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La Magdalena

Cuando se debate sobre prostitución chirrían la demagogia, la hipocresía o el puritanismo

Catherine Deneuve en una imagen de la película de Buñuel.
Catherine Deneuve en una imagen de la película de Buñuel.

A nadie le hace gracia que su hermana acabe en un burdel, pero a las putas se les guarda un cariño ancestral. Hasta el final del franquismo, un llamativo porcentaje de españoles perdió la virginidad con alguna de ellas y esa sensación es de las que no se entierran. Luis Buñuel —que las adoraba— sostenía que España era el país más reprimido de Europa. El clima moral era de risa. Muchos matrimonios nunca se veían desnudos y la que no llegaba virgen a la noche de bodas se sentía sucia y, sí, un poco golfa. Cómo no iban a ir de putas.

Contra todo pronóstico, entre los jóvenes de hoy, está de moda ir en pandilla a los puticlubs para hacerlo por primera vez. Les puede la ansiedad por saber qué se siente y no desperdician ni un minuto en tratar de seducir a una chica. Ellos también son espejo de su tiempo, uno de los menos románticos de la historia, dominado por la prisa, la negación del esfuerzo, el pragmatismo salvaje y el sentido del espectáculo. Los chicos acuden en grupo a olvidar la virginidad porque así es más divertido. El polvo espectáculo.

Pero alrededor de las putas florece un negocio escandalosamente sórdido que atrae a todo tipo de canallas. Es un inframundo en el que la degradación humana toca fondo. En España el problema se nos ha atragantado. Nuestra propuesta es una completa chapuza: aquí la prostitución es ilegal, pero de aquella manera. Se amaga estos días con un debate nacional e internacional que no termina de cuajar y, cuando se encara el asunto, suelen chirriar la demagogia, la hipocresía o el puritanismo.

Aspirar a liquidar la prostitución es como empeñarse en contar la arena del mar. Y no es sencillo dar en el clavo. Pero urge liberar de su tortura a las explotadas y humilladas y facilitar, a las que decidan ser putas, una vida decente. Y quien se acerque a ellas que lo haga con delicadeza. Sea por placer o porque, como inmortalizó Joaquín Sabina en Una canción para la Magdalena, esté más solo que la luna.