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Solo la jubilación salvará a Justin Bieber de sí mismo

El ídolo canadiense de adolescentes anuncia su retirada. Una decisión artística y vital que tal vez sea para mejor.

Justin Bieber en Los Ángeles el pasado 18 de diciembre.

La Navidad trae a veces regalos insospechados. El 25 de diciembre Justin Bieber anunciaba a través de su cuenta de Twitter que abandonaba los escenarios. "Mis queridos beliebers, me retiro oficialmente". Seis palabras que desataron un apocalipsis de desolación y llantos entre los 48 millones de seguidores que tiene en esta red socia. Minutos después, el cantante quiso matizar y aclaró que estará "siempre ahí" a pesar de que los medios de comunicación, a su juicio, hablen "mucho de él" para hundirle. El 17 de diciembre ya había dejado caer en una radio estadounidense que el próximo disco podía ser el último.

Jubilarse pronto es siempre una buena idea. El trabajo dignifica, el trabajo nos hará libres, pero el trabajo también nos aliena y el trabajo se nos ha presentado, desde el Génesis, como una condena divina. A nadie le puede caber duda de que Justin Bieber ha trabajado –y cotizado– mucho desde muy joven, de manera que si a sus 19 años decide retirarse a contemplar el ocaso, no podemos sino aplaudir su soberana decisión.

Es más, hay una belleza romántica, casi estoica, en no trabajar, en no hacer nada más si no es estrictamente necesario. Son pocos los ejemplos de quienes han abandonado una lucrativa actividad en la cúspide de sus trayectorias únicamente porque les ha parecido buena idea, pero a todos los que lo han hecho los rodea un aura de omnisciencia que los que estamos ocupados con las simplezas del trabajo apenas podemos imaginar: retiros en modo familiar, como el del cantante de soul Bill Withers, que prefirió alejarse del show business para dedicarse a su familia; retiros en modo huraño, como el del escritor J. D. Salinger; y otros en modo politizado, como el del prometedor futbolista Javi Poves, asqueado de la opulencia y la vacuidad del mundo del fútbol de élite.

Porque solamente cuando uno abandona por propia iniciativa es posible dotar a la propia obra de un sentido de completitud. Retirado, Justin Bieber podrá dedicarse a los quehaceres cotidianos, que también ennoblecen, o tal vez usar su probada influencia sobre la juventud para causas justas y filantrópicas. De esta manera, además, el joven Bieber se alejará para siempre del peligro de ciertos patrones de conducta pop que desde siempre han acechado a las celebridades y han anunciado su decadencia.

Estas son, en orden descendente de fatalidad, las siete plagas del pop de las que se salvará Justin Bieber si (de verdad) se jubila de la música:

7. Hacer un disco de duetos. O peor: hacer un álbum navideño. Ningún disco de duetos nació jamás de la necesidad por expresar un irreprimible anhelo artístico. Y aunque es verdad que los discos de Navidad cumplen una función lubricante en las largas reuniones familiares, ambas iniciativas son desesperados intentos del departamento de marketing de turno para parasitar el prestigio perdido a los colegas de profesión y devolver favores, en el caso primero; o para atender ese vasto nicho que son los regalos de compromiso, en el segundo. En el peor de los escenarios, los discos de duetos pueden dar comienzo a una perversa red de favores, algo parecido a las ceremonias del potlatch de los indios nativos norteamericanos, y atrapar al artista en una espiral de featurings en proyectos ajenos que no tiene fin, como le ha pasado a Tony Bennett, Bono, Elton John o hasta Frank Sinatra en sus últimos días.

6. Convertir su vida en un reality. O peor: hacer un programa de cocina. Es fácil pensar que tu vida tiene interés las 24 horas del día cuando has vendido más de 15 millones de discos antes de cumplir 19 y tus fans son marca registrada y se organizan mejor y con más saña que el ejército israelí. Pero dejar que las cámaras entren en tu casa y te guionicen el día a día marca tu fin como músico (o cantante, o artista, lo que sea que sea Justin), momifica tu fama en el lado amarillista para siempre. Hoy, cuando dices Ozzy Osbourne, el grueso del público piensa en un tipo con tembleques al que torean sus hijos malcriados y sobrealimentados, no en Paranoid. Cuando dices Alaska, solo los de treintaylargos recuerdan a Los Pegamoides, los demás ven a la madre de Mario Vaquerizo.

