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LA CUARTA PÁGINA

Europa contra la demagogia

El reto de las próximas elecciones es mantener el interés común y rechazar la tentación simplista del cierre, pero el compromiso con la unidad no significa complacencia ni ceguera ante los problemas existentes

Europa contra la demagogia

"Carthago delenda est”, repetía en todos sus discursos Catón el Viejo. A pesar de ser poco sutil, el mensaje resultó de una eficacia temible: la ciudad púnica acabó borrada del mapa. La Historia nos enseña que la razón puede rendirse ante el impulso destructor y que, a fuerza de transmitir mensajes negativos, por muy básicos que sean, esa destrucción puede hacerse realidad.

Los movimientos populistas no analizan los defectos del euro ni del mercado interior para proponer las necesarias mejoras. Ocultan el hecho de que, con una revisión de los tratados, mejor legislación o determinadas prácticas, sería posible corregir la mayor parte de los fallos de concepción de la unión económica y monetaria y de los errores cometidos al pilotar la Unión Europea.

No, lo que hacen es ensañarse con la moneda única y la libre circulación, con el único objetivo de suprimirlas y destruir mucho más que esos dos casos de cooperación. Su fuerza procede del odio radical e impulsivo que sienten hacia lo que constituye la esencia de Europa. Su enemigo es la sociedad abierta. De ahí su obsesión identitaria, su llamada al instinto y, según las latitudes, su germanofobia primaria o su desdén hacia el sur. De ahí su escaso interés por proponer soluciones creíbles que tengan en cuenta las posibles consecuencias de acabar con la moneda única o la libre movilidad: cuanto mayor sea el caos, mejor para ellos.

Ese es el reto de las próximas elecciones europeas: mantener el rumbo de la apertura y la mutua confianza. Ver, tras las dificultades y las decepciones, la permanencia del interés común. Seguir defendiendo la cooperación y rechazar la tentación simplista del cierre, el repliegue y el miedo. Contener a los ciudadanos fascinados por el vértigo de la destrucción y recordarles los tiempos, no tan lejanos, en los que unas ideas venenosas enloquecieron a los pueblos europeos más racionales.

La razón de existir del Consejo para el Futuro de Europa del Berggruen Institute es movilizar a los máximos líderes europeos para que actúen en favor de la Europa unida.

Pero el compromiso inquebrantable con la unidad de los europeos no significa complacencia ni ceguera ante los inmensos problemas existentes. Por eso, la reunión de los días 27 y 28 de febrero en Madrid va a abordar, entre otros asuntos, cómo favorecer el crecimiento, cómo aumentar la inversión pública y privada, cómo fomentar la movilidad y mejorar el empleo juvenil. Son cuestiones ya debatidas en la reunión que celebró el Consejo en París el pasado mes de mayo, en la que se hicieron propuestas que sirvieron de inspiración para algunas decisiones concretas de los jefes de Estado y de Gobierno en el Consejo Europeo de junio.

El consenso sobre el marco europeo no significa que no haya sensibilidades políticas diversas

Para reactivar las inversiones de futuro en todo el territorio europeo es fundamental el diálogo entre los responsables de instituciones europeas como el BEI, empresarios y autoridades locales, que también servirá para reanudar las contrataciones y acabar con el terrible desperdicio de una generación entera.

Además, la reunión de Madrid, semanas antes de las elecciones europeas, va a alimentar el debate democrático. Habrá una mesa redonda con varias figuras que aspiran a presidir la Comisión: Michel Barnier (comisario y miembro del PPE) y Guy Verhofstadt (presidente del Grupo de la Alianza Liberal-Demócrata en el PE), así como destacados representantes de los socialistas —Alfredo Pérez Rubalcaba— y Los Verdes —Monica Frassoni, copresidenta del Partido Verde Europeo— y el secretario de Estado para Europa, Íñigo Méndez de Vigo.

