global) con un Londres separado. Y subrayaría una percepción mundial de Europa, más bien negativa: podría elevarse a la categoría de lastre, un lugar del que zafarse.

Disponemos ya de claros indicios para sostener esas conclusiones. Ante la creciente tendencia hacia la secesión recogida en las encuestas —que son solo eso, encuestas—, la libra ha capotado, las Bolsas se han desplomado y los bancos centrales han anunciado que están listos para prestar todo colchón monetario que se precise.

La preocupación económica parece haberse acrecentado. Organismos internacionales y economistas, en insólita unanimidad, han advertido del desastre. Y el pánico se ha instalado en el propio Gobierno británico, cuyo canciller del Exchequer ha alertado de la necesidad de subir impuestos y practicar severos recortes en caso de que el voto por el abandono triunfe. Si todo ello se produce cuando la partida aún no se ha dirimido, cuesta poco imaginar qué sucedería si resulta negativa.

Además, cada vez parece más claro que los efectos negativos de un Brexit desbordarían la economía. Afectarían a la política, dañando la percepción, la dinámica y la propia estabilidad de la UE como proyecto político-económico; entre otras razones, por la posibilidad de un efecto contagio —e incluso castillo de naipes— en otros Estados miembros reticentes.

El impacto podría llegar a ser brutal. Sobre todo, porque el británico no es un problema existencial solitario. Se suma a otros de enorme alcance: la crisis en la gestión migratoria; la ardua digestión de la Gran Recesión, y el auge de los populismos, o sea, los nacionalismos muchas veces ultras, xenófobos, que han transitado del euroescepticismo a la eurofobia.

Por eso el alza de los separatistas no es un alivio para nadie sensato, sino todo lo contrario. Conviene trasladar este mensaje a los conciudadanos británicos, confiar en su racionalidad y prepararse también para el escenario más ingrato.

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