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Revolución deportiva

El deporte femenino español vive su mejor momento. Resurgió de las cenizas con los Juegos Olímpicos de Londres de 2012. Aquel año las mujeres consiguieron el 65% de las medallas que se llevó España y el primer oro español de los Juegos. Desde entonces no han dejado de cosechar éxitos. Han conseguido derrotar a las asiáticas en bádminton, alzarse con el oro mundial en waterpolo en 2013 y saborear la plata en baloncesto meses más tarde. 2014, lleno de triunfos, ha sido su mejor año. Hablamos con grandes embajadoras del deporte español.

  • Un 7 de agosto, Marina Alabau salió del agua tras terminar una competición. No pisó el suelo por mucho tiempo. Su equipo la cogió en volandas, la subió en una tabla de windsurf, le dio una bandera para que ondeara con la mano derecha y una botella de champán para la izquierda. Acababa de ganar el primer oro de España en los Juegos Olímpicos de 2012, pero en aquel momento no fue consciente de ello. “No me lo esperaba. Durante la competición vives en tu burbuja. Sí que escuchas las medallas que va sacando España, pero lo oyes y se te olvida. No sabía que la mía era la primera”. Lo supo al día siguiente, cuando al móvil le llegó su foto subida en la tabla abriendo portadas de periódicos. “Me impresionó muchísimo. En un deporte minoritario como el mío no es habitual ver ese impacto, o ganas los Juegos Olímpicos o no lo consigues”. Poco después de colgarse al cuello el oro olímpico, Marina decidió que era un buen momento para formar una familia. Se quedó embarazada, pero solo interrumpió temporalmente su carrera deportiva. “Venía de ganar los Juegos y me lo podía permitir. Además, tuve la suerte de contar con el apoyo de la federación y los patrocinadores. Un año después volví a competir con más ganas”. Lo que le gusta del windsurf es sentir la velocidad y verse sola en medio del mar, pero ya está pensando en su retirada. “Veo el fin de mi carrera deportiva. Tengo una niña y me gustaría tener un segundo siendo deportista. Me veo yendo a Tokio 2020 y ya. Creo que así habré alargado bastante mi carrera”.
    1La fuerza del viento Un 7 de agosto, Marina Alabau salió del agua tras terminar una competición. No pisó el suelo por mucho tiempo. Su equipo la cogió en volandas, la subió en una tabla de windsurf, le dio una bandera para que ondeara con la mano derecha y una botella de champán para la izquierda. Acababa de ganar el primer oro de España en los Juegos Olímpicos de 2012, pero en aquel momento no fue consciente de ello. “No me lo esperaba. Durante la competición vives en tu burbuja. Sí que escuchas las medallas que va sacando España, pero lo oyes y se te olvida. No sabía que la mía era la primera”. Lo supo al día siguiente, cuando al móvil le llegó su foto subida en la tabla abriendo portadas de periódicos. “Me impresionó muchísimo. En un deporte minoritario como el mío no es habitual ver ese impacto, o ganas los Juegos Olímpicos o no lo consigues”. Poco después de colgarse al cuello el oro olímpico, Marina decidió que era un buen momento para formar una familia. Se quedó embarazada, pero solo interrumpió temporalmente su carrera deportiva. “Venía de ganar los Juegos y me lo podía permitir. Además, tuve la suerte de contar con el apoyo de la federación y los patrocinadores. Un año después volví a competir con más ganas”. Lo que le gusta del windsurf es sentir la velocidad y verse sola en medio del mar, pero ya está pensando en su retirada. “Veo el fin de mi carrera deportiva. Tengo una niña y me gustaría tener un segundo siendo deportista. Me veo yendo a Tokio 2020 y ya. Creo que así habré alargado bastante mi carrera”.
