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don de gentes

Algo impopular

La clase política protagonista de la corrupción no llegó en un platillo y anuló nuestra voluntad

La basura se acumula en el recinto de Granada en el que miles de jóvenes celebraron la llegada de la primavera el pasado 16 de marzo .
La basura se acumula en el recinto de Granada en el que miles de jóvenes celebraron la llegada de la primavera el pasado 16 de marzo . EFE

En ciertas ocasiones pienso una cosa y la contraria. Y ustedes tienen la culpa. Escribo un artículo exponiendo una idea con una firmeza que hasta a mí me deja asombrada, al día siguiente recibo una carta rebatiendo mi tesis y de pronto veo cómo mi argumento flaquea en matices. No debería decirlo, porque las personas respetables son las que consideran que ceder es rendirse. No debo de ser muy respetable. Pasa que el otro día escribo una columnilla sobre cómo los alemanes celebran la política de castigo económico de Merkel, y una lectora me escribe desde Alemania diciéndome que no todos los alemanes disfrutan penalizando a los del sur y que no toda la responsabilidad sobre lo que ocurre en España es externa. La carta de un lector que te reprende molesta como un pellizco de monja, pero como hace tiempo aprendí a perder una discusión, escribí a esta española que vive en Múnich diciéndole: de acuerdo, tiene usted razón en parte, no todos los alemanes son como Merkel, desgraciadamente sí los que la llevan al poder; de acuerdo, tampoco Alemania es responsable de la burbuja inmobiliaria, sí del crédito fácil que prestó a España para que ellos pudieran reconstruirse como nación. Solamente hubo algo en lo que me mostré radicalmente en contra: la lectora afirmaba que en estos momentos es más in atribuir toda la responsabilidad de la situación a elementos externos que reflexionar sobre aquello que se hizo mal. Y ahí sí que no. Estoy tan acostumbrada a llevarme más de un palo por ser poco in entre los que son de mi cuerda que considero injusta esa apreciación. Es cierto que lo más popular en estos momentos es afirmar que la clase política y empresarial que protagonizó la corrupción nada tenía que ver con nosotros, que todos ellos llegaron a España en un platillo volante y con sus poderes diabólicos anularon nuestra voluntad. Y que lo único que haría falta para acabar con esta invasión de sinvergonzonería y mediocridad sería encontrar el platillo para mandarlos de vuelta a su planeta.

No, ya no me importa ser impopular o que alguien me escriba diciéndome: “Usted me ha decepcionado”, que puede traducirse como: “¿Por qué no escribe usted exactamente lo que pienso yo en todos los aspectos de la vida?”. Nada mejor que un ejemplo para mostrar mi escaso interés en ser superguay. Es algo sobre lo que todos aquellos que en algún momento hemos mostrado nuestro desagrado sabíamos que saldríamos escaldados. Ocurrió de nuevo la semana pasada. El histórico botellón, esa tradición española de unos veinte años de antigüedad consistente en que miles de jóvenes, algunos menores de edad, se reúnen en una plaza para beber hasta morir durante toda una noche dejando a su marcha un rastro de orines, vómitos y botellas de plástico. Siempre que algún periodista aborda en un reportaje el asunto tiene la deferencia de entrecomillar las palabras de un joven reivindicativo que justifica su actitud diciendo que los bares son demasiado caros como para poder beberse en ellos más de una copa. Es posible que algunos padres de los que leen por la mañana el periódico mientras el hijo todavía duerme la mona suspiren pensando en ese mundo tan injusto en el que su chico no puede emborracharse acodado a una barra como está mandado y tiene que hacerlo, ay, a la intemperie. Queda feo apostillar que son muchos los adultos que tampoco tienen dinero para tomarse más de una o dos copas. Y más feo aún añadir que puede que sea mejor tomarse solo una o dos copas.

Pero los Ayuntamientos, urgidos por los vecinos que estaban hasta el moño de no poder dormir, decidieron sacar el bebercio de la ciudad y crear botellódromos, espacios de ocio imprescindibles en cualquier sociedad civilizada que nacen con la pretensión de acabar con esa injusticia insoportable de que un joven solo pueda tomarse una copa y evitar, a un tiempo, las airadas protestas de los intolerantes vecinos. Los botellódromos se situaron en las afueras, de tal manera que en Granada dicho espacio cultural se encuentra en uno de los accesos a la ciudad. Allí acudieron la semana pasada 18.000 criaturas que con su sola presencia provocaron un atasco causante de retenciones de hasta seis kilómetros en la carretera de circunvalación, dejando atrapados en sus coches a todos aquellos sosainas que no participaban en dicho evento cultural. Como resultado de la velada se recogieron 49 toneladas de basura, dejando a un lado el gasto en efectivos de policía local, autonómica y nacional enviados para custodiar este acontecimiento bautizado poéticamente como la Fiesta de la Primavera. Los empresarios de los hipermercados, contagiados también de la fe juvenilista de la que es devota la clase política, le han propuesto al Ayuntamiento trasladar a los chiquillos a un solar muy bonito que hay a tomar por saco. El caso es que a nadie se le pasa por la cabeza que tal vez ese presupuesto que se destina a proteger a los participantes del evento y borrar la huella de la basura que dejan a su paso pudiera dedicarse a algo más provechoso. Puedo sonar viejuna diciendo esto, pero no saben la ilusión que me haría el que fueran otros jóvenes los que reclamaran que lo que se gasta en tal gilipollez se dedicara a potenciar un futuro que pinta bastante negro.

El dinero para proteger a los participantes del botellón podría dedicarse a algo más provechoso

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