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La odisea de Ibrar

Miles de emigrantes afganos y pakistaníes huyen de la pobreza y la violencia rumbo a Europa. Esta es la historia de uno de ellos

Ibrar recoge cartones y plásticos por las calles de Estambul. Ver fotogalería
Ibrar recoge cartones y plásticos por las calles de Estambul.

"… las víctimas de esta red, siempre hombres de entre 18 y 40 años, pagaban entre 600 y 15.000 euros para llegar a Europa y viajaban hasta diez días seguidos escondidos en camiones y furgonetas pateras en condiciones extremas que incluso ponían en peligro su vida".

Cada año son miles los inmigrantes irregulares que protagonizan la misma noticia en los informativos de todo el mundo. Desde África, Asia, Sudamérica. Sus caras no revelan más que cansancio y desolación al alcanzar suelo europeo. Al que se supone que han llegado para ver por fin sus sueños cumplidos.

Sin embargo, en la mayoría de los casos lo que el pavimento les ofrece es una vida de albergue y explotación, lejos de sus familias y en un entorno que poco tiene que ver con su cultura.

Ibrar Hussain, de 32 años, llegó a Estambul junto con otros compañeros pakistaníes en busca de un trabajo que le proporcionara una mejor calidad de vida a él y a su familia. Su plan estaba claro desde el principio: conseguir entrar en Turquía, trabajar allí durante un año y regresar a su hogar para compartir sus ahorros con su mujer y su hijo. “Me encantaría poder vivir con ellos en Europa, pero no les permitiría arriesgar su vida como hice yo cruzando fronteras de manera ilegal”, cuenta resignado.

Para la mayoría de sus compañeros, jóvenes solteros de entre 16 y 24 años, Turquía es el trampolín que les permitirá entrar en los países más occidentales de Europa donde, desde pequeños, avistaron un futuro de ropa limpia y bolsillos llenos. “La gente en Europa tiene dinero. Además, todo el mundo está a salvo. No hay disparos. Queremos una vida segura para nuestras familias. Una vida normal”, afirma Josuf, uno de los más jóvenes, mientras los demás asienten.

Para los jóvenes inmigrantes, solteros de entre 16 y 24 años, Turquía es el trampolín que les permitirá entrar en los países más occidentales de Europa

En sus países se les hace insufrible la situación debido a la pobreza por el desempleo y a la rigidez de las normas impuestas por los talibanes con los que conviven. “Si te afeitas la barba puedes tener problemas con ellos”, lamenta otro de los muchachos de origen afgano.

Estos motivos justifican el poner en riesgo sus vidas y el durísimo esfuerzo que supone el trabajo que desempeñan en Estambul.

Desde Peshawar al norte de Pakistán, donde Ibrar trabajaba como pastelero, parte un grupo de pakistaníes y afganos de condiciones similares. El primer trayecto lo hacen en autobús hasta Karachi, en el sur del país, desde donde salen hacia Baluchistán. Allí cruzan la frontera con Irán a pie a través de las montañas, sin agua ni comida. “Nos pasamos más de veinte horas corriendo, porque si nos ven, nos disparan”, señala Ibrar. Al llegar a Chabahar, en el sur de Irán, les espera un autobús en el que viajan escondidos hasta Shiraz y después hasta Teherán. En la capital iraní los meten en maleteros de coches hasta llegar a la frontera con Turquía que cruzan también corriendo. Una vez consiguen llegar al otro lado respiran tranquilos. Ya no necesitan esconderse. Compran un ticket y toman el autobús a Estambul como cualquier otro ciudadano.

Por su periplo desde Peshawar pagan al agente que los lleva unas 150.000 rupias pakistaníes (más de 1.300 euros) por adelantado.

Cuando consiguen asentarse en la ciudad son empleados por un patrón que les ofrece un habitáculo compartido donde comer y dormir y un salario que depende solo de su rendimiento. Su trabajo consiste en recoger papel, plástico y metal de los contenedores de basura de la ciudad.

