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Juan Roig, el ‘súper’ del mercado

La leyenda de este singular empresario crece paralela a su fortuna, de las mayores de España

Convirtió las ocho carnicerías de sus padres en el imperio Mercadona

Estudiante mediocre, tímido pero duro negociador, el hombre que animó a los españoles a “imitar la cultura del esfuerzo de los trabajadores chinos” prefiere la vida real a los despachos

El presidente de Mercadona, Juan Roig, en marzo de 2013.
El presidente de Mercadona, Juan Roig, en marzo de 2013.

Al dueño de Mercadona lo definen como un hombre práctico, directo, austero y de trato serio, y hasta seco si no tiene confianza con su interlocutor. A Juan Roig (Valencia, 1949) le obsesiona la productividad, y que los horarios y las agendas se cumplan a rajatabla. Es un negociador duro. Y dicen los que lo conocen que no parece rico. Quizá sea porque, pese a que hoy se le calcula una de las mayores fortunas de España, el presidente de Mercadona es hijo de carniceros. Y cuentan que en su despacho, en el que pasa poco tiempo, tiene un pequeño gimnasio, para hacer ejercicio en los huecos que le deja el trabajo, y así cuidar su espalda, algo fastidiada desde hace años. Durante la semana laboral viaja bastante por España y aprovecha hasta el último minuto: las reuniones con el equipo de dirección se hacen a menudo a bordo de la furgoneta donde se mueven en sus visitas a supermercados y fabricantes.

Roig asegura que sigue siendo solo un tendero, solo que su tienda es muy grande. Cárnicas Roig, las carnicerías que sus padres abrieron en La Pobla de Farnals, y que luego se convirtieron en ultramarinos, fueron el germen de la cadena de supermercados que hoy controla Juan Roig. Pero ni siquiera esa semilla sobre la que ha montado un imperio llovió del cielo, ya que no heredó las primeras tiendas. Se asoció con tres de sus cinco hermanos y se las compraron a sus padres en 1981. Después, Roig terminó por comprar también casi todas las participaciones de sus hermanos. Y los ocho comercios de sus progenitores son ahora más de 1.400 supermercados, y una fortuna de miles de millones en manos de Juan.

Pide a sus directivos que lleven siempre un centimo en el bolsillo, para no olvidar el objeto de su trabajo

El fin de semana, comentan varios allegados, lo reparte entre las clases que imparte en una escuela de negocios a jóvenes emprendedores el sábado por la mañana, jugar al pádel, ver el baloncesto (en la tele y en la cancha) y pasar tiempo con su familia. Sobre sus afinidades políticas, se le ha relacionado con el Partido Popular. Mercadona aparecía incluso como donante del partido en los papeles del extesorero Luis Bárcenas. Roig lo negó. Los empresarios de su entorno quitan hierro al asunto. “Es independiente y práctico”, repiten desde las organizaciones empresariales en las que tiene influencia, e insisten en que nunca se ha mostrado sectario políticamente.

Empresario sin filtros

» Sus comparecencias. Aunque en los últimos dos años Juan Roig se ha mostrado más proclive a hablar en público, suele hacer pocas apariciones. Pero cuando coge el micrófono la polémica está asegurada:

» Trabajar como chinos. “En España tenemos que imitar la cultura del esfuerzo con la que trabajan los chinos en los bazares”.

» Sobre los recortes: “No hay que recortar por recortar. Pero sí hay que frenar el derroche, y España es un país de derroche”.

» Autocrítica en ‘Harvacete’. “Tenemos chirimoyas que parecen balones: las tiras al suelo y rebotan. La gente quiere productos frescos. Eso es obvio, ¿no? Pues a nosotros nos ha costado 30 años darnos cuenta. Los fruteros, sin ir a Harvard, sino a Harvacete, fueron más listos que nosotros”.

» Lecciones de productividad. “Las conejas españolas producen 10 kilos por cada parto. Las francesas, 16,86 kilos. No es que sean mejores, es que allí están obsesionados por la productividad”.

“Desde luego, no es un modelo de diplomacia”, comenta un empresario. Dice lo que piensa, para bien y para mal. Aunque ahora es difícil encontrar en el mundo de los negocios a alguien que no alabe su perspicacia, Roig no apuntaba maneras de líder empresarial. No fue un estudiante brillante. Ni en el colegio de los jesuitas donde estudió primero en Valencia, ni en el internado donde terminó después. Hoy día, en las pocas conferencias que ofrece como empresario, el aforo siempre está completo, lleno de oídos que tratan de averiguar el secreto de su éxito. Pero en la Facultad de Económicas de Valencia tampoco se graduó como el primero de su promoción. De la universidad, eso sí, salió su mayor socia: allí conoció a su mujer, Hortensia Herrero, con la que se casó en 1973. Ella controla hoy el 27% de las acciones de Mercadona y es vicepresidenta.

La lista de Forbes señaló el miércoles que Juan Roig posee la segunda mayor fortuna de España, valorada en 5.800 millones de euros. En realidad, ese es el patrimonio que tiene el matrimonio en conjunto, con su 78% de Mercadona. Parece que al empresario no le emociona demasiado que Forbes haya puesto cifras a su capital. “Lo publican como si el señor Roig tuviera 5.800 millones en el banco. Eso es lo que se supone que vale su participación en las empresas. Y esa cifra es muy relativa”, comenta un colaborador. Lo cierto es que, al no estar en Bolsa, el valor de Mercadona son solo cálculos sobre el papel.

