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Mujeres díscolas

Tanta energía perdemos en el pasado que no llegamos a saber qué es lo que están haciendo los nuevos representantes de la política

Rita Maestre, portavoz del Gobierno del Ayuntamiento de Madrid.
Rita Maestre, portavoz del Gobierno del Ayuntamiento de Madrid.

Todos tenemos un pasado. Y todas. Cuando llegó la democracia a España la gente tenía un pasado tremendo. Lo tenía Fraga, pero también Carrillo. Lo tenía tu padre y también el mío. Las mujeres contaban con un pasado más doméstico, pero desde la retaguardia también tuvieron lo suyo. La democracia permitió una reinvención urgente, y hubo quien habiendo sido medio-franquista o franquista-entero saboreó de pronto la posibilidad de votar al partido socialista, incluso al comunista. Siempre he sido de la opinión de que hay que tener mucho cuidado con exigir certificados de buena conducta, porque a la mínima te pillan en un renuncio. Hasta hay quien ha mostrado como mérito propio el pasado del abuelo heroico, como si la heroicidad se llevara en la sangre. Muchos de nuestros padres, que fueron los pobres niños en la guerra y se les fue la vida trabajando en el país franquista, arrastraban un pasado de forzosa conformidad. Nosotros, los que para suerte o desgracia fuimos jóvenes ochenteros y vivimos la década intensamente, contamos con algún momento de estupidez o de absoluta irresponsabilidad, que sólo con sentido del humor se asume. Pero hay hoy un neo-puritanismo transversal que unas veces abandera la izquierda y otras la derecha destinado a exigir el certificado de buena conducta hasta a los jóvenes que hoy se incorporan a la política. Lo veía venir. Lo veía venir desde que la nueva generación de políticos comenzó a autodefinirse como referente moral. Y no hay nada más aburrido en la vida que ser un referente. Y más peligroso, porque el adversario, furioso, va a hacer lo posible por afearte la conducta. Yo, por si acaso, estoy reuniendo en una carpeta diversos documentos que harán las delicias de propios y extraños: mi recordatorio de la primera comunión, las notas del colegio, la de selectividad, el último certificado de penales, donaciones varias a ONG, el libro de familia, la declaración de hacienda y todos estos documentos que me describen, para mi sorpresa, como una dama intachable. Si no fuera por mi vida, maldita sea, me podría dedicar a la política. Pero he cantado cuplés verdes y he escrito comedia a cuenta de mí misma. Una vergüenza.

Parece ser que lo que ahora se estila es haber tenido una vidita sin sobresaltos. Y es en ese recuento en lo que políticos y periodistas andamos ocupados. Los políticos hacen oposición hablando de las tetas y pises de las nuevas mujeres de la política, y los periodistas escribiendo artículos sobre qué es el posporno. De verdad, no puedo con tanto. Como de costumbre, nos acabamos dedicando a lo accesorio y lo fundamental se nos escapa vivo. Se busca la foto o el episodio que mejor nos sirva para ridiculizar a una persona y nos dedicamos a rechupetearlo durante días como si fuera un muslo de conejo en la paella. ¿Que hay que reproducir hasta el tedio la imagen de la nueva responsable de prensa del Ayuntamiento de Barcelona meando en la calle? ¡Vamos allá! Juas, juas. Todo con el fin de que parezca que esta señora se ha pasado la vida orinando en la calle. A dicha imagen se le añade un estudio sesudo sobre los fundamentos del posporno o bien se dedican a la protagonista esos adjetivos groseros que la carcunda, siempre de la opinión de que todas tiramos a putas menos sus madres y sus hermanas (de ellos), tiene reservado para las mujeres díscolas.

Tanta energía perdemos en el pasado de personas que aún no han tenido casi tiempo de haberlo tenido que no llegamos a saber qué es lo que de verdad están haciendo esos nuevos representantes de la política municipal de los que nada se sabe salvo cuatro anécdotas más o menos afortunadas que no definen su valía. Este es el nuevo circo, hemos presenciado los primeros números pero esto tiene trazas de no parar. Andamos desempolvando las vidas digitales, las callejeras, las performances que protagonizaron, analizando el medio de transporte que toman, los metros cuadrados del piso en el que viven, los bares que frecuentan, lo que se gastan en ropa o en restaurantes. Y no se puede decir que haya un culpable de este ambiente irrespirable. Este es el resultado de entender que los principios se llevan en un peinado, en la corbata o en una camiseta, en compartir piso para parecer más humilde, en querer ser más pueblo que nadie, en fiarlo todo a las apariencias.

Lo que una desea es que se pongan a hacer cosas ya, cosas reales, que se puedan criticar o celebrar. Creo que nuestra vida no ha cambiado radicalmente tras haber sido informados de lo que es el posporno. Nada de eso importa. Ni tan siquiera que se bajen el sueldo. Lo único que deberíamos pedir es que hagan lo posible por ganárselo. Y que se note el cambio de una (puñetera) vez.