La crisis energética revive el debate sobre la nuclear

Al anuncio de Francia, que construirá nuevas centrales para ganar soberanía y reducir emisiones, se suman los planes del Reino Unido o Japón. El encarecimiento del gas natural da alas a sus defensores

La central nuclear francesa Tricastin, a mediados de octubre.
La central nuclear francesa Tricastin, a mediados de octubre.PHILIPPE DESMAZES (AFP)

Los caminos económicos derivados de la pandemia son inescrutables. Pocos analistas supieron anticiparse al brutal encarecimiento del gas y del carbón, y prácticamente nadie logró predecir el monumental atasco en las cadenas de suministro que traería consigo la recuperación. Menos aún, que la nuclear iba a regresar con fuerza al centro del tablero energético tras más de una década de declive en Europa, la transcurrida desde el accidente de Fukushima.

Emmanuel Macron movió ficha la semana pasada, en plena cumbre climática de Glasgow y a seis meses vista de las elecciones presidenciales, al anunciar nuevos reactores en Francia, ya de por sí el país de la Unión Europea en el que más peso tiene la energía atómica. París, que en paralelo presiona a la Comisión Europea para que otorgue a esta tecnología la etiqueta de “verde” en su nueva clasificación energética, devolvía así todos los focos a una tecnología que, aunque libre de CO₂, dista mucho de ser limpia. No ha sido, sin embargo, el único paso en esa dirección. El Reino Unido acaba de otorgar a la nuclear un papel central en sus últimos planes de descarbonización y soberanía energética, al tiempo que anunciaba su respaldo político y financiero a un proyecto de Rolls-Royce para el desarrollo de minirreactores, que están atrayendo la mirada tanto del mundo emergente como de países europeos como Holanda o República Checa.

Fuera de Europa, China sopesa la construcción de 150 nuevos reactores en los 15 próximos años, según Bloomberg, tantos como el mundo en su conjunto ha levantado en los últimos 35. Su objetivo es doble: atender su ingente apetito energético y dar esquinazo al carbón, de largo el combustible más contaminante y que aún aporta más de la mitad de la electricidad que consume. Incluso en Japón, donde la nuclear ha sido anatema desde el desastre de Fukushima, el nuevo primer ministro, Fumio Kishida, ha defendido en las últimas semanas el regreso a la actividad de la veintena de reactores que permanecen inactivos diez años después del accidente.

Subida de precio del uranio

Uno de los mejores indicadores del creciente interés —por ahora, al menos en el plano retórico— por la energía atómica es el precio del uranio. Tras años de depresión, y al calor de los nuevos planes de instalación de reactores, el valor de este elemento está hoy en máximos de casi una década. Aunque aún a años luz de su pico de 2007 —cuando más que triplicaba los valores actuales—, ya está claramente por encima de la media histórica.

“La nuclear se está volviendo a poner de moda, desde luego”, confirma por teléfono Carolina Anhert, catedrática emérita de Ingeniería Nuclear de la Universidad Politécnica de Madrid. “Hay que buscar un complemento a las renovables, y la disyuntiva es entre el carbón, el gas o la nuclear”.

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Jacopo Buongiorno, del Massachusetts Institute of Technology (MIT), observa una doble tendencia. La primera, el auge de los pequeños reactores, más baratos, más rápidos de construir y que se publicitan como más seguros. La segunda, el fomento del uso de las centrales nucleares más allá de la tradicional generación de electricidad: para producir calor para procesos industriales, para la desalinización de agua de mar o incluso para la generación de hidrógeno para el transporte. Una derivada, esta última, que también recoge el influyente organismo Bloomberg New Energy Finance en su último informe anual.

“La oleada que estamos viendo se centra en ese papel más amplio que esta energía puede desempeñar”, afirma Buongiorno, que ve falaz la disyuntiva entre nuclear y renovables: el mundo, dice, “necesita ambas”. En ese esquema, la nuclear sería una tecnología de respaldo de la fotovoltaica y de la eólica para cuando no hace sol ni sopla demasiado viento, exactamente el rol que hoy tienen asignado el gas o el carbón. “Los reactores modernos ya pueden adaptar su producción de electricidad a la demanda que hay en cada momento”, defiende en la misma línea Henryk Anglart, profesor de Ingeniería Nuclear del Real Instituto de Tecnología de Suecia.

Pese a la reciente sucesión de anuncios, en los últimos años el peso de la nuclear en la matriz eléctrica global ha seguido una tendencia claramente decreciente. Hoy, esta tecnología suministra alrededor del 10% de la electricidad que se consume en el mundo, y mientras la demanda continúa al alza, la producción que aporta la nuclear se ha mantenido constante las dos últimas décadas en el entorno de los 2.500 teravatios hora (unas diez veces el consumo español), como recuerda Patrick Graichen, director ejecutivo del think tank alemán Agora Energiewende. “Dado que las centrales están envejeciendo rápidamente, los anuncios que estamos viendo podrán, como mucho, reemplazar las que van cerrando”, apostilla. “Pero un renacimiento de la nuclear [en Europa] que aumente realmente su importancia está muy lejos de ser una realidad”.

“En Occidente puede haber anuncios específicos, como el de Francia, pero no se espera un gran repunte”, opina Alejandro Zurita, exfuncionario europeo con una dilatada experiencia internacional en este campo. Sí aboga, sin embargo, por considerar la posible prolongación, de forma segura, del periodo de operación de los reactores en funcionamiento: lo contrario, afirma, sería “renunciar a una fuente de energía fiable y amortizada”. Con todo, apostilla, el futuro de esta energía a escala global “pasa claramente por tres países: China, India y Corea del Sur”.

En Asia, como dice Zurita, el crecimiento de la demanda eléctrica sigue siendo vertiginoso y la necesidad de descarbonizar rápidamente, imperiosa. Pedro Linares, catedrático de la Universidad Pontificia de Comillas y director del centro de investigación Economics for Energy