Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Del Parlamento a la tele

Las cadenas han camelado de tal manera a los políticos que los han convertido en sus empleados

Albert Rivera en el plató de 'El hormiguero'.
Albert Rivera en el plató de 'El hormiguero'.

Mucha razón tenía Pablo Iglesias cuando auguraba hace ya dos años que el Parlamento español se había trasladado a un plató de televisión. A mí entonces me pareció una frase ingeniosa, o el modo de reivindicarse a sí mismo como político aún no parlamentario pero sí con el poder de influir en el curso del país a través de tertulias y programas dedicados al fenómeno de su formación, que no han sido pocos en determinadas cadenas. Pero observo ahora que Iglesias estaba en lo cierto. Los políticos han ido aceptando las condiciones del show televisivo y, a su vez, las televisiones han convertido los platós en una suerte de miniparlamentos cuyas reglas del juego impone a su capricho cada cadena, haciendo cada presentador las veces de presidente del hemiciclo, y mezclándose los contertulios con los políticos, como siempre se hizo en los pasillos del Congreso, pero ahora a la vista de los espectadores. El resultado es que, trasladado efectivamente el Congreso a los platós de la tele, observamos la política como una especie de reality show, y a nuestros políticos los encontramos cada vez más parecidos a concursantes de un Gran Hermano, midiendo a diario su popularidad según hayan actuado o interactuado con sus colegas.

Esta semana ha sido una demostración vivísima de esta nueva realidad: mientras Rivera se daba el pico con Pablo Motos, que anteriormente se había mostrado impúdicamente borde con Iglesias; Sánchez se dejaba contagiar por la castiza campechanía de Bertín Osborne, se convertía en aventajado alumno, asintiendo cuando Bertín le explicaba que el político debe mostrar su rostro humano, puesto que, según dictan los tiempos, tan importante es la persona como la ideología. A Sánchez esto le vino al pelo para reivindicar uno de sus momentos estelares: el día en que llamó en directo a Jorge Javier Vázquez a Sálvame. “¡Me llamaron populista!”, dijo Sánchez. Sólo le faltó añadir: cuando no era más que un pionero. Lo fue. Los debates parlamentarios, trasladados a los estudios, nos están procurando grandes sesiones de divertimento; las entrevistas suben las audiencias porque nos ofrecen algo así como una gran gincana, en la que el político debe demostrar que es humano, como diría Bertín, que sabe encajar las bromas, y que para rematar ha de protagonizar algún número del show business, porque qué es la política sino un gran show televisivo. Cantar, tocar la guitarra, encestar unas canastas, hacer zumitos, bailar, o si uno cuenta con algunos problemillas de psicomotricidad y soltura, como así le ocurre al presidente, hacer las veces de comentarista deportivo, que es ahí donde Mariano puede demostrar que hay algo en esta vida que le conmueve. De cualquier manera, el presidente aún no lo ha dado todo, esperemos al día 12: su encuentro con la Campos puede ser definitivo.

El resultado es que mientras que en el Antiguo Régimen, tan denostado, los políticos lo invadieron todo y se acabaron convirtiendo en protagonistas de cualquier acto cultural o social, ahora, en este nuevo sistema concebido por los directivos de los medios, ya no necesitan avasallar porque son ellos mismos los actores principales de la programación, y no hay hora del día en que una no enchufe la tele y vea a cualquiera de nuestros héroes en pantalla, enfrascado en este interminable proceso de humanización, hablando del terrorismo islámico pero también de sus hijos, sus abuelos, su equipo favorito o sus experimentos capilares. Nadie le pone pegas al nuevo sistema. Muy al contrario. Desde Izquierda Unida exigen que le hagan un hueco a Alberto Garzón en el show. Cuestionar la influencia de la televisión en la cultura popular (o en el desgaste de esa cultura) ha pasado de moda porque las cadenas han camelado a los políticos de tal manera que los han convertido en sus empleados. Y no lo califiquemos de populismo, por Dios: es humanismo. Un humanismo recalcitrante.

A falta de debates convincentes y no sectarios en la televisión pública, esto es lo que hay. El show político ha fagocitado al del corazón, y ya no digamos a la información cultural, prácticamente inexistente. Al público le hace más gracia un político haciendo que canta que un artista cantando. En mi opinión, una vez que se vaya acercando la fecha electoral, deberían quedarse incluso a dormir en los estudios, comentaristas y políticos, todos juntos, llevando hasta las últimas consecuencias esa promiscuidad “platónica” de la que hacen gala.

Muchos asistimos a este espectáculo anonadados. Más que un triunfo de la democracia, lo es de los verdaderos reyes del populismo: los jefazos de las televisiones, a los que hay que aplaudirles el olfato que han tenido para advertir que lo que ahora subía la audiencia era el rostro humano de nuestros líderes. No seré yo quien diga que la historia es cíclica, pero presumo que en cuanto este formato sature al espectador la presencia de los políticos se irá haciendo más escasa, hasta que se vean abocados, pobres, a volver al Parlamento.