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Estrategia fiscal equivocada

Con una deuda cercana al 100%, la posición de España ha sido muy vulnerable

Dos monedas de euro, una de ellas acuñada en Grecia, fotografiadas delante del Bundestag en Berlín (Alemania).
Dos monedas de euro, una de ellas acuñada en Grecia, fotografiadas delante del Bundestag en Berlín (Alemania).

El cambio de política fiscal del Gobierno a partir del segundo semestre de 2014, diseñada para prevenir un derrumbe electoral, constituía una estrategia arriesgada. Y se ha revelado, a la postre, ineficaz e irresponsable.

Con déficits superiores al 6% y la deuda cerca del 100%, España mantenía una posición muy vulnerable. Pero al contrario que en 2012 y 2013, en los que la austeridad era procíclica, 2014 fue ya un año de crecimiento. Es más, la economía se expandía ya en la segunda mitad del ejercicio a ritmos notables, del 2,5% anualizado, e incluso boyantes en algunos rubros de la demanda interna (el consumo al 3,5% y la inversión al 4,5%) y con las exportaciones disparadas. Se abría así la primera ventana de oportunidad en años de practicar una política contracíclica y reducir con ello nuestra fragilidad fiscal.

Además, resultaba crucial la acumulación de señales de que la recuperación iría a más en 2015. La confianza había regresado, inaugurando un nuevo ciclo de inversión y consumo privados. La afiliación llevaba un año al alza y los salarios reales empezaban a repuntar gracias al respiro temporal de los precios. La competitividad perdida se había restaurado, el desendeudamiento privado proseguía a buen ritmo, se atisbaba el final del ajuste en el sector de la construcción y en el mercado inmobiliario y la colosal deuda externa empezaría a estabilizarse tras alcanzarse por fin el ansiado superávit exterior. Por tanto, a diferencia del rebote incierto y efímero de 2011 cabía sospechar que esta unión de factores domésticos (cíclicos y estructurales) ayudaría a relanzar el crecimiento y sostener la recuperación.

Sí, la política fiscal restrictiva y la devaluación interna —en forma de deflación salarial y niveles dramáticos de paro, sobre todo— habían resultado muy desiguales y dolorosas. Pero todas las economías acaban ajustándose, es ley de vida.

La economía española se benefició de los vientos de cola: la depreciación del euro y el precio del petróleo

Además, España se benefició de los famosos vientos de cola externos: el petróleo comenzó su derrumbe en el verano de 2014, el euro se depreció en otoño y el comercio mundial se mantenía en expansión. Y quizá lo más importante: las señales financieras mejoraban sin parar, gracias al BCE, que afianzó la orientación expansiva de la política monetaria. Todo ello hizo presagiar que la recuperación discurriría por aguas relativamente tranquilas. Las Bolsas subieron, las primas bajaron, retornó la liquidez, se animaron las emisiones y el crédito bancario se disparó y abarató.

Es verdad que anticipar una veloz recuperación resultaba todavía incierto. Baste recordar que los presupuestos para 2015 asumían un crecimiento del 2,0%, muy inferior al 3,2% que se registró finalmente. Pero entrábamos en año electoral y el Gobierno apostó por apurar la palanca fiscal, con el objetivo de que el discurso de que “gracias a los esfuerzos las estrecheces llegaban a su fin” desplazara al arraigado “la gente no nota la recuperación”.

En paralelo, Europa estaba flexibilizando su rigorista posición de política fiscal. Si el Gobierno pretendía decretar un fin oficial de la austeridad de cara a las urnas podía haber peleado (nuevamente) una senda de ajuste del déficit más suave o aprovechado los nuevos resortes interpretativos del Pacto de Estabilidad. En lugar de ello, prefirió lucir un falso papel de campeón del control presupuestario mientras se animaba a repartir “los frutos de la recuperación” mediante irresponsables rebajas de impuestos y regalos en las cotizaciones.

El beneficio de la estrategia era doble: la “gente” apreciaría en su bolsillo la luz al final del túnel y evitaría que los hombres de negro, la Comisión y el Consejo, sancionaran las alegrías fiscales si creían con ello interferir en el proceso electoral. El coste también era doble: suponía una mala política por parte del Gobierno, que asumía además el riesgo de dejar en herencia una importante desviación, lo que resquebrajaba su reputación fiscal frente a unos socios con los que había que seguir hablando tras el 20-D.

La abultada caída del PP en las generales se debió probablemente al hartazgo de la corrupción y al rodillo de su mayoría absoluta, y no a que los ciudadanos anticiparan que el Gobierno había lanzado sus rebajas con propuestas imprudentes. Pero el país sufrirá la falta de margen fiscal para contrarrestar la actual desaceleración, si esta se intensifica más de lo previsto. Y entenderá, aunque sea a posteriori, que mantener déficits del 5% del PIB creciendo por encima del 3% es una estrategia irresponsable para nuestras maltrechas finanzas públicas.

Fernando Gutiérrez del Arroyo es economista en Solchaga Recio & asociados

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