Chicas Bond

Guapas, seguras de sí mismas, inteligentes y más malas que la tiña. Así son las chicas Bond, como Pussy Galore, a quien Honor Blackman puso rostro y curvas en Goldfinger (1964).
Guapas, seguras de sí mismas, inteligentes y más malas que la tiña. Así son las chicas Bond, como Pussy Galore, a quien Honor Blackman puso rostro y curvas en Goldfinger (1964).

Ha vuelto James Bond y con él la antigua liturgia del mea culpa. En esta ocasión, su protagonista hace como que se desmarca de algunos rasgos del personaje poco acordes con su forma de pensar y, sobre todo, poco acordes con el espíritu de los tiempos, en especial de una presunta misoginia basada en el hecho de que a nuestro héroe le gustan las mujeres y sabe cómo hacerse corresponder, pero no es constante en sus afectos. Sin prestar la menor atención a la exculpación, y como parte de la campaña publicitaria que precede a cada nueva entrega, las televisiones de todo el mundo reponen la larga serie de películas del mismo personaje, encarnado por un verdadero batallón de actores, todos los cuales, en su día, expresaron el máximo respeto por las mujeres, por más que en la pantalla el guion les obligase a parecer lo contrario.

En mi opinión, el argumento no está bien planteado. A decir verdad, las viejas películas de James Bond han resistido bastante mal el paso del tiempo. Al margen del encanto personal y la competencia profesional de los sucesivos actores, James Bond no llega a ser un personaje entrañable. Da la impresión de haber sido creado, allá por la década de lo sesenta, como parte de una operación comercial encaminada a potenciar el glamour de lo británico en un momento en que el Imperio entraba en fase de derribo. No todos los productos encaminados a convertir en merchandising la idiosincrasia y la tradición británicas fueron una falsificación, pero en muchos casos, como en el de Bond, se nota demasiado el esfuerzo por llegar a un público poco estricto a la hora de comprar. Basta comparar a este agente serial con su compatriota Sherlock Holmes para advertir la diferencia. La humanidad del uno, salido de la imaginación de un escritor, y la artificialidad del otro, manufacturado en una empresa publicitaria. Por decirlo en otros términos, el cariño con que uno fue concebido y el otro no. Hoy en día una película antigua de James Bond es un producto televisivo de domingo por la tarde que se aguanta por pura desidia. La trama es inconsistente y en general incomprensible, los malos no tienen gracia, el humor achulado y previsible del protagonista es impostado y el dandismo se ha vuelto hortera. De toda esta hecatombe, lo único que se aguanta son las chicas.

Mientras el resto resulta acartonado, las chicas Bond resultan frescas en todos los sentidos del término. La típica chica Bond es guapa, segura de sí misma, inteligente y más mala que la tiña, pero siempre está dispuesta a cambiar de ideología, de moral y de bando por un polvo. Y en un mundo regido por ideologías huecas, intereses mezquinos, vanidad, resentimiento y codicia, moverse por este tipo de impulsos me parece tan honesto como sensato. Por esta razón, y en contra de lo que se dice, ellas permanecen, a pesar de los horribles peinados, las pestañas postizas y el maquillaje de emplasto, mientras el galán que las sedujo queda como un figurín de usar y tirar. Pero la culpa del malentendido no la tiene James Bond, ni siquiera el MI6, sino los efectos secundarios del feminismo de manual.

Para empezar, porque se empeña en equiparar mujeriego a misógino, lo cual, a mi juicio, es completamente erróneo e induce a confusión. En segundo lugar, y eso es aún más importante, porque el feminismo, como toda revolución, pretende hacer tabla rasa y cancelar el pasado, y esto le lleva a representar a la mujer antes de que el movimiento iniciara su andadura, como un ser sin atributos, lo cual, además de erróneo y equívoco, es muy injusto. Las mujeres han padecido una situación de sometimiento en muchos terrenos fundamentales: jurídico, económico, político, social y un largo etcétera. A todo ello las mujeres han tenido que adaptarse. Pero nada de eso supone una merma de su capacidad como seres humanos. Seguramente 007 ha de rendir muchas cuentas, pero en ningún caso debe arrepentirse de sus hazañas eróticas, porque eso supone una actitud condescendiente para la que no tiene licencia.

 

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