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"Encontré España llena de gente que se moría por expresar más"

Dos años después de su debut en Loewe, el norirlandés Jonathan Anderson ha obrado una revolución en el mayor símbolo del lujo español

Jonathan Anderson, fotografiado en exclusiva para ICON  en el estudio madrileño de Alberto García-Alix. Ampliar foto
Jonathan Anderson, fotografiado en exclusiva para ICON en el estudio madrileño de Alberto García-Alix.

Además de corbatas, trajes y maletines, quien entre en Loewe esta primavera podrá comprarse sudaderas de Goofy, monederos de toalla y una variedad de curiosas prendas y accesorios con estampado manga. La nueva tienda de la casa en Miami es un cubo blanco con un hórreo en medio, importado de Galicia. Sus anuncios sugieren lujo intelectual en vez de gritar “caro”. El responsable de esta agresiva estrategia de renovación es Jonathan Anderson, un norirlandés de 31 años que acaba de recibir dos British Fashion Awards y es conocido por su habilidad para convertir aparentes suicidios comerciales, como pantaloncitos de volantes para hombres, en agentes del éxito. Alguien cuyas colecciones, dice, han de tener un 35% de incomodidad para funcionar.

Se nos olvida que una camiseta la fabrican manos humanas. Puede costar cuatro euros, pero ignoramos las consecuencias sociales y económicas de que sea tan barata. Eso es lo fundamental del lujo: protege la artesanía

Y funcionan. Sólo dos años después del nombramiento de Anderson por LVMH (el grupo francés dueño de Loewe), esta casa centenaria ha pasado de languidecer en el gusto burgués a liderar la última revolución de la moda masculina. El nuevo Loewe maneja provocativamente la tradición. Su imagen, andrógina y retadora, se ha convertido en un paradigma de la industria. Honra sus raíces artesanas fabricando sólo en España, pero ha conseguido nuevos diseños superventas que cortan la dependencia de los clásicos, como el bolso Puzzle. Desde sus estudios en Londres y París (de su propia marca y de Loewe, respectivamente), Anderson organiza un trabajo que resulta tan instintivo en su estética como minuciosamente planificado. “Se trata de comisariar ropa y accesorios en el contexto de hoy, reflejando el pasado”, explica. De modo que no es sólo diseño. “Comisariar”, insiste. “El reto es rejuvenecer la clientela y devolver la casa al buen lugar que ocupaba”.

La colección PV 16 de Loewe que ha diseñado Jonathan Anderson tiene piel brillante, guiños infantiles y accesorios actualizados para el cliente de hoy. Como este bolso Amazona 44 de piel negro con parches Technochrome. ampliar foto
La colección P/V 16 de Loewe que ha diseñado Jonathan Anderson tiene piel brillante, guiños infantiles y accesorios actualizados para el cliente de hoy. Como este bolso Amazona 44 de piel negro con parches Technochrome.

¿Quién tuvo más influencia sobre usted, un padre jugador de rugby o un abuelo diseñador textil?

Loewe tiene que ver con la cultura, con el trabajo manual y con la industria española. Tiene que volver a ser un líder

Los dos. De mi padre he heredado la determinación. Decidió que quería ser jugador de rugby y llegó a jugar en la selección irlandesa durante muchos años [en ocasiones, como capitán], y luego ha entrenado a Irlanda, Escocia e Irlanda del Norte. De mi abuelo, la creatividad. Me enseñó a formar mi gusto.

Describa una imagen de su infancia.
Crecí en el campo, en Irlanda del Norte. Lo increíble de esa parte del mundo es el horizonte. Es verde y gris, un fondo monocromático. Supongo que también un poco deprimente. En contraste, cualquier forma con color destaca una barbaridad. Cuando creces, aprendes por colores, y esas impresiones se quedan durante toda tu vida. En cierto modo, te entrenan la vista.

Desde el principio tengo claro que Loewe no puede convertirse en parte del paisaje turístico. En cuanto eso ocurra significará que la marca ya no representa su tiempo

¿A qué edad se fue de casa?
A los 19, cuando me marché a Washington D.C. a estudiar arte dramático.

Por su piel, Jonathan Anderson ni siquiera aparenta sus 31 años. Por su forma de hablar, podría tener muchos más. ampliar foto
Por su piel, Jonathan Anderson ni siquiera aparenta sus 31 años. Por su forma de hablar, podría tener muchos más.

¿Qué tal se le daba la interpretación?
La abandoné a los dos años. Sabía que nunca podría ser el mejor. Pero estoy contento de haber pasado por ese proceso. Cuando diseñas moda, inventas un personaje, y cuando actúas, te conviertes en uno. Mucha gente me reprocha que, vistiendo como visto [con camiseta, jersey y vaqueros], no represento mi marca, pero la idea es convertirte en el personaje a través de otros. Del modelo, de las fotos o del consumidor.