Con Hortensia Herrero, que tiene ahora 62 años, tuvo a sus cuatro hijas: Amparo, las mellizas Hortensia y Carolina, y Juana. De todas, solo Carolina trabaja directamente en Mercadona en este momento, como coordinadora de la división de análisis de mercado. Hortensia es secretaria general de la escuela de negocios EDEM, un proyecto en el que su padre está muy volcado. Amparo es arquitecta. Y la más joven, Juana, “está desarrollando sus propios negocios”, según fuentes cercanas a la familia. Todas sus hijas se sientan en el Consejo de Administración de Mercadona.

A sus 64 años, Juan Roig es ya abuelo de siete nietos. Su familia es sin duda conocida en Valencia. El patriarca no ha escondido a sus hijas, que han participado de la vida social, por ejemplo, como falleras mayores del Convento Jerusalén, una de las fallas con más solera de la ciudad. Pero las apariciones públicas han sido siempre discretas. Nada de grandes saraos en Ibiza rodeadas de reinas del papel cuché. Juana, la hija pequeña, se casó en mayo. Y como si de una marca de la casa se tratara, tampoco la boda fue un evento de millonarios. Del brazo de su padre, la novia bajó del coche en la iglesia de San Nicolás de Valencia, donde un párroco amigo de la familia celebró su enlace con Álvaro Otero, hijo de un cirujano cardiovascular. El convite se celebró en L’Hemisfèric de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. Una celebración muy elegante, sin duda, pero discreta, teniendo en cuenta el poderío familiar.

Como empresario, varias personas que trabajan habitualmente con Roig aseguran que hay una cosa a la que no le gana nadie: curiosidad. Quiere saberlo todo, de primera mano. Pisar las tiendas. Tratar con los proveedores. Dicen que es una de las cosas que le han convertido en el magnate de los supermercados que ahora es. “Roig dice a sus directivos que no deben pasar en su despacho mucho tiempo, porque desde el despacho no se puede ver la vida real”, cuenta otro conocido. Eso, señalan, le ha ayudado a ir siempre por delante, y ver que los españoles le iban a coger el gusto a las marcas blancas, con las que abarrotó sus tiendas justo antes de la crisis. O a darse cuenta de que andar etiquetando todos los productos era un trabajo ingente en el que se perdía mucho tiempo, lo que llevó a sus supermercados a ser la primera empresa en España que, en 1982, instaló los lectores de códigos de barra.

Juan Roig en la boda de su hija el pasado mes de mayo. ampliar foto
Juan Roig en la boda de su hija el pasado mes de mayo.

Roig es un negociador duro, que llega a las reuniones con las decisiones ya meditadas. Mide a sus directivos por la capacidad de obtener resultados y no le tiembla la mano a la hora de despachar a quien no alcanza las metas fijadas. Pero en sus estrategias no se enroca: si algo no funciona, por muy buena que le pareciera la idea al principio, lo cambia, comentan varias personas del mundo de los negocios.

En sus supermercados, entre los empleados, hay días en los que cunde el pánico. Es porque Roig está a punto de llegar.

Nada más entrar, comienza a hacer preguntas. “Puede pedirle datos sobre la afluencia de clientes al coordinador del centro. Pero es probable que también interrogue a la dependienta de la fruta sobre cuántas naranjas se venden”, recuerda una exempleada. A todos los trabajadores, sea cual sea su labor, se les obliga a leer varios libros sobre calidad empresarial; entre ellos, uno llamado Los monstruos y el gimnasio, un relato de Alberto Gálgano entre la parábola y el libro de autoayuda, que se supone enseña a tratar a los clientes como se merecen. Y si en los supermercados hay un uniforme oficial, en las oficinas existe un código de vestuario, al gusto de Roig: traje para los hombres, maquillaje y ropa formal para las mujeres.

Conforme la fortuna del empresario crece, aumenta también su leyenda. Casi se podría escribir un libro de aforismos con los consejos que supuestamente deja caer. Circulan entre sus trabajadores algunos. “Como dice Roig, no tienes que hacer un trabajo que te guste, sino que tienes que hacer que tu trabajo te guste”. Este, dice un empleado, es uno de los que más les repiten los jefes. Cuentan también que a su guardia pretoriana, el equipo de directivos con los que continuamente trabaja, les pide que lleven un céntimo en el bolsillo, para que no se les olvide que trabajan para conseguir arañar ese mismo céntimo a los costes y los precios.

Los que lo conocen dicen también que Roig ha sido siempre tímido. Sorprende esa afirmación, teniendo en cuenta que hablan del hombre que en público animó a los españoles a “imitar la cultura del esfuerzo con la que trabajan los chinos en los bazares”. La timidez “hace que a veces, si está entre personas con las que no tiene confianza, resulte frío”, señala un conocido. Aunque siempre limitó mucho sus apariciones públicas, ahora participa en más eventos y hasta organiza algunos actos para promocionar sus iniciativas filantrópicas. Esa faceta, la de filántropo, la está cultivando especialmente durante los dos últimos años. Siempre apoyó iniciativas deportivas con su dinero, al margen de Mercadona: mientras sus dos hermanos se inclinaron más por el fútbol —Francisco Roig fue presidente del Valencia y Fernando lo es del Villarreal—, él optó por el mucho menos mediático baloncesto y llegó a presidir el Pamesa Valencia (ahora llamado Valencia Basket), del que sigue siendo su mecenas. Pero ahora además ha expandido su programa de apoyo a emprendedores. Varias personas señalan que es porque se siente obligado a devolver a la sociedad parte de lo que la sociedad le ha dado a él. Otra de esas frases que, aseguran, le gusta repetir a Roig. O eso cuenta la leyenda.