Estados Unidos
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

No intenten apaciguar a los terroristas económicos

Los republicanos quieren usar una peculiaridad legal para torpedear el aumento del límite de deuda del Gobierno

Janet Yellen, secretaria del Tesoro de Estados Unidos.
Janet Yellen, secretaria del Tesoro de Estados Unidos.EFE

Hace unos días recibí un mensaje de texto automático de mi banco. Por alguna razón, el algoritmo de la entidad marcó un cargo válido a mi tarjeta de débito como un posible error. El texto me pedía que verificara la compra. En un mundo racional, aumentar el límite de la deuda federal se consideraría el equivalente a teclear sí en respuesta al mensaje para reconocer una compra ya hecha. No, aumentar el límite de la deuda no da carta blanca al presidente para gastar lo que quiera. Sencillamente, permite que el Gobierno cumpla sus promesas, que van desde el pago de los intereses de sus préstamos hasta el envío de cheques a los beneficiarios de la Seguridad Social. Estas promesas, debidamente autorizadas por el Congreso, superan la cantidad prevista de impuestos y otros ingresos, de manera que deben cumplirse, en parte, mediante créditos, pero este es el procedimiento operativo normal, y los mercados financieros están encantados de prestarnos el dinero.

Por desgracia, una peculiaridad del proceso presupuestario de Estados Unidos exige que el Congreso, una vez promulgada la legislación presupuestaria, vuelva a votar para autorizar al Tesoro a recaudar los fondos necesarios para cumplir la ley. Y los republicanos se preparan ahora para convertir esa peculiaridad en un arma.

Esta semana alcanzamos oficialmente el límite de deuda, pero las maniobras contables pueden aplazar una crisis varios meses. Ahora bien, ¿qué ocurrirá cuando esas maniobras se agoten? Las operaciones del Gobierno se verán interrumpidas. Las afirmaciones de los republicanos de que tienen una forma de “dar prioridad” a determinados pagos y cumplir algunas promesas pero no otras son casi con toda seguridad un disparate. Incluso si, pongamos por caso, se pudiera mantener el pago de los intereses, dejaríamos a todo el mundo, desde los inversores hasta los proveedores, con la duda de si se puede confiar en que Estados Unidos pague sus facturas.

Además, la deuda estadounidense desem­peña un papel especial en los mercados mundiales, que consideran las obligaciones federales el activo seguro por excelencia, garantía de muchas transacciones. Si los inversores pierden la confianza en que el Tesoro cumplirá sus promesas, podría producirse un colapso financiero mundial. Una crisis de deuda, por tanto, sería mala y posiblemente catastrófica. ¿Deberían entonces los demócratas ceder a las demandas republicanas?

No. Un partido que controla a duras penas una de las Cámaras del Congreso no debería poder imponer políticas profundamente impopulares al conjunto del país.

Y ni siquiera está claro que el Gobierno de Biden pudiera rendirse si quisiera hacerlo. La actual cosecha de republicanos de la Cámara de Representantes hace que el Tea Party, que utilizó el límite de deuda para chantajear al presidente Obama, parezca razonable. El actual Partido Republicano ni siquiera parece que tenga un conjunto coherente de demandas; no es impensable que un número significativo de asambleas ciudadanas quieran una crisis y prefieran “ver al mundo arder” con un Gobierno demócrata.

Así las cosas, ¿cuáles son las alternativas? Principalmente, veo tres vías posibles.

En primer lugar, aunque no deje de ser desconcertante que los demócratas no elevaran el límite de deuda cuando aún controlaban el Congreso, todavía podría haber una solución legislativa: cabría la posibilidad de que solicitaran que el proyecto se retirara de la comisión y se devolviera al hemiciclo para forzar una votación sobre el aumento del límite de deuda a pesar de la oposición de los líderes republicanos. Esta opción tardaría su tiempo y necesitaría del apoyo de un puñado de representantes republicanos cuerdos, pero merece la pena intentarlo.

En segundo lugar, probablemente se podría utilizar la ingeniería financiera para eludir el límite de deuda. La propuesta más conocida consiste en acuñar una moneda de platino con un valor nominal, por ejemplo, de un billón de dólares, depositarla en la Reserva Federal e ir gastando de la cuenta bancaria así abierta. Lo crean o no, es casi seguro que sería legal.

Otra opción sería recaudar dinero emitiendo “bonos con prima” cuando venzan las deudas existentes, es decir, títulos cuyo valor nominal es igual al de los bonos que sustituyen, de manera que, oficialmente, no aumentan la deuda, pero ofrecen tipos de interés elevados, lo que permite venderlos por un valor muy superior al teórico.

Por supuesto, se trataría de trucos financieros. ¿Y qué si lo son? Si hay que recurrir a artimañas para frustrar los planes de extremistas destructivos facultados por un capricho legal y evitar la catástrofe financiera, que así sea. Por último, hay un par de opciones que considero constitucionales. Según la 14ª Enmienda de la Constitución, la validez de la deuda pública “no deberá ser cuestionada”, lo cual podría interpretarse como una razón para ignorar el techo de la deuda en vez de incumplir los pagos.

Por otro lado, parece justo decir que la Casa Blanca se enfrenta a exigencias incompatibles. El Congreso ha especificado, a través de leyes debidamente promulgadas, los niveles de gasto e impuestos federales. Sin embargo, una de las Cámaras parece dispuesta a decirle al presidente que no puede recaudar el dinero que necesita para obedecer la legislación anterior. Ya que parece que el presidente Joe Biden no puede evitar incumplir al menos algunas leyes si no se eleva el techo de la deuda, ignorar este techo puede ser la opción “menos inconstitucional”. ¿Qué vía deberían seguir los demócratas? Yo diría que todas. Sobre todo, no es momento de que las autoridades se preocupen por parecer tontas o poco dignas. El Gobierno de Biden se enfrenta a la amenaza del terrorismo económico. Suena extremo, pero, básicamente, es a lo que equivale crear artificialmente una crisis de deuda. Y el Gobierno debe hacer lo necesario para hacer frente a esa amenaza.

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