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LA CUARTA PÁGINA

Una dinastía orgánica

El Partido Comunista ha resuelto de forma efectiva el delicado problema de la sucesión en China. Su supervivencia depende de la capacidad de adaptación, la conjura de la división interna y la estabilidad

Una dinastía orgánica

China es un país de dinastías. Así se describe su historia. Durante cientos de años estas han modulado su devenir. Incluso en la China republicana, tras el pronto fallecimiento del padre fundador Sun Yat-sen, no faltó quien pretendiera dar vida a un nuevo linaje (el efímero mandato de Yuan Shikai). La China maoísta cortó de raíz los titubeos dinásticos. En una ocasión, el propio Mao ordenó paralizar simbólicamente su tren al paso de la montaña Tai, una de las más sagradas en China, a cuya cumbre ascendían los emperadores para rendir ofrendas al cielo, a fin de evidenciar que él nunca haría lo mismo. Sus campañas contra las viejas costumbres y las viejas ideas pretendían construir un dique infranqueable contra el retorno de aquel pasado que había conducido a China a la decrepitud y el sometimiento a las potencias extranjeras. No obstante, también la mentalidad imperial acabó dejando su impronta en el propio Mao y muy especialmente en su afán por acaparar el poder absoluto.

Tras su muerte, con menos proclamas, Deng Xiaoping, el promotor de la reforma y apertura, sentó las bases de una institucionalización que ha permitido auspiciar cierto futuro a la primera dinastía orgánica de la historia china: el Partido Comunista (PCCh). En efecto, en ningún otro país del orbe comunista se ha podido resolver de forma tan efectiva el delicado problema de la sucesión, fuente de situaciones traumáticas, intrigas y crisis o espejo de legados hereditarios, por sus límites bien alejados de cualquier intencionalidad emancipadora. Acostumbrados a la imagen de “los cuatro viejos con cinco dientes” de la gerontocracia soviética, la instauración de reglas para la alternancia (no más de dos mandatos en el cargo, nadie mayor de 70 años en ejercicio…) y la entronización del consenso como norma de funcionamiento ha llevado incluso a los propios chinos a hablar de “nuevo Gobierno” cuando el cambio de líderes se produce cada cinco o 10 años, a pesar de que quienes lo protagonizan están gobernando con la misma legitimidad lograda en 1949.

Esta formulación, que no evita las luchas de palacio, pretende eludir la solución occidental basada en la alternancia por vía electoral en un marco pluripartidista y entronca con el discurso civilizacional del país facilitando una ósmosis que se acentúa con la recuperación adaptada del discurso confuciano y legista sin renunciar por ello siquiera al marxismo que formalmente inspira su cuerpo doctrinal. El modelo, queriendo apoyarse en cierta inercia de la historia en vez de combatirla, aboga por una institucionalidad diferente basada en reglas escritas, no escritas y flexibles con el denominador común de preservar la estabilidad y promover una alternancia civilizada ahuyentando los peligros de la división asegurando la abrumadora mayoría de la corriente principal y excluyendo la utilización de la sociedad en las luchas de poder entre los diferentes clanes y grupos de interés.

Existen normas para la alternancia: un tope de dos mandatos y nadie mayor de 70 años en ejercicio

