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La Isla del Meridiano

La Isla del Meridiano
La calma de El Hierro, rocosa y azul, transcurre entre el misterio de los bimbaches, los lagartos gigantes y el olor a sal.

SEGÚN se aproxima el bimotor de Binter que nos lleva a la isla, observamos la evocativa imagen de un lagarto de Salmor tendido perezosamente en la vastedad turquesa del Atlántico: es El Hierro, la más remota de las Canarias, el Finisterre del mundo conocido durante siglos. Es también la más joven de todas las que forman el archipiélago y aún sufre repentinas convulsiones telúricas que dan buena fe de su parto reciente, geológicamente hablando. Es pues un verdadero viaje en el tiempo, aunque con todas las comodidades del mundo actual, ya que hace mucho que sus habitantes han logrado el difícil equilibrio entre la modernidad y la preservación de su inmensa riqueza natural.

Lo primero que llama la atención es lo sencillo que resulta –nada más subir al taxi que nos traslada del aeropuerto– impregnarse de su ambiente limpio, lleno de un sosiego que invita a la desconexión del agobio urbano. Comparado con El Hierro, Santa Cruz de Tenerife parece Las Vegas. No es sólo una impresión, nos confirma el taxista, que se apellida Padrón como un alto porcentaje de herreños. Es la única isla del mundo que genera suficiente energía renovable como para autoabastecerse satisfactoriamente. De manera que hay que anotar, ante la orgullosa insistencia del taxista, una visita a la central hidroeólica Gorona del Viento.

Contemplar su paisaje rocoso y salvaje resulta estimulantemente extraño, sobre todo para los entusiastas de la naturaleza y del buceo. Esta es la palabra mágica aquí: buceo. Porque si de algo presume la isla es de puntos de inmersión. Sumergirse en sus aguas de transparencia inenarrable es una experiencia que nadie debería perderse. “Este es un verdadero santuario marino”, nos comenta un alemán que viene por aquí hace años. En cada rincón encontramos gente venida de aquí y de allá para bucear, pasear en barco o disfrutar de sus rudas calas –pierden el tiempo quienes buscan playas de arena…–. Nada mejor que dejarse envolver por ese bendito olor a yodo, bosque y salitre que allí resulta tan intenso y que queda como impregnado en la piel cuando tomamos el vuelo de regreso.

Pero El Hierro procura no sólo el placer primordial de su entorno agreste, sino el conocimiento de su cultura prehispánica y su fauna autóctona, tan sorprendente como poco frecuentada. Quizá por ello lo mejor, luego de establecernos debidamente en algún hotelito o casa rural de las muchas que abundan, es hacer una excursión al poblado de Guinea, un asentamiento arqueológico enclavado en el valle del Golfo, para así acercarnos al modo de vida de los antiguos bimbaches –los habitantes originarios de la isla–, que terminaron vendidos como esclavos cuando el arribo de los europeos en 1405, capitaneados por Jean de Béthencourt. De ellos quedan apenas algunos vestigios: utensilios, cuevas y modestas casas que nos muestran su modo de vida. Se cree que son de origen sahariano, nos explican, pero todo sobre los bimbaches resulta elusivo. Vale la pena esta visita.

Vegetación junto a las piscinas naturales de La Maceta.pulsa en la fotoVegetación junto a las piscinas naturales de La Maceta.

Allí nos contarán del árbol emblemático de la isla, el garoé, un tilo de gran tamaño que los naturales consideraban sagrado porque condensaba el agua de los alisios y abastecía así a sus habitantes del preciado líquido. Fue arrancado por una brutal tormenta en 1610 y ha quedado apenas el lugar donde se encontraba. Visitarlo es como ir a un panteón, y algunos turistas se animan a acercarse hasta allí, previo pago de una entrada, para hacerse una foto.

Imposible perderse la visita al Lagartario, un centro de recuperación del lagarto gigante de El Hierro, que estuvo en peligro de extinción hasta hace no muchos años. Pétreos y de considerables dimensiones, uno contempla estos animales arcádicos y comprende un poco mejor la naturaleza recóndita de la isla. Y si de allí nos acercamos al Museo de las Restingolitas, en La Restinga, ya no nos queda duda de estar conociendo una isla-saurio. Muchos herreños guardan una piedra de estas, originadas por la lava de las erupciones submarinas de hace pocos años. Como si fuese un amuleto o, mejor aún, un emblema del lugar. Incluso en algunos bares se usan como reclamo para los visitantes. “¡Si come usted aquí, llévese una restingolita!”.

Desde que llegamos, nada más abrir las ventanas del hotel, sopla un aire puro que emborracha y abre el apetito. Y, para ello, El Hierro se prodiga en gratos restaurantes donde dar cuenta de platos típicos y disfrutar de lapas y pescado fresquísimo, de preferencia acompañados de buen vino blanco o, si uno quiere animarse por lo autóctono, una copa de Tanajara, ese vino que se hace con uva babosa, variedad propia del archipiélago que se recuperó en esta pequeña isla. Casa Juan, en la misma Restinga, ofrece morena frita o un salpicón de bonito a precios más que asequibles (y también sucumbe al reclamo de la restingolita). Después de comer, pasear por el muelle, frente a ese sector del Mar de las Calmas, es un verdadero disfrute que mezcla a visitantes e isleños, sobre todo al atardecer, cuando el cielo se enciende de ocres y azules.

Si comer pescado fresco en La Restinga es imprescindible, no menos lo es acercarse hasta el Mirador de la Peña, enclavado en el risco Tibataje. Diseñado por César Manrique, nos brinda una de las mejores vistas de la isla. No debe uno perderse unas papas arrugadas, un delicioso cherne y el queso herreño en el restaurante El Mirador, una estupenda reinterpretación de la arquitectura local. Si la oferta gastronómica es abundante, asequible y deliciosa, encontrar hospedaje también resulta fácil. Hay numerosos hoteles y casas rurales desperdigados por toda la isla y hacen muy cómodo para el visitante elegir su “centro de operaciones”. En Valverde está el Gran Drago, en La Restinga los apartamentos Mareas Brujas, o Casa Los Abuelos en El Pinar, todas muy buenas opciones entre la muy variada oferta.

Y un par de recomendaciones literarias sobre esta isla enigmática y remota. Garoé (Martínez Roca), de Alberto Vázquez Figueroa, y Campiro que (Tropo), del autor de origen herreño Víctor Álamo de la Rosa, dos lecturas imprescindibles para aliñar de fantasía nuestro primer encuentro con El Hierro.