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De esos Hamlet este Tenorio

Sarah Bernhardt caracterizada como Hamlet en una fotografía de 1899.
Sarah Bernhardt caracterizada como Hamlet en una fotografía de 1899.

A día de hoy, condenado el cine a adelgazar sus presupuestos hasta la anorexia y a medirse cara a cara con la taquilla, el teatro (a pesar de la espada de Damocles del IVA devastador) emerge como el gran lenguaje de la contestación, el arma más afilada para el desacato. Un instrumento de empoderamiento al que no es ajeno el sesgo feminista, que cual mancha de aceite se traduce –¡y que dure!- en un amplio espectro de manifestaciones (de las luchas contra la brecha salarial a la batalla por la paridad, incluidas por supuesto las nuevas masculinidades).

Dramaturgos/as, directores/as, actores y actrices se ponen al servicio de causas y empeños varios con tanto afán como en los agitados años de La torna. Unos optan por revistar desde la falta de complacencia figuras intocables (como la María Magdalena que Blanca Portillo encarna en El testamento de María, dirigida por Agustí Villaronga), otros por pisarle los pies a la actualidad desde la indignación (como en Ruz-Bárcenas, Alberto San Juan mediante, desde el Teatro del Barrio). A su vez, insistiendo en el sesgo feminista, recientemente apuestas teatrales de altura han optado por escoger a actrices para representar papeles masculinos. Y no hablamos de azarosos secundarios, sino de protagonistas la elección de cuyo sexo se revela crucial. ¿Ganas de epatar a la crítica, voluntad de retorcerle el pescuezo a los textos clásicos o de dar un impulso a una nueva manera de estar en el mundo desde el espíritu crítico?

Vimos en su día precisamente a esa gran actriz que es Portillo enfundada en la personalidad de un musculado Hamlet, en ese caso bajo la batuta de Tomaz Pandur; aunque antes ya había interpretado al inquisidor Bocanegra en Alatriste, película dirigida por Agustín Díaz Yanes. Después disfrutamos de su desgarrada interpretación como príncipe Segismundo en la adaptación de Juan Mayorga de La vida es sueño, que dirigió Helena Pimenta. Y ahora va y se atreve a dirigir Don Juan Tenorio en la adaptación del texto de Zorilla del mencionado Mayorga, quizás nuestro dramaturgo más valioso. Pero no para enfundarse en su piel, sino para darle la vuelta a la historia del Tenorio como a un calcetín, que no es cosa baladí en lo que a los arquetipos y a la guerra de sexos se refiere.

Hacen falta agallas para presentarlo no como al heroico ligón que nos han vendido hasta la saciedad sino como un tipo destructivo, que huye de su propio horror vacui exhibiendo una brutal falta de empatía hacia el prójimo, en especial si viste faldas. De modo que sin quitarse ella misma las faldas, le da una vuelta de tuerca más a esa lucha por y contra los grandes personajes. Bien por este rotundo puente tendido hacia la corriente feminista dedicada a subvertir las lecturas primigenias de los personajes de ficción, que tantas lecturas iluminadoras ha dado.

Blanca Portillo como Segismundo en "La vida es sueño", de Calderón

Se dice que fue Sara Bernhardt, a finales del siglo XIX, la primera en travestirse de hombre en escena, aunque por su parte ellos se habían pasado largos siglos travistiéndose de mujeres a causa de esa atávica prohibición de dejar que ellas pisaran las tablas, a riesgo de pisotear sus derechos. Ya sabemos que Judith, la supuesta hermana de Shakespeare que imagino la Woolf ni siquiera hubiera podido ser en su día la más insignificante actriz (“Como él, tenía inclinación por el teatro. Se paró en la puerta del teatro; dijo que quería actuar. Los hombres se le rieron en la cara”). El mismísimo Calderón de la Barca, haciéndose eco de ese pasado unisexuado, usó el recurso del travestismo de modo recurrente en su dramaturgia, aunque la crítica no se pone de acuerdo en si lo hizo con fines vanguardistas, es decir para provocar al público bienpensante, o bien únicamente para dejar constancia de su animadversión hacia el sexo femenino, léase misoginia.

En los años 70, la estudiosa Carmen Bravo Villasante publicó un estudio que se erige en referencia imprescindible sobre el asunto en lo que atañe al siglo de Oro (de Lope de Vega a Tirso de Molina, pasando por Fernando de Rojas en su celebérrima Celestina), donde analiza las obras más significativas en las que aparece el disfraz varonil, no exento de un componente erótico: ¡una mujer disfrazada de varón tirándole los tejos a otra mujer no dejaba de tener su aquel! Ya entonces ese malabarismo que consistía en jugar con la identidad sexual desde el engaño y la ocultación, se traducía en un efecto desestabilizador, que atacaba directamente las restricciones impuestas a las mujeres y las invitaba a saltárselas.

¿Fue Tirso de Molina un protofeminista cuando escribía en la comedia Don Gil de las calzas verdes estos versos: “Ya soy hombre, ya mujer, / ya don Gil, ya doña Elvira; / mas si amo, ¿qué no seré”? Intencionada o no, romper con los estereotipos era otra de las consecuencias claras de ese travestismo. Y la doña Juana de Tirso (disfrazada de don Gil en un acto claro de rebeldía contra el galán que había osado abandonarla), es un claro antecedente del Orlando de Virginia Woolf, ese ser que no es mitad hombre y mitad mujer, sino que es hombre y mujer en tiempos alternos y en su completud. Entrevistada a raíz de su Hamlet y preguntada sobre si el suyo iba a ser un personaje asexuado o claramente una mujer travestida, Portillo respondía: “Todos tenemos dentro un hombre y una mujer. Cuando uno puede desarrollar ambas partes, eso confiere un poder enorme”.

Añadir que en este claro ejercicio de subversión que es el travestismo, a Portillo le ha salido competencia y no precisamente menor, pues otro grande de nuestra escena, Lluís Pascual, ha escogido a la inmensa Núria Espert (quien ya en los años 60 se vistiera de Hamlet con gran polémica) para interpretar al Rey Lear; el montaje puede verse estos días en el Teatre Lliure de Barcelona, donde cosecha un enorme éxito. Toda una apuesta hacer que un airado Lear femenino desherede a una de sus hijas. Un discurso que entronca directamente con el que defendió en su día Virginia Woolf cuando escribió que todas las mentes eran andróginas... incluidas las de la ficción.

Mª Ángeles Cabré, escritora y crítica literaria, dirige el Observatorio Cultural de Género (OCG). Acaba de publicar A contracorriente. Escritoras a la intemperie del siglo XX (Editorial Elba).

Comentarios

Cualquier personaje en el que se introduzca Blanca Portillo es sinónimo de arte en el escenario. Menos mal que en el teatro consigue lo que el cine le deniega casi con rotundidad: papeles de altura.http://casaquerida.com/2015/02/03/partido-politico-revisable/
Para un buen actor o actriz, y en nuestro país los hay, cualquier papel les vale, siempre es un reto, el estudio minucioso del personaje que les hace olvidarse de ellos mismos y transformarse interpretando el ser y la vida de otro/a, creyéndoselo a pies juntillas y haciéndoselo creer y emocionando a los que atentamente lo observan.
es un buen articulo