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Gerard Piqué o ‘la ideología’ del aficionado

Los denuestos contra el jugador del Barcelona no son una desconsideración tan solo al futbolista; son una piedra más en la sinrazón nacional

El aficionado al fútbol es capaz de todo por su equipo. No tiene otra frontera, en el campo, en la barra del bar, ante el televisor, que la del deseo de ganar. Acabado el partido, tras el abatimiento o la gloria, es un ciudadano más, que se mezcla con otros y es capaz de brindar con sus más encarnizados rivales. Se dice, en el marco de la controversia futbolística más habitual, que los aficionados acérrimos del Madrid no querrían que el Barça ganara ni en los entrenamientos; y en el lado contrario, lo mismo. Luego hay otras rivalidades irreconciliables, en Euskadi, en Galicia, en Canarias, en Andalucía, en Madrid, en las que ni un solo aficionado sería capaz de ceder, en el campo, ante el adversario. Y luego, después de la victoria o del fracaso, la vida sigue, y los adversarios son capaces de enviar flores al que antes fue su enemigo.

De hecho, ayer contó Gerard Piqué, jugador de la selección española y del Barcelona, que hace un tiempo le envió flores el entonces portero del Madrid, y su capitán, Iker Casillas. Había nacido la hija del barcelonista y se intercambiaron luego otras flores radiofónicas. En concreto, el azulgrana le dijo al blanco que muchas gracias, claro, pero acto seguido le explicó que deseaba que el equipo de su amigo perdiera (ante el Atlético de Madrid) por cuatro goles. Y el Atlético le marcó cuatro goles al Madrid. Cuando el Barça ganó una de las últimas tenidas internacionales, el barcelonista le dedicó epítetos poco conmiserativos al Madrid, y eso se corrió como la pólvora, hasta que explotó. Ese gesto, y esas palabras, junto con otras salidas del barcelonista, han convertido a Piqué en un blanco fácil para la afición que, en los campos, pita con audacia impune. Y esos aficionados han convertido a Piqué, sintiendo que así le hacen un servicio a España y al fútbol, en una especie de enemigo público número uno de la grada nacional.

Ese desvarío de un número bastante limitado de aficionados muy ruidosos ha tenido consecuencias de contagio, y ahora se teme que eso que sucedió últimamente en Oviedo, donde el barcelonista fue desconsideradamente pitado en el ejercicio de su juego como seleccionado español, se produzca en otros terrenos de juego de España. No tienen en cuenta esos aficionados que lo que hace Piqué, cuando se refiere a otros que son adversarios en la lid futbolística, es lo que ellos hacen tantas veces frente a equipos que, por otra parte, merecen tanta consideración como el propio Piqué. En esas canchas se pita al Madrid o al Barça, porque no se quiere que ganen (frente a los otros) ni en los entrenamientos. Forma parte de la ideología del fútbol visto. Ahora bien, uno a uno, en el ejercicio de su oficio, los jugadores merecen consideración siempre; y más si están jugando con la camiseta representativa nacional. Los denuestos contra Piqué no son una desconsideración tan solo al futbolista; son una piedra más en la sinrazón nacional, que convoca en un sitio a pitar el himno de España y en otro a pitar a uno que (le guste o no) viste la camiseta que representa al país de ese himno.

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