  • En el Rally Dakar suelen competir entre 180 y 190 motos, de las cuales no más de siete están pilotadas por mujeres. Una de ellas es Laia Sanz, que con 29 años se enfrenta a muchos hombres en una de las competiciones más duras del motor. Laia conquistó a principios de octubre su cuarto título mundial consecutivo de enduro y ahora se prepara para afrontar de nuevo el Dakar, un rali que ha conseguido concluir en cinco ocasiones. El camino no fue fácil. Laia asegura que sufrió envidias solo por ser mujer y recuerda que incluso le llegaron a echar en cara que si ganaba era porque recibía la ayuda de los jueces. “Me he encontrado de todo. En el mundo del motor hay machismo y cuanto mejor van las cosas más lo sufres”, sentencia la piloto española. A los dos años Laia ya montaba en bici y con cuatro se subió por primera vez en una moto de trial, la de su hermano. “Cuando yo empecé era la única y ahora vas a un trial de niños y ves chicos y chicas, y sabes que eso en parte es gracias a ti”, se enorgullece la catalana. Lo que más ilusión le hace, confiesa, son las muestras de cariño que recibe del público. “En una ocasión se me acercó un hombre y me dijo: ‘Mi hija se llama Laia gracias a ti”, recuerda. Pero aún echa en falta más ayudas para las deportistas. “La situación del deporte femenino en España es difícil, pero creo que está mejorando”, cuenta. “La mayoría de las ayudas no van destinadas a las mujeres, pero cuanto más ganemos, más se nos tendrá que apoyar”.
    2Campeonísima sobre ruedas En el Rally Dakar suelen competir entre 180 y 190 motos, de las cuales no más de siete están pilotadas por mujeres. Una de ellas es Laia Sanz, que con 29 años se enfrenta a muchos hombres en una de las competiciones más duras del motor. Laia conquistó a principios de octubre su cuarto título mundial consecutivo de enduro y ahora se prepara para afrontar de nuevo el Dakar, un rali que ha conseguido concluir en cinco ocasiones. El camino no fue fácil. Laia asegura que sufrió envidias solo por ser mujer y recuerda que incluso le llegaron a echar en cara que si ganaba era porque recibía la ayuda de los jueces. “Me he encontrado de todo. En el mundo del motor hay machismo y cuanto mejor van las cosas más lo sufres”, sentencia la piloto española. A los dos años Laia ya montaba en bici y con cuatro se subió por primera vez en una moto de trial, la de su hermano. “Cuando yo empecé era la única y ahora vas a un trial de niños y ves chicos y chicas, y sabes que eso en parte es gracias a ti”, se enorgullece la catalana. Lo que más ilusión le hace, confiesa, son las muestras de cariño que recibe del público. “En una ocasión se me acercó un hombre y me dijo: ‘Mi hija se llama Laia gracias a ti”, recuerda. Pero aún echa en falta más ayudas para las deportistas. “La situación del deporte femenino en España es difícil, pero creo que está mejorando”, cuenta. “La mayoría de las ayudas no van destinadas a las mujeres, pero cuanto más ganemos, más se nos tendrá que apoyar”.
  • La Jennifer Pareja de cuatro años era como un gato que se revuelve para no mojarse. Solo pisaba una piscina si la llevaban arrastras hasta el bordillo. Debía de tener las vías respiratorias en la planta de los pies porque cuando el agua le cubría el empeine empezaba a gritar que se ahogaba, que no podía respirar. La solución de sus padres para acabar con esos numeritos fue drástica: apuntarla a clases de natación. Dio resultado, porque perdió el miedo y, ya de paso, trazó la estela de su futuro dentro de una piscina.  Jennifer es la capitana de la selección española de waterpolo. Tiene 31 años y sus compañeras de equipo disfrutan recordándole que es la mayor de todas. Abuela, la llaman. “Yo les contesto que intenten llegar a mi nivel de abuelas”, bromea. En 2012 la selección capitaneada por Jennifer consiguió su primera medalla olímpica, una plata que la jugadora esconde con celo en su armario y que solo saca cuando necesita motivarse, “cuando cuesta arrancar”. Es su talismán. Sin embargo, el oro del Mundial de Barcelona de 2013 sí que lo exhibe en el salón. Son dos de los grandes triunfos de la selección femenina de waterpolo, que ha sacado músculo y en los últimos años ha cosechado más éxitos que la masculina. Pero Jennifer echa en falta más atención mediática. “Llevamos tres años arriba y se habla de nosotras solo cuando hay resultados. Los medios de comunicación están más pendientes de nosotras ahora, pero, para mí, falta más seguimiento durante el resto del año”.
