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COLUMNA

Populismo

Resulta verdaderamente notable la degradación intelectual y moral a la que están llegando los detractores de Pablo Iglesias

Siempre he tenido miedo de las teorías de la conspiración en general. Como mi profesión consiste en fabular, tengo mucha facilidad para dejarme llevar por cualquier fabulosa hipótesis. Como lo sé, procuro refrenar mi imaginación, aunque en las últimas semanas me ha resultado casi imposible. Quizás porque, a pesar de las evidencias, me resulta muy duro aceptar que el Gobierno de mi país está en manos de personas incapaces de analizar la realidad y pensar en lo que dicen.

La actitud de los dirigentes del PP contra Podemos ha superado en muy poco tiempo el nivel de ineptitud política que ha convertido a Mas en el jefe de campaña de ERC. Dejando de lado mi capacidad para ficcionar, me resulta tan inconcebible lo que estoy oyendo, lo que estoy leyendo, que he llegado a sospechar que tal vez Sáenz de Santamaría y Aguirre, entre otros, pretenden incentivar el voto a Podemos para despejar el panorama de la izquierda. Los novelistas sabemos hasta qué punto es cierto que la naturaleza supera a la ficción. Por eso no es posible descartar un error de cálculo de tamaña gravedad.

Pero incluso asumiendo la ínfima calidad de nuestra clase política, lo que resulta verdaderamente notable es la degradación intelectual y moral a la que están llegando los detractores de Pablo Iglesias. Cuando Aguirre le pidió que entregara el dinero recaudado para querellarse contra ella a las víctimas del terrorismo, batió todos los récords de populismo demagógico conocidos. Que después de eso, la vicepresidenta del Gobierno se atreva a criticar a Podemos “porque dice lo que la gente quiere escuchar”, sonaría a chiste si no arrojara bochorno sobre el bochorno. Y eso sin contar con la falta de respeto que supone tratar a más de un millón de votantes como si fueran tontos. Ya veremos qué pasa cuando sean tres o cuatro. O cinco.

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