GLOBALIZACIÓN
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Acertar con la desglobalización

De repente, todos reconocen que al menos algunas fronteras nacionales son clave para la economía y la seguridad

Tomás Ondarra

La primera reunión del Foro Económico Mundial en más de dos años fue sensiblemente diferente a las numerosas conferencias de Davos anteriores a las que he asistido desde 1995. No fue solo que la nieve deslumbrante y los cielos despejados de enero fueran sustituidos por pistas de esquí desnudas y una llovizna sombría de mayo. Más bien fue que un foro tradicionalmente comprometido con la defensa de la globalización se ocupó principalmente de los fracasos de la globalización: cadenas de suministro rotas, inflación de los precios de los alimentos y la energía, y un régimen de propiedad intelectual (PI) que dejó a miles de millones de personas sin vacunas covid-19 simplemente para que unas pocas empresas farmacéuticas obtuvieran miles de millones de beneficios adicionales.

Entre las respuestas propuestas a estos problemas están la reubicación o la localización en territorios amigos de la producción y la promulgación de “políticas industriales para aumentar la capacidad de producción de los países”. Atrás quedaron los días en los que todo el mundo parecía trabajar por un mundo sin fronteras; de repente, todos reconocen que al menos algunas fronteras nacionales son clave para el desarrollo económico y la seguridad.

Para quienes antes defendían la globalización sin trabas, esta vuelta de tuerca ha provocado una disonancia cognitiva, ya que el nuevo conjunto de propuestas políticas implica que las normas del sistema de comercio internacional, que funcionan desde hace mucho tiempo, serán modificadas o rotas. Incapaces de conciliar la deslocalización con el principio del comercio libre y no discriminatorio, la mayoría de los líderes empresariales y políticos de Davos recurrieron a los lugares comunes. Hubo poca reflexión sobre cómo y por qué las cosas han ido tan mal, o sobre el razonamiento defectuoso e hiperoptimista que prevaleció durante el apogeo de la globalización.

Claro que el problema no es solo la globalización. Toda nuestra economía de mercado ha mostrado una falta de resiliencia. Esencialmente, fabricamos coches sin rueda de repuesto, rebajando unos pocos dólares en el precio de hoy y prestando poca atención a las exigencias futuras. Los sistemas de inventario “justo a tiempo” fueron innovaciones maravillosas, siempre que la economía se enfrentara únicamente a pequeñas perturbaciones; pero fueron un desastre ante los confinamientos por covid-19, creando cascadas de escasez de suministros (como cuando la falta de microchips llevó a la falta de coches nuevos).

Como advertía en mi libro de 2006, Cómo hacer que funcione la globalización, los mercados hacen un pésimo trabajo a la hora de “poner precio” al riesgo (por la misma razón que no ponen precio a las emisiones de dióxido de carbono). Pensemos en Alemania, que decidió que su economía dependiera de los suministros de gas de Rusia, un socio comercial obviamente poco fiable. Ahora se enfrenta a unas consecuencias que eran predecibles y se habían predicho.

Como reconoció Adam Smith en el siglo XVIII, el capitalismo no es un sistema autosostenible, porque hay una tendencia natural al monopolio. Sin embargo, desde que el presidente estadounidense Ronald Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher iniciaran una era de “liberalización”, el aumento de la concentración del mercado se ha convertido en la norma, y no solo en sectores de alta visibilidad como el comercio electrónico y las redes sociales. La desastrosa escasez de leche infantil en Estados Unidos esta primavera fue en sí misma consecuencia de la monopolización. Después de que Abbott se viera obligada a suspender la producción por motivos de seguridad, los estadounidenses no tardaron en darse cuenta de que una sola empresa acapara casi la mitad de la oferta en Estados Unidos.

Las ramificaciones políticas de los fracasos de la globalización también quedaron patentes en Davos este año. Cuando Rusia invadió Ucrania, el Kremlin recibió inmediatamente una condena casi universal. Pero tres meses después, los mercados emergentes y los países en desarrollo han adoptado posiciones más ambiguas. Muchos señalan la hipocresía de Estados Unidos al exigir responsabilidades por la agresión de Rusia pese a que ellos invadieron Irak con falsos pretextos en 2003.

Los mercados en desarrollo también subrayan la historia más reciente de nacionalismo vacunal por parte de Europa y Estados Unidos, que se ha mantenido gracias a las disposiciones de PI (propiedad intelectual) de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que se les impusieron hace 30 años. Y son los mercados en desarrollo los que ahora soportan el peso del aumento de los precios de los alimentos y la energía. Junto con las injusticias históricas, estos acontecimientos recientes han desacreditado la defensa occidental de la democracia y el sistema de derecho internacional. Sin duda, muchos países que se niegan a apoyar la defensa de la democracia por parte de Estados Unidos ni siquiera son democráticos. Pero otros países sí lo son, y la posición de Estados Unidos para liderar esa lucha se ha visto socavada por sus propios fracasos, desde el racismo sistémico y el coqueteo de la Administración de Trump con los autoritarios hasta los persistentes intentos del Partido Republicano de suprimir el voto y desviar la atención de la insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio de Estados Unidos.

La mejor manera de avanzar para Estados Unidos sería mostrar una mayor solidaridad con los países en desarrollo, ayudándoles a gestionar los crecientes costes de los alimentos y la energía. Esto se podría hacer mediante la reasignación de los derechos especiales de giro de los países ricos (el activo de reserva del Fondo Monetario Internacional), además de apoyar una fuerte exención de derechos de propiedad intelectual de la covid-19 en la OMC.

Además, es probable que los altos precios de los alimentos y la energía provoquen crisis de deuda en muchos países pobres, agravando aún más las trágicas desigualdades de la pandemia. Si Estados Unidos y Europa quieren mostrar un verdadero liderazgo mundial, dejarán de ponerse de parte de los grandes bancos y acreedores que incitaron a los países a endeudarse más de lo que podían soportar.

Tras cuatro décadas de defensa de la globalización, está claro que la gente de Davos falló en su gestión. Prometieron prosperidad tanto para los países desarrollados como para los países en desarrollo. Pero mientras los gigantes corporativos del norte se enriquecían, los procesos que podrían haber mejorado la situación de todos se ganaron enemigos en todas partes. La “economía del goteo”, la afirmación de que el enriquecimiento de los ricos beneficiaría automáticamente a todos, fue una estafa, una idea sin teoría ni pruebas que la respaldaran.

La reunión de Davos de este año ha sido una oportunidad perdida. Podría haber sido una ocasión para reflexionar seriamente sobre las decisiones y políticas que han llevado al mundo adonde se encuentra hoy. Ahora que la globalización ha alcanzado su punto álgido, solo nos queda esperar que gestionemos mejor su declive que su auge.

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es catedrático de la Universidad de Columbia y miembro de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Internacional de las Empresas.

© Project Syndicate 1995-2022. Traducción de News Clips.


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