Caer más bajo es llamarte Snoop Doggy Dog, haber sido el padrino del g-funk y acudir al programa de cocina de Martha Stewart a cocinar puré de patatas y unos brownies.

5. Volverse adicto a la cirugía estética. O peor: padecer el Síndrome de la Señora Mayor. No hay forma de envejecer dignamente, abrazar los propios michelines y honrar las canas si uno se encuentran bajo el foco permanente de la opinión pública. Cuando el dinero abunda, uno corre el riesgo de ponerse en manos del cirujano para unos ligeros retoques y acabar enganchado al bisturí. Por algún motivo, es una adicción especialmente cruel en los hombres –piensen en Mickey Rourke, pero solo un momento–, que puede desembocar en el Síndrome de la Señora Mayor, también conocido como Síndrome de Pertegaz, en el que la huida de la testosterona y el apego al look de juventud hace que hombres en edad de pensionista, como Steven Tyler o Paul McCartney, parezcan sus propias hermanas mayores.

4. El extravío Corey Feldman. O peor: el delirio Phil Spector. O cuando las prerrogativas en especias que te proporciona el estrellato ya no te parecen suficientes. El sexo casual forma parte de la rutina de la estrella del pop, de manera que en ocasiones la búsqueda de nuevas emociones puede sacar el lado oscuro de la celebridad. Spector, uno de los más célebres productores de la historia del pop, aprovechó su ascendencia sobre jóvenes aspirantes a artista para encamarse con unas cuantas y someterlas a vejaciones que incluían la ostentación amenazante de armas de fuego. En 2003, el perverso juego acabó con la vida de la actriz Lana Clarkson y con él entre rejas.

El caso de Corey Feldman es menos dramático, afortunadamente: el protagonista de Los Goonies no consigue dejar atrás su imagen de niño gracioso y su relación de amor-odio con Michael Jackson e imponer su yo adulto, así que ha decidido convertirse en una versión low cost de Hugh Hefner, con su propia corte de conejitas, llamadas Corey’s Angles, y sus fiestas decadentes en la Feldmansion.

3. Acabar en un libro de Chuck Klosterman. O peor: que Greil Marcus escriba sobre ti. En Pégate un tiro para sobrevivir, el periodista Klosterman recorre los Estados Unidos visitando los lugares donde las grandes leyendas del pop y del rock pasaron a, eso mismo, ser leyendas, de forma trágica: allí donde se estrelló el avión de Buddy Holly, el cruce de caminos donde Duane Allman perdió el control de su moto o el meandro del río Mississippi en el que se ahogó Jeff Buckley.

Greil Marcus, en cambio, le pone algo más de circunspecto sentido académico a su estudio de la cultura popular, de manera que ser objeto de uno de sus ensayos, como lo han sido los Sex Pistols, Bob Dylan o Elvis Presley, supone definir una época, lo que hoy en día solo puede ser para mal.

2. Unirse a la iglesia de la Cienciología. O peor: formar su propia secta. El sexo es una forma de trascendencia, y viceversa, de modo que no es raro que quienes han alcanzado la cima de la cadena trófica socioeconómica busquen un significado superior a su estancia en este valle de lágrimas. Pero como Tom Cruise o John Travolta podrían corroborar, ser cienciólogo conlleva un arduo trabajo de proselitismo soterrado, y poner al fin y al cabo tu arte al servicio de la causa.

Bieber, se puede argumentar, ya tiene su iglesia de facto, y sus designios provocan el éxtasis y la mortificación en masa, de modo que esta amenaza ya es casi una realidad.

Solo la jubilación salvará a Justin Bieber de sí mismo

1. Madurar como artista. O peor: encontrarse a sí mismo. Es la gran falacia de la modernidad, un discurso retórico, residuo de la pseudofilosofía new age, recurrente no solo entre los artistas que lo único que suele significar es que la fuente se está secando y acucia la necesidad de expandir nuevos horizontes comerciales. Acentuado por la necesidad de movimiento perpetuo que impone el capitalismo, se trata de crear expectación porque estarse quieto no vende. Nada muy diferente a anunciar que uno piensa dejar el negocio para que lo echen de menos sin haberse ido.

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