Esta vocación orgánica de la configuración y ejercicio de la autoridad quiere alejar el peligro de un poder personalizado aunque paradójicamente contemple como fórmula ideal —no escrita— la asunción unipersonal de los principales poderes del Estado (Partido, Estado, Ejército). No obstante, dicho poder deberá ejercerse colegiadamente, si bien observando las normas de una jerarquía, por lo general rígida en su estatus, pero flexible en su configuración, que otorga la primacía a la distribución del poder en la cúpula del PCCh frente a otras instancias del Estado (vicepresidencia del país, presidencia del Parlamento o de la Conferencia Consultiva, etcétera). El círculo se completa con el auxilio de una élite que tanto incluye funcionarios en activo de amplia preparación como veteranos cuya opinión es preceptiva en determinados casos, pudiendo dejar sentadas decisiones de gran alcance que sus continuadores deberán respetar. Así aconteció con Hu Jintao (2002-2012), señalado por Deng en tiempos en que la “buena impresión” causada a un líder podía marcar el futuro personal, una decisión respetada por Jiang Zemin (1989-2002) aun después de muerto el Pequeño Timonel. El parecer de Jiang, aunque ya jubilado, pesó mucho en la elección de Xi Jinping, en el cargo desde 2012 que deberá asumir hasta 2022. Y así puede ocurrir con el candidato probablemente señalado por Hu Jintao para suceder a Xi, Hu Chunhua, quien podría sustituirle sin ser su favorito. Esa organicidad compleja del PCCh actúa así a modo de freno de las habituales tendencias al acaparamiento del poder, pudiendo configurar incluso “colegios electorales” específicos para decidir la composición de las más elevadas instancias en momentos de mayor pugna o desacuerdo. Dichos mecanismos revelan igualmente que no todo es rigidez en su vida interna, sino que por el contrario una relativa flexibilidad acompaña inteligentemente la búsqueda de soluciones a los problemas más delicados.

Xi Jinping, el actual máximo líder, ha ganado peso político en áreas decisivas

Hay quien ve en los hábitos de Xi Jinping, el actual máximo líder chino, una ruptura de dicha norma al constatar su protagonismo público y la mayor significación de su peso político en áreas decisivas, desde la conducción de la reforma a la defensa, pero también en el medio ambiente o en la lucha contra la corrupción, el control de Internet o las redes sociales. Lo más probable, no obstante, es que con independencia de estilos propios, indudablemente más asertivos y que le diferencian notoriamente de sus predecesores, el ejercicio de su poder sigue siendo deudor de la necesidad de preservar la síntesis y el consenso entre las diversas corrientes que habitan en la trama política del sistema. No hacerlo así sería, simplemente, temerario, más aún en un momento como el actual en el que la intensificación de las reformas estructurales para alumbrar el llamado nuevo modelo de desarrollo amenaza los privilegios de clanes poderosos que hasta ahora han sabido beneficiarse amplia y privadamente de las prebendas públicas mediante el control exclusivo de los grandes monopolios en los sectores estratégicos.

Esa exhibición más ostentosa de la autoridad denota un renovado esfuerzo de comunicación y de adaptación a las claves formales del liderazgo en el mundo moderno aproximándose, al menos cosméticamente, a los patrones más comunes en el mundo occidental. Es el mismo empeño que aconseja, por ejemplo, un protagonismo creciente de la primera dama china, un concepto, como el del sueño chino, por otra parte, alejado de su tradición cultural específica. Pero es arriesgado equiparar dichos cambios con la ruptura del sistema colegiado o con un quiebre en los equilibrios entre los diferentes clanes que le evite navegar guardando las distancias con los extremos para atraerse a los más comprometidos con el consenso. Si algo ha enseñado la historia reciente a los dirigentes chinos es que la supervivencia de la actual dinastía depende de su capacidad de adaptación, la conjura de la división interna y la preservación de una estabilidad asociada a una relación progresivamente normalizada con la sociedad.

En consecuencia, el debate acerca de la naturaleza dictatorial o democrática del sistema político chino, con sus matices de tibieza y sus contradicciones, adolece de una visión muy dependiente de nuestros parámetros. Por el contrario, la asunción de una perspectiva del régimen actual a la luz de la historia y la cultura chinas, que por otra parte tanta influencia ejercen sobre el imaginario y el proceder cotidiano de los funcionarios del país a todos los niveles, aconsejaría incorporar esa otra clave específica, aquella que remite al “imperio del Partido” que haciendo valer su condición orgánica adaptada a las condiciones contemporáneas a través del mandarinato virtuoso y la promoción del imperio con la ley como expresión más ajustada de su singularidad, ilustra la profunda metamorfosis experimentada por el comunismo en China desde sus inicios hasta hoy día.

 

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China

 

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