Si te afeitas la barba puedes tener problemas con los talibanes

Inmigrante afgano

Una carretilla con un enorme costal atado son los atavíos que acompañan a Ibrar cada mañana. Después de seis meses, conoce perfectamente la ubicación de los contenedores en las calles y las recorre por zonas. Al terminar el día, Ibrar consigue recolectar un total de 100 kilos de media que le suponen poco más de 30 liras turcas (unos 10 euros), en una jornada de más de doce horas. Poco más o poco menos recaudan sus compañeros. Sin más presión que la que ellos mismos se imponen, sin mayor horario ni recorrido que el que su propio interés les marca.

En el solar al que va a parar todo lo que recogen, trabajan unos cuarenta y cinco hombres entre afganos y pakistaníes, todos en la misma categoría, bajo el patrón que también trabaja allí y se encarga de pagarles cada domingo a razón de las cantidades de materiales que hayan apuntado en su semanario. El domingo es el día libre de los recolectores, algunos aprovechan para hablar con sus familiares por teléfono y otros, los más jóvenes pasean por la ciudad. “Estambul es muy bonita”, explica uno de los pakistaníes con la sonrisa ladeada, como agradecido de que llegue el domingo para tener la oportunidad de mirar alrededor y explorar la belleza del lugar.

Casi todos los trabajadores recolectan de los basureros la máxima cantidad que pueden para pagar su entrada ilegal en Europa occidental y sobrevivir allí hasta encontrar una ocupación. “Este trabajo es muy duro, espero estar aquí un año como mucho y viajar a Europa”, dice Josuf. "Ojalá consigamos la nacionalidad europea", le contesta uno de sus compañeros, aunque saben que el viaje será, una vez más, apiñados entre camiones y maleteros de coches y que no existen garantías de que no les frenen por el camino o de que no acaben en un empleo igual o más extenuante que arrastrar su carretilla de un contenedor a otro.

De la misma forma que anhelan acceder a Europa para vivir como europeos, casi todos comparten cierto resentimiento hacia América por los antecedentes de enfrentamientos con ellos. "Los americanos traen problemas. El ejército americano disparó a mucha gente inocente en Afganistán. El ejército americano es el problema del mundo. Sobre todo del mundo musulmán", asevera un afgano que comparte habitación con Ibrar.

En Estambul no tienen problemas con soldados ni guardias. La policía sabe de su presencia y conoce su actividad allí. No les recrimina nada porque no causan ninguna molestia. Sin embargo, otro cantar es el trato de los ciudadanos preocupados por el impacto estético de los inmigrantes con sus bolsas de basura a la espalda y por la depreciación de sus salarios con los que ningún turco podría competir. Algunos incluso les increpan por dar mala imagen de la ciudad.

A pesar de la dureza de su labor y del rechazo de algunos vecinos, Ibrar sale adelante y consigue enviar a casa unas 600 liras turcas mensuales (unos 180 euros). Espera regresar pronto y contar con ahorros para capear gastos hasta que vuelva a encontrar trabajo.

Se le hace duro estar lejos de su hijo, que ya está a punto de cumplir los tres años, pero hace una videollamada a su mujer cada semana a través del teléfono de un amigo para verles y así vencer un poco el pesar de la distancia. El día que decida retornar a Peshawar, le bastará con acudir a la embajada pakistaní en Estambul y pedir que le repatrien. El viaje de regreso será en el asiento de un avión, a salvo de guardias de frontera, con la ilusión de reencontrarse con su familia, pero sabe que será la vuelta a un lugar de inestabilidad e inseguridad del que tardará en volver a salir.

Ibrar tuvo la mala suerte del que nace en brazos del desaliento. Otros han decidido permanecer y malvivir en su tierra, pero unos pocos como él y sus compañeros se aventuraron un día a marcharse en busca de prosperidad. Josuf, Sayed, Nawab, Mohamed, Hafta e Ibrar comparten habitación y hazañas mientras, como ellos, millones de inmigrantes suponen incalculables ingresos para redes ilegales y simples números para los informativos que comparan datos de inmigración con los de años anteriores.

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