La tarea no es fácil por dos motivos. El primero, la propaganda de los partidos populistas, que denuncian sin descanso la connivencia de los moderados. Las familias políticas europeas tienen diferentes visiones de la sociedad y diferentes recetas para solucionar los problemas actuales. El hecho de que haya un consenso sobre la existencia de un marco europeo y una sociedad abierta no significa que desaparezcan las sensibilidades políticas.

El segundo motivo es la complejidad del problema. Si hacemos un diagnóstico serio de la situación de la eurozona y la UE con el fin de reformarlas, estamos obligados a reconocer que aún no se han tomado algunas decisiones importantes; la construcción del mercado interior marcha con retraso, por ejemplo en el comercio electrónico y los servicios. La eurozona sale poco a poco de la fase más aguda de la crisis, los mercados están tranquilos por ahora, pero aún no se dan las condiciones necesarias para una estabilización duradera: habrá que reducir gradualmente el endeudamiento público y privado y actuar contra la deflación, que es ya una seria amenaza. Se han sentado las bases para una mejor supervisión de los bancos, pero todavía está lejos la unión bancaria prometida. Tampoco debemos ignorar el riesgo que representan los recursos judiciales contra las OMT (transacciones monetarias directas), porque una decisión que las anulara vaciaría de contenido la promesa de hacer todo lo que haga falta, con el daño consiguiente para la credibilidad del BCE. Para no hablar del sufrimiento social derivado de los errores tanto de los Gobiernos nacionales como de las autoridades europeas, pero que la mayoría de la gente achaca a Europa. Tras las medidas de urgencia y sin un marco establecido, ahora debe llegar una refundación democrática, que responda a una visión global.

Estarán presentes para ofrecer sus análisis y soluciones el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy; el primer ministro portugués, Pedro Passos Coelho, y el ex primer ministro italiano Enrico Letta, que en Madrid hablará por primera vez tras haber dejado su cargo.

La UE no puede existir sin una integración cuya complejidad es precisamente el blanco de las críticas

Yo tendré el honor de discutir en profundidad con el expresidente del Gobierno Felipe González. Existen argumentos para poder vencer la tentación del cierre y el miedo, sólidos y respaldados por la historia. Pero apelan a la razón, más que al instinto, y por eso son más complicados que los eslóganes populistas.

El Consejo para el Futuro de Europa puede contribuir especialmente a introducir en el debate público europeo la dimensión internacional. Uno de los motivos para mantener el rumbo en Europa es la evolución del mundo. Los Estados europeos, incluso los más sólidos y poblados, no tienen por sí solos el peso suficiente frente a las potencias emergentes, mientras que la UE e incluso la eurozona sí disponen del tamaño crítico y los medios necesarios.

Europa no es la única que debe luchar contra varias formas de demagogia. También para los estadounidenses es crucial la capacidad de la democracia de aplicar políticas eficaces con una perspectiva que vaya más allá del calendario electoral. Ahora bien, el vivo debate político que mantienen no pone nunca en duda la existencia de Estados Unidos. Europa, por el contrario, no puede seguir existiendo como tal sin una integración cuya complejidad es precisamente el blanco de las críticas. El reto es existencial, y de ahí la importancia de que los ciudadanos estén más involucrados en las decisiones que determinan su destino.

En el fondo, estos problemas son los que deben tenerse en cuenta para abordar cualquier análisis sobre el destino de nuestro continente, ya se trate de un debate ante las elecciones europeas, el futuro del mercado único a largo plazo, la gobernanza de la unión económica y monetaria o la futura financiación de la UE. Esa es la razón por la que Sylvie Goulard —eurodiputada y asesora especial del Consejo para el Futuro de Europa— y yo hemos creído necesario examinar estas cuestiones en un libro reciente, De la démocratie en Europe. Voir plus loin (Flammarion, RCS, 2012). La incansable defensa de la apertura y la creación de una democracia sólida son la defensa fundamental contra las derivas tecnocráticas y la dilución de responsabilidades.

Mario Monti es presidente del Consejo para el Futuro de Europa del Berggruen Institute on Governance y antiguo primer ministro de la República Italiana.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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