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El precio de la discrepancia

Los sectores ultranacionalistas no toleran la oposición social

al separatismo

Exhibición de esteladas en un acto organizado por la Asamblea Nacional de Cataluña, el 7 de enero de 2016.
Exhibición de esteladas en un acto organizado por la Asamblea Nacional de Cataluña, el 7 de enero de 2016. AP

Félix Ovejero describe, en el documental dirigido por Fran Jurado, Disidentes. El precio de la discrepancia en la Cataluña nacionalista (2016), los llamados años de plomo, cuando “hace 10 o 15 años la crítica al nacionalismo catalán estaba aislada e intimidada intelectualmente”. Sin embargo, prosigue, “ahora tenemos las razones de siempre, y de pronto a la gente ya no le cuesta discrepar porque al lado hay otro que ha dicho lo mismo antes”. En efecto, si bien el proceso soberanista, iniciado en 2012, ha quebrado la sociedad catalana y dañado la convivencia, la tensión sociopolítica ha servido para romper la espiral del silencio en la que muchos ciudadanos estaban instalados, algunos cómodamente, otros sin ser conscientes de ello. No ha sido un camino fácil, y sigue sin serlo. La fusión de las movilizaciones independentistas de masas con el poder institucional durante estos años ha estado cerca de inhabilitar socialmente al discrepante. Y todavía demasiado a menudo oponerse al nacionalismo tiene un precio: ser acusado impunemente de fascista o franquista.

Recientemente, el historiador Joan B. Culla escribía un artículo en el que forzaba un vínculo entre una manifestación de nostálgicos de la Legión, salpicada con la estética ultra de algunos participantes, y una entidad inequívocamente democrática como Societat Civil Catalana (SCC), premio Ciudadano Europeo 2014. Es lamentable que una persona de cultura como Culla practique el macartismo político, la descalificación ad hominem, y se apunte a insinuaciones y dobleces sobre “vínculos ocultos” con la extrema derecha. Son insidias inútiles de denunciar ante la justicia porque nuestro Estado de derecho protege con celo, afortunadamente, la libertad de expresión. En cambio, sí han sido denunciados por vulneración del derecho al honor los eurodiputados Ramon Tremosa, Josep Maria Terricabras y Ernest Maragall, entre otros, por acusar a SCC, en un injurioso manifiesto que pedía la retirada del mencionado galardón europeo, de hacer nada menos que apología de los crímenes nazis, franquistas y del Holocausto. Es lamentable que gran parte del separatismo no acepte la legitimidad del adversario e intente demonizarlo con este tipo de infundios, con la complicidad, muchas veces, de los medios públicos en Cataluña y de una amplia red de digitales generosamente subvencionados por la Generalitat. “Calumnia, que algo queda”, es la consigna. Pues eso.

El citado documental intenta explicar el proceso de construcción de la hegemonía nacionalista desde los años ochenta hasta hoy. Habla también de las prácticas inciviles contra el discrepante; de la contramovilización para acallar esas otras voces, por estigmatizar toda iniciativa contraria al nacionalismo como anticatalana, ubicarla más allá de la derecha, cuando en realidad muchos de sus protagonistas provienen de la izquierda, y aislarla socialmente. Como explica el politólogo Martín Alonso, no es un fenómeno único en Cataluña; situaciones de acoso y señalamiento personal se han dado en otros contextos de fuerte pulsión identitaria en los Balcanes, Israel, Polonia o el País Vasco. Afortunadamente, en la sociedad catalana las situaciones de violencia física han sido hasta ahora marginales, aunque no podemos olvidar la existencia de Terra Lliure, ni la sucesión de grupos de radicales que han practicado el matonismo, tanto en la calle como en la universidad, con sus pintadas o escraches contra el disidente. Por eso, en los años de plomo muchos optaron por hacerse invisibles. Tampoco el sinfín de veces que los locales de los partidos constitucionalistas (C’s, PSC y PP) han sido atacados. O la dificultad que tienen dichas fuerzas por completar listas en las elecciones locales en muchos municipios de la Cataluña interior porque sus posibles integrantes prefieren no significarse públicamente.

El acoso y señalamiento personal se da en contextos de fuerte pulsión identitaria

Como señala Ovejero, lo nuevo en la sociedad catalana es que se está perdiendo el miedo a discrepar. El envite separatista ha llevado las cosas a un límite en el que ha resultado imposible ser indiferente. Ahora bien, a medida que la realidad va dejando al desnudo el engaño de la hoja de ruta de Junts pel Sí y estallan las contradicciones de todo orden con la CUP, la política catalana bascula hacia su batasunización, con el incremento de incidentes violentos. La oposición social al separatismo, por primera vez organizada de forma coherente, no es tolerada por los ultranacionalistas, acostumbrados al monopolio del espacio público. Si la discrepancia a la hegemonía nacionalista ha tenido un precio, esperemos que no haya que pagar sobrecostes añadidos mientras se hunde el proceso.

Joaquim Coll es historiador y vicepresidente de Societat Civil Catalana.

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