    3La era del waterpolo La Jennifer Pareja de cuatro años era como un gato que se revuelve para no mojarse. Solo pisaba una piscina si la llevaban arrastras hasta el bordillo. Debía de tener las vías respiratorias en la planta de los pies porque cuando el agua le cubría el empeine empezaba a gritar que se ahogaba, que no podía respirar. La solución de sus padres para acabar con esos numeritos fue drástica: apuntarla a clases de natación. Dio resultado, porque perdió el miedo y, ya de paso, trazó la estela de su futuro dentro de una piscina. Jennifer es la capitana de la selección española de waterpolo. Tiene 31 años y sus compañeras de equipo disfrutan recordándole que es la mayor de todas. Abuela, la llaman. “Yo les contesto que intenten llegar a mi nivel de abuelas”, bromea. En 2012 la selección capitaneada por Jennifer consiguió su primera medalla olímpica, una plata que la jugadora esconde con celo en su armario y que solo saca cuando necesita motivarse, “cuando cuesta arrancar”. Es su talismán. Sin embargo, el oro del Mundial de Barcelona de 2013 sí que lo exhibe en el salón. Son dos de los grandes triunfos de la selección femenina de waterpolo, que ha sacado músculo y en los últimos años ha cosechado más éxitos que la masculina. Pero Jennifer echa en falta más atención mediática. “Llevamos tres años arriba y se habla de nosotras solo cuando hay resultados. Los medios de comunicación están más pendientes de nosotras ahora, pero, para mí, falta más seguimiento durante el resto del año”.
  • Acaba de venir de Francia victoriosa tras ganar su quinto gran torneo del año, pero no se permite un descanso. Es la número uno mundial de bádminton y tiene que cuidarse las espaldas si quiere seguir en lo más alto. Por eso, en vez de tomarse un respiro, está sentada engullendo un bocadillo en la Residencia Joaquín Blume de Madrid. Con bolsas de hielo sobre hombros y piernas. La misma firmeza de cuádriceps que de rostro, porque no está para tonterías, está para entrenar. No conseguirían minar su concentración ni una manada de hipopótamos con tutú bailando ballet sobre las seis pistas que hay en el pabellón de alto rendimiento donde entrena. Se mantiene en muy buen estado de forma y es plenamente consciente de ello.  La doble campeona del mundo empezó a forjar su leyenda con ocho años. Por aquel entonces iba a clases de flamenco en Huelva con una amiga que se apuntó a bádminton. Eran tan inseparables que Carolina no quiso dejarla sola. “Empezó siendo un hobby. Al año y poco me lo tomé en serio. Me gustó la rareza del deporte. La raqueta tan larga y la pelota con plumas”, recuerda. A los 12 años tuvo que decidir. O el flamenco, o el bádminton. Adivinando la tozudez con la que la onubense se toma sus entrenamientos, es posible que el flamenco perdiera entonces uno de sus referentes. Carolina, de 22 años, ha dado a conocer el bádminton en España y ha arrebatado el liderazgo de este deporte al continente asiático, donde es toda una estrella. “En países como China me reciben como un referente. Te sientes un poco Cristiano Ronaldo”.
    4Reina del bádminton Acaba de venir de Francia victoriosa tras ganar su quinto gran torneo del año, pero no se permite un descanso. Es la número uno mundial de bádminton y tiene que cuidarse las espaldas si quiere seguir en lo más alto. Por eso, en vez de tomarse un respiro, está sentada engullendo un bocadillo en la Residencia Joaquín Blume de Madrid. Con bolsas de hielo sobre hombros y piernas. La misma firmeza de cuádriceps que de rostro, porque no está para tonterías, está para entrenar. No conseguirían minar su concentración ni una manada de hipopótamos con tutú bailando ballet sobre las seis pistas que hay en el pabellón de alto rendimiento donde entrena. Se mantiene en muy buen estado de forma y es plenamente consciente de ello. La doble campeona del mundo empezó a forjar su leyenda con ocho años. Por aquel entonces iba a clases de flamenco en Huelva con una amiga que se apuntó a bádminton. Eran tan inseparables que Carolina no quiso dejarla sola. “Empezó siendo un hobby. Al año y poco me lo tomé en serio. Me gustó la rareza del deporte. La raqueta tan larga y la pelota con plumas”, recuerda. A los 12 años tuvo que decidir. O el flamenco, o el bádminton. Adivinando la tozudez con la que la onubense se toma sus entrenamientos, es posible que el flamenco perdiera entonces uno de sus referentes. Carolina, de 22 años, ha dado a conocer el bádminton en España y ha arrebatado el liderazgo de este deporte al continente asiático, donde es toda una estrella. “En países como China me reciben como un referente. Te sientes un poco Cristiano Ronaldo”.
  • De niña, Ruth Beitia bajaba con sus amigos a la calle y enseguida alguno preguntaba: “¿A qué jugamos? ¿Al escondite o a la gallinita ciega?”. “¡A las carreras!”, proponía Ruth. Nunca le hacían caso porque sabían que contra ella no tenían nada que hacer. Y con razón. Ruth es una de las mejores atletas españolas de todos los tiempos y con 36 años aún sigue compitiendo al más alto nivel. En 2012 anunció su marcha. “Siempre he creído que tengo que retirarme al 100%”, asegura. Estaba a pleno rendimiento, pero no era el momento de parar. Tomada la decisión de terminar su carrera deportiva, Ruth empezó a tener tiempo y lo empleó en patinar. Su carácter competitivo la empujó a retarse cada vez más sobre cuatro ruedas, pero empezó la época de lluvias en Cantabria y no pudo seguir patinando al aire libre. Su entrenador le propuso entonces que se acercara al gimnasio a entrenar para mantenerse. Fue una pequeña trampa. “Me picó el gusanillo y volví. La vida me dio una segunda oportunidad, aún estoy impactada”. Tenía que volver, porque a Ruth todavía le queda un sueño: conseguir una medalla olímpica. Y solo una oportunidad: los Juegos de 2016. “Pienso en ello cada día, cuando me acuesto y cuando me levanto”. La también diputada del PP en Cantabria desde hace cinco años lo desea tanto que casi puede verse con la medalla, como le pasó en el Europeo de Zúrich de 2014. “Lo soñé poco antes, me vi encima del podio escuchando el himno. Y se hizo realidad”, recuerda.
    5La llama del atletismo De niña, Ruth Beitia bajaba con sus amigos a la calle y enseguida alguno preguntaba: “¿A qué jugamos? ¿Al escondite o a la gallinita ciega?”. “¡A las carreras!”, proponía Ruth. Nunca le hacían caso porque sabían que contra ella no tenían nada que hacer. Y con razón. Ruth es una de las mejores atletas españolas de todos los tiempos y con 36 años aún sigue compitiendo al más alto nivel. En 2012 anunció su marcha. “Siempre he creído que tengo que retirarme al 100%”, asegura. Estaba a pleno rendimiento, pero no era el momento de parar. Tomada la decisión de terminar su carrera deportiva, Ruth empezó a tener tiempo y lo empleó en patinar. Su carácter competitivo la empujó a retarse cada vez más sobre cuatro ruedas, pero empezó la época de lluvias en Cantabria y no pudo seguir patinando al aire libre. Su entrenador le propuso entonces que se acercara al gimnasio a entrenar para mantenerse. Fue una pequeña trampa. “Me picó el gusanillo y volví. La vida me dio una segunda oportunidad, aún estoy impactada”. Tenía que volver, porque a Ruth todavía le queda un sueño: conseguir una medalla olímpica. Y solo una oportunidad: los Juegos de 2016. “Pienso en ello cada día, cuando me acuesto y cuando me levanto”. La también diputada del PP en Cantabria desde hace cinco años lo desea tanto que casi puede verse con la medalla, como le pasó en el Europeo de Zúrich de 2014. “Lo soñé poco antes, me vi encima del podio escuchando el himno. Y se hizo realidad”, recuerda.