Su forma de hablar de su profesión siempre denota mucho distanciamiento.
Mi filosofía se resume en cómo llenar un lienzo en blanco. Si personificas todo lo que haces es muy difícil descubrir algo nuevo. Te levantas cada mañana, te miras y acabas proyectando esa misma idea. Es mejor proyectar la fantasía de lo que no eres. Te obliga a encontrar lo próximo en lo poco familiar.

Mucha gente me reprocha que, vistiendo como visto [con camiseta, jersey y vaqueros], no represento mi marca, pero la idea es convertirte en el personaje a través de otros

Supongo que esto tiene que ver con que se defina como comisario en vez de como artista.
Sí. No me considero un diseñador puro, sino alguien a quien le gustan las cosas. La propia idea del consumo es que algo te obsesione. Yo mismo soy totalmente obsesivo. Me vuelvo loco con algo y, cuando termino, ya está, paso a lo siguiente. De eso trata la moda: es una puerta giratoria que necesita combustible para seguir funcionando.

Fundó su marca en 2008. ¿Ha cambiado mucho?
Extrañamente, me he relajado. Estoy más seguro de mí mismo. Me importa menos lo que piense la gente. Loewe es una empresa enorme y la mía también es en parte propiedad de LVMH, así que tengo la responsabilidad de convertir ambas en un éxito. Quiero dejar una huella suficientemente sólida como para que puedan continuar sin mí. Me he convertido en los últimos años en alguien más centrado y más eficiente.

Sus colaboradores habituales, como el estilista Benjamin Bruno, son ahora estrellas de la industria.
Él es el único miembro que está en ambos equipos, junto con [el estudio de diseño gráfico] M/M y [el fotógrafo] Jamie Hawkesworth. Esa es mi familia, los únicos a quienes permito hacer lo que quieran. Confío en su gusto y en su capacidad. Me gusta que me reten y, de esa manera, encontrar la belleza.

No me considero un diseñador puro, sino alguien a quien le gustan las cosas. La propia idea del consumo es que algo te obsesione. Yo mismo me obsesiono con algo y, cuando termino, paso a lo siguiente. De eso trata la moda”

¿Es consciente de que está haciendo un retrato generacional con su trabajo?
Lo interesante con M/M, Benjamin y Jamie es que, por accidente, definimos una imagen que ahora se ha convertido en la imagen. Al principio resultaba increíblemente nueva, generaba mucho desconcierto, y de repente se hace mainstream. Si echas un vistazo a los últimos cinco años, te das cuenta de lo familiar que resulta ahora.

Ha roto con esa imagen en su tercera colección para Loewe.
La creatividad significa destruir algo, avanzar. Irónicamente, este proceso de destrucción revela tanto lo que buscas como el secreto de tu método, y ese es el mío: destruir el pasado para atisbar el futuro, y no intentar calcular demasiado. Si lo haces, quedas atrapado en una fórmula genérica.

Muchos jóvenes diseñadores lo admiran. Pero, mientras ellos sólo quieren oír hablar de creadores experimentales que nunca han abandonado su estatus de culto, usted tiene más en común con Miuccia Prada, la mujer que ha conseguido un éxito planetario jugando con el mal gusto.

Mi equipo y yo definimos, por accidente, una imagen que ahora se ha convertido en la imagen. Al principio resultaba muy nueva y desconcertante, pero si echas un vistazo a los últimos cinco años, verás lo familiar que resulta ahora"

Es la diseñadora más influyente de los últimos 20 años, y lo sigue siendo. Yo fui escaparatista en Prada. Ahí me di cuenta de su obsesión, de su convicción en la moda y, al mismo tiempo, de su capacidad para separarse de ella. Es una mujer fascinante.

Impresiona lo sólido que ya parece su trabajo en Loewe.
Cuando firmé, no hice nada en un año. Estaba poniendo los cimientos y quería que todo fuera perfecto. Cuando te enamoras de una firma y te enamoras de un país, quieres hacer lo mejor para ellos: una base sólida, que conecte de nuevo con el consumidor. Por eso quise hacer una marca cultural, porque Loewe tiene que ver con la cultura, con el trabajo manual y con la industria española. Tiene que volver a ser un líder.

 

¿Qué ha descubierto de nuestro país?
Una fábrica increíble con gente muy talentosa que se moría por expresar más. Por eso existe el bolso Puzzle [su primer diseño para Loewe, plegable, inspirado en el origami], por ejemplo, para poner el diseño en la cabeza, no en el furgón de cola.

¿Le tienta hurgar en el folclore?
Desde el principio tengo claro que Loewe no puede convertirse en parte del paisaje turístico. En cuanto eso ocurra significará que la marca ya no representa su tiempo.

Hace un par de años la moda masculina no estaba en su momento más interesante. Casi todo era ropa convencional con pretensiones de elegancia. ¿Lo que usted hace es consecuencia de aquella sobredosis de buen gusto?
Llevo diez años haciendo ropa masculina y siempre me he mantenido firme en mi idea de un armario compartido [entre un hombre y una mujer], de debatir sobre el género y sobre qué puede llegar a ponerse un hombre o qué no. Ahora todo eso se ha extendido, pero yo sólo reflejo lo que creo que ocurre a nuestro alrededor.

Así que todavía no se ha cansado de que le pregunten sobre el género y la ambigüedad.
La cuestión no es si estoy cansado o no, sino que nos empeñamos en hablar de género cuando, aunque suene aburrido, muchas veces sólo se trata de una prenda. De la obsesión de la gente con una cosa.

Hace poco me contaban que en realidad a Yves Saint Laurent, que pasa por ser el diseñador sesentayochista, le asustaba la revolución. Y que sus clientas, lejos de ser mujeres liberadas, sólo eran señoras ricas con un look. ¿Puede la moda ser política o al final sólo es estética?
La moda, el arte, la fotografía, el cine captan lo que está pasando en el mundo. Sea lo que sea. Y hasta que miras hacia atrás no comprendes por qué ocurrió. No creo que sepamos hasta dentro de diez años en qué consistió esta década. Hoy en día todo está borroso, vivimos en un bucle de referencias. Eso es lo que quería reflejar en Loewe [cuando usó como imagen de campaña una foto de Steven Meisel de 1997, que a su vez recreaba un cuadro de Alex Katz de los años setenta]. Planteamos: esta imagen existe, hace referencia a una pintura, y ahora esta foto es la referencia de otra foto. Hemos cerrado el círculo. Lo fascinante es que no es moda, sino documentación de lo que estamos viviendo.

Disculpe, es un poco confuso.
¡Claro que es confuso! Pero eso puede ser excitante también, porque a través de esa confusión no tienes ni idea de lo que encontrarás, ni si algo o nada de lo que encuentres será nuevo. Y nunca lo sabrás.

De modo que sí piensa que la moda es política. O su reflejo.
Sí.

¿Le interesa la política?
Sí, pero mantengo mis opiniones en privado. Veo las noticias cada mañana y cada noche. Vivimos tiempos difíciles.

¿Le endureció crecer en Irlanda del Norte?
Sí. Allí te das cuenta pronto de que la vida es corta y de que puede ser arrebatada muy fácilmente. Es un microcosmos. Ves claramente cómo es la gente, qué les motiva y qué es lo que hace que el mundo cambie de un día para otro. En los próximos años se decidirá quién tiene el poder: ¿Europa? ¿China? ¿Latinoamérica? Todos luchan por ser una superpotencia y, entre medias, ocurren crisis económicas, movimientos de población… El mundo está en un tren de alta velocidad del que no sabe cómo bajarse.

En este contexto, ¿la moda es escapismo?
A veces te levantas por la mañana y te preguntas por qué causa estás luchando. Pero, al final, si puedo hacer feliz a gente porque pueden acceder a ciertos productos, unos más caros y otros más baratos, pues estupendo. Últimamente estoy muy comprometido con el valor de las cosas. Se nos olvida que una camiseta la fabrican manos humanas y que eso tiene un valor. Puede costar cuatro euros, pero ignoramos las consecuencias sociales y económicas de que sea tan barata. Eso es lo fundamental del lujo: protege la artesanía. Y eso cuesta dinero, porque paga a la gente lo que merece.

Tiene un discurso muy bien articulado, que expresa con gran exactitud. No quiero que suene a psicología barata, pero ¿el control es una forma de protegerse?
Aunque no me guste, trabajo en el ámbito público. Lo que digo y lo que hago expresan una responsabilidad; represento dos marcas que emplean a mucha gente. Tengo que estar muy centrado y saber exactamente qué es lo que estoy haciendo.

Su planteamiento es muy moderno, pero también tiene los rasgos que siempre han motivado a un diseñador: ser controlador y querer ser recordado. Al final, ¿nada cambia?
En realidad me gusta el control pero luego nunca lo tengo, lo cual es natural. ¿Que si quiero ser recordado? No sé si se trata de eso, y no sé si puedes trabajar de esa manera. Sólo sé que lo que haces tiene que ser lo adecuado en cada momento.

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