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EDITORIAL

Irak se tambalea

La crisis política por la sustitución de Al Maliki agrava la amenaza de los avances yihadistas

Es difícil exagerar la crítica situación de Irak. A su descomposición territorial y militar, decisivamente acelerada por el rápido avance de la insurgencia suní, se suma el estallido de la crisis, largamente incubada, que representa la destitución del durante ocho años primer ministro chií Nuri al Maliki, hasta hace poco protegido de Washington. Al Maliki, cuya coalición fue la más votada en las elecciones de abril, se ha resistido a ceder el puesto al nuevo jefe del Gobierno designado por el Parlamento y sancionado por el presidente iraquí. Su desafío ha disparado la tensión en Bagdad.

La lucha por el poder en Irak es solo un factor más en un desolador paisaje cuyo elemento central son las victorias de los yihadistas, que controlan ya casi una tercera parte del país y frente a las cuales los bombardeos decididos por Barack Obama son solo un parche. Contra casi todo pronóstico, el Estado Islámico ha ocupado zonas defendidas por las tropas kurdas, a las que se supone motivadas y disciplinadas. Los fanáticos islamistas mantienen su amenaza sobre la ciudad petrolera de Kirkuk y la capital kurda, Erbil.

En Irak se juega una partida decisiva, de mucho mayor alcance que la estabilidad regional. Sería suicida añadir al desafío del califato terrorista una crisis constitucional desencadenada por ambiciones tribales de poder. Al Maliki, desacreditado radicalmente por su ejecutoria sectaria, no ha podido evitar la llegada a este abismo. La situación exige al timón una fuerza aglutinante, que parece centrada en el también chií Haider al Abadi. Sus posibilidades de formar un Gobierno representativo serán mayores si se mantiene explícito el apoyo de Washington y la neutralidad de Irán.

Sea quien fuere su jefe, el mayor reto del próximo Gobierno iraquí será contener al ejército yihadista e impedir la consolidación de su proyecto tenebroso. La agenda política del Estado Islámico lo convierte en una amenaza más temible que Al Qaeda.

En este contexto, Obama vuelve a confrontar sus reticencias a injerir en conflictos extranjeros con la cruda realidad. La vorágine iraquí deshace por momentos la intención del presidente estadounidense de no verse de nuevo implicado militarmente en ese país. Ya lo está. Es ingenuo creer que el inexistente Gobierno de Bagdad y sus desmotivadas e incompetentes tropas pueden parar a los yihadistas. Solo EE UU está en condiciones de dar a los kurdos y al conjunto de los iraquíes la capacidad de luchar contra el Estado Islámico.

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