  • Alba Torrens empezó con una pelota bajo los pies. Tenía siete años. Pero su profesor de educación física se percató de que ese no era su deporte y le planteó dejar de dar puntapiés a un balón de hexágonos y empezar a arrear manotazos a una pelota granulada. “¿Jugar al baloncesto?”, se preguntó ella. Resultó que al terminar el primer entrenamiento se había olvidado del fútbol. Para ella el deporte es pasión, algo que al oído no resulta nuevo. Pero en la boca de Alba adquiere una dimensión más elevada. Habla de dicha, de amor y disfrute. “Cuando cojo la pelota soy feliz”. Lo deja caer así, sin más. Tan llanamente que consigue que la felicidad parezca en sus labios una suerte que, como un balón, se puede rozar con los dedos cada día. “Tengo claro que ahora estoy disfrutando. El baloncesto lo cambiaría por muy pocas cosas”, señala. ¿Por cuáles? Calla. Piensa. No se le viene a la cabeza ninguna. Desde 2011, Alba, de 26 años, es una estrella internacional del baloncesto. En ese año dejó el equipo Perfumerías Avenida Salamanca por el Galatasaray turco y en 2014 fichó por el ruso UMMC Ekaterinburg. Además de los logros con sus clubes y con la selección española, ha sido nombrada dos veces mejor jugadora de Europa por la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA). “En el deporte español se puede hablar de muchos éxitos que son el reflejo de una gran dedicación. También en el femenino, donde ha habido mucho trabajo y se están viendo los resultados. En el baloncesto hemos notado más repercusión, ahora llega a más gente, aunque seguimos trabajando duro”.
    6Amor por el baloncesto Alba Torrens empezó con una pelota bajo los pies. Tenía siete años. Pero su profesor de educación física se percató de que ese no era su deporte y le planteó dejar de dar puntapiés a un balón de hexágonos y empezar a arrear manotazos a una pelota granulada. “¿Jugar al baloncesto?”, se preguntó ella. Resultó que al terminar el primer entrenamiento se había olvidado del fútbol. Para ella el deporte es pasión, algo que al oído no resulta nuevo. Pero en la boca de Alba adquiere una dimensión más elevada. Habla de dicha, de amor y disfrute. “Cuando cojo la pelota soy feliz”. Lo deja caer así, sin más. Tan llanamente que consigue que la felicidad parezca en sus labios una suerte que, como un balón, se puede rozar con los dedos cada día. “Tengo claro que ahora estoy disfrutando. El baloncesto lo cambiaría por muy pocas cosas”, señala. ¿Por cuáles? Calla. Piensa. No se le viene a la cabeza ninguna. Desde 2011, Alba, de 26 años, es una estrella internacional del baloncesto. En ese año dejó el equipo Perfumerías Avenida Salamanca por el Galatasaray turco y en 2014 fichó por el ruso UMMC Ekaterinburg. Además de los logros con sus clubes y con la selección española, ha sido nombrada dos veces mejor jugadora de Europa por la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA). “En el deporte español se puede hablar de muchos éxitos que son el reflejo de una gran dedicación. También en el femenino, donde ha habido mucho trabajo y se están viendo los resultados. En el baloncesto hemos notado más repercusión, ahora llega a más gente, aunque seguimos trabajando duro”.
  • A Ona Carbonell le atrae el arte. Es una aficionada de la danza, la ópera, el teatro y los museos. Además, cuando tiene algo de tiempo libre, que no suele ser lo habitual, le gusta pintar retratos con carboncillo. Es nadadora y la capitana del equipo español de natación sincronizada. Con siete años practicaba gimnasia rítmica, pero descubrió que con la sincronizada podía aunar sus dos pasiones: el agua y el ballet. “Creo que una de mis mejores bazas es la parte artística. La técnica se puede trabajar, pero la capacidad de emocionar la tienes que tener dentro”, reflexiona. Se define como competitiva y exigente, tanto que ha renunciado a algunas manías que arrastraba desde niña. “Me he dado cuenta de que te hacen débil, no pueden influir en tu rendimiento”, sentencia la ganadora de una plata olímpica en los Juegos de Londres de 2012. A Ona le atraen aquellas actividades con un alto componente creativo, como la moda. Desde hace cuatro años, la nadadora compagina su carrera deportiva con la formación universitaria. Estudia diseño. “Voy cuando puedo, este año me he matriculado en dos asignaturas”, explica. “No es nada fácil, pero cuanto menos tiempo tienes, más te organizas”, suspira. La catalana tiene claro que ahora, con 25 años, debe centrarse en el deporte, en entrenar y en competir al más alto nivel, pero se plantea en un futuro convertir el diseño y la moda en su profesión. Y ya ha dado los primeros pasos para ello al idear, por ejemplo, los bañadores que utilizó en el Mundial de natación de Barcelona 2013.
    7El arte de la sincronizada A Ona Carbonell le atrae el arte. Es una aficionada de la danza, la ópera, el teatro y los museos. Además, cuando tiene algo de tiempo libre, que no suele ser lo habitual, le gusta pintar retratos con carboncillo. Es nadadora y la capitana del equipo español de natación sincronizada. Con siete años practicaba gimnasia rítmica, pero descubrió que con la sincronizada podía aunar sus dos pasiones: el agua y el ballet. “Creo que una de mis mejores bazas es la parte artística. La técnica se puede trabajar, pero la capacidad de emocionar la tienes que tener dentro”, reflexiona. Se define como competitiva y exigente, tanto que ha renunciado a algunas manías que arrastraba desde niña. “Me he dado cuenta de que te hacen débil, no pueden influir en tu rendimiento”, sentencia la ganadora de una plata olímpica en los Juegos de Londres de 2012. A Ona le atraen aquellas actividades con un alto componente creativo, como la moda. Desde hace cuatro años, la nadadora compagina su carrera deportiva con la formación universitaria. Estudia diseño. “Voy cuando puedo, este año me he matriculado en dos asignaturas”, explica. “No es nada fácil, pero cuanto menos tiempo tienes, más te organizas”, suspira. La catalana tiene claro que ahora, con 25 años, debe centrarse en el deporte, en entrenar y en competir al más alto nivel, pero se plantea en un futuro convertir el diseño y la moda en su profesión. Y ya ha dado los primeros pasos para ello al idear, por ejemplo, los bañadores que utilizó en el Mundial de natación de Barcelona 2013.
  • Si está de buen humor, Eli Pinedo es cantarina. Tiene oído, le viene de familia. Su padre es músico y en las reuniones familiares el protagonismo suele recaer sobre un acordeón o un piano. Por eso, antes de un partido le gusta escuchar a sus grupos favoritos: Vetusta Morla o Crystal Fighters. Aparte de eso, no tiene ninguna manía. “No soy supersticiosa. Siempre intento dormir bien. Pienso que si algo sale mal es por alguna razón, no porque te hayas puesto los calcetines de determinada manera”. Pinedo, extremo izquierdo, es un engranaje fundamental de la selección española, un equipo que ha elevado el balonmano femenino a un nivel antes inalcanzable. Las buenas noticias comenzaron en 2008, cuando se alzaron con la plata europea. Pero el momento más dulce lo saborearon cuatro años más tarde, en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012. “Ya fue un sueño para nosotras ir a los Juegos y más aún volver con una medalla de bronce. Hasta que no llegamos a casa no nos dimos cuenta de la que habíamos liado”. Y siguieron liándola con su segunda plata en el campeonato europeo de 2014. Las Guerreras, como se las conoce, han conseguido convertirse en un referente para muchas chicas. “Es algo muy bonito, que las niñas tengan dónde reflejarse. Eso no lo tuve yo”. No piensa en retirarse, pero sí tiene claro seguir enfocando su futuro alrededor del balonmano. Acaba de empezar un máster de Periodismo Deportivo a distancia. “Ya que me dedico a esto y soy tan luchadora con los deportes minoritarios, me gustaría darles voz”.
    8Guerrera del balonmano Si está de buen humor, Eli Pinedo es cantarina. Tiene oído, le viene de familia. Su padre es músico y en las reuniones familiares el protagonismo suele recaer sobre un acordeón o un piano. Por eso, antes de un partido le gusta escuchar a sus grupos favoritos: Vetusta Morla o Crystal Fighters. Aparte de eso, no tiene ninguna manía. “No soy supersticiosa. Siempre intento dormir bien. Pienso que si algo sale mal es por alguna razón, no porque te hayas puesto los calcetines de determinada manera”. Pinedo, extremo izquierdo, es un engranaje fundamental de la selección española, un equipo que ha elevado el balonmano femenino a un nivel antes inalcanzable. Las buenas noticias comenzaron en 2008, cuando se alzaron con la plata europea. Pero el momento más dulce lo saborearon cuatro años más tarde, en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012. “Ya fue un sueño para nosotras ir a los Juegos y más aún volver con una medalla de bronce. Hasta que no llegamos a casa no nos dimos cuenta de la que habíamos liado”. Y siguieron liándola con su segunda plata en el campeonato europeo de 2014. Las Guerreras, como se las conoce, han conseguido convertirse en un referente para muchas chicas. “Es algo muy bonito, que las niñas tengan dónde reflejarse. Eso no lo tuve yo”. No piensa en retirarse, pero sí tiene claro seguir enfocando su futuro alrededor del balonmano. Acaba de empezar un máster de Periodismo Deportivo a distancia. “Ya que me dedico a esto y soy tan luchadora con los deportes minoritarios, me gustaría darles voz”.
  • Con cinco años, Vero Boquete ya jugaba al fútbol. Entrenaba en un equipo mixto y el día que había partido iba al vestuario, se cambiaba, pero se quedaba en el banquillo, sin entender por qué no podía saltar al campo con el resto de sus compañeros solo por ser chica. “Era una presión constante que me recordaba que era distinta”, recuerda. Además, tuvo que soportar todo tipo de comentarios. ¿Los peores? Los de las madres. “Que a mi niño lo regatee un niño vale, pero una niña…”, llegó a escuchar. La mediapunta gallega reconoce que la situación ha mejorado. “A nivel de educación se han alcanzado cosas, pero aún queda mucho camino por delante. El deporte femenino está en su mejor momento, hemos conseguido grandes éxitos sin apoyo ni respeto de la sociedad. Con un poco de ayuda podemos lograr mucho más”. Como, por ejemplo, que EA Sports haya incluido a las selecciones femeninas en los videojuegos FIFA. “Creo que es clave. ¿Qué mejor manera que un juego para educar?”, sentencia una de las artífices de este logro.  En 2015 fichó por el Bayern de Múnich por dos temporadas y asegura que, si se hubiera quedado en España, su nivel no sería el que es. “He jugado con las mejores y en las mejores Ligas, en España no podría haber sido futbolista profesional al 100%”. No habría ganado, por ejemplo, la Champions League, que consiguió este año con el Frankfurt. “Para mí fue especial porque he sacrificado mucho por esa competición, que era la que más ilusión me hacía”.
    9Fútbol y activismo Con cinco años, Vero Boquete ya jugaba al fútbol. Entrenaba en un equipo mixto y el día que había partido iba al vestuario, se cambiaba, pero se quedaba en el banquillo, sin entender por qué no podía saltar al campo con el resto de sus compañeros solo por ser chica. “Era una presión constante que me recordaba que era distinta”, recuerda. Además, tuvo que soportar todo tipo de comentarios. ¿Los peores? Los de las madres. “Que a mi niño lo regatee un niño vale, pero una niña…”, llegó a escuchar. La mediapunta gallega reconoce que la situación ha mejorado. “A nivel de educación se han alcanzado cosas, pero aún queda mucho camino por delante. El deporte femenino está en su mejor momento, hemos conseguido grandes éxitos sin apoyo ni respeto de la sociedad. Con un poco de ayuda podemos lograr mucho más”. Como, por ejemplo, que EA Sports haya incluido a las selecciones femeninas en los videojuegos FIFA. “Creo que es clave. ¿Qué mejor manera que un juego para educar?”, sentencia una de las artífices de este logro. En 2015 fichó por el Bayern de Múnich por dos temporadas y asegura que, si se hubiera quedado en España, su nivel no sería el que es. “He jugado con las mejores y en las mejores Ligas, en España no podría haber sido futbolista profesional al 100%”. No habría ganado, por ejemplo, la Champions League, que consiguió este año con el Frankfurt. “Para mí fue especial porque he sacrificado mucho por esa competición, que era la que más ilusión me hacía”.
  • Un pez solo puede tener peces. Teresa Perales engordó 22 kilos mientras gestaba al suyo. “La gente no sabía que estaba embarazada, pensaban que por estar en silla de ruedas no podía tener hijos”, recuerda. Sí pudo, como ha podido con tantas otras cosas. Tuvo a Nano, un puro nervio de cinco años enamorado, como su madre, del agua. Fue quien la llenó de besos y abrazos tras ganar el oro de los Juegos Paralímpicos de Londres 2012. Y eso que estaba decepcionado porque su madre no había conseguido la plata. Al pequeño se le metió en la cabeza que era mejor galardón que el oro. Nano es para Teresa su mayor mérito. Detrás quedan sus 22 medallas olímpicas (las mismas que Michael Phelps) que la convierten en la atleta española con más medallas de la historia. A los 19 años sufrió una neuropatía que la obligó a moverse en silla de ruedas, pero en el agua no la necesita, y eso le hace sentir libre. Antes de quedarse sin movilidad en las piernas, a Teresa no le gustaba demasiado este medio, se le hacía aburrido. La primera vez que se metió en una piscina después de su enfermedad, lo hizo porque se estaba asando de calor fuera mientras los demás se bañaban. Teresa se zambulló con un chaleco y un silbato en el bolsillo, por lo que pudiera pasar. Le gustó la sensación, descubrió la natación y empezó a retarse a sí misma. “En el agua me siento libre. Es una sensación de ingravidez muy agradable. No necesito silla, soy rápida y estoy a la altura de los demás, no mirando hacia arriba desde la silla”.
    10Coleccionista de medallas Un pez solo puede tener peces. Teresa Perales engordó 22 kilos mientras gestaba al suyo. “La gente no sabía que estaba embarazada, pensaban que por estar en silla de ruedas no podía tener hijos”, recuerda. Sí pudo, como ha podido con tantas otras cosas. Tuvo a Nano, un puro nervio de cinco años enamorado, como su madre, del agua. Fue quien la llenó de besos y abrazos tras ganar el oro de los Juegos Paralímpicos de Londres 2012. Y eso que estaba decepcionado porque su madre no había conseguido la plata. Al pequeño se le metió en la cabeza que era mejor galardón que el oro. Nano es para Teresa su mayor mérito. Detrás quedan sus 22 medallas olímpicas (las mismas que Michael Phelps) que la convierten en la atleta española con más medallas de la historia. A los 19 años sufrió una neuropatía que la obligó a moverse en silla de ruedas, pero en el agua no la necesita, y eso le hace sentir libre. Antes de quedarse sin movilidad en las piernas, a Teresa no le gustaba demasiado este medio, se le hacía aburrido. La primera vez que se metió en una piscina después de su enfermedad, lo hizo porque se estaba asando de calor fuera mientras los demás se bañaban. Teresa se zambulló con un chaleco y un silbato en el bolsillo, por lo que pudiera pasar. Le gustó la sensación, descubrió la natación y empezó a retarse a sí misma. “En el agua me siento libre. Es una sensación de ingravidez muy agradable. No necesito silla, soy rápida y estoy a la altura de los demás, no mirando hacia arriba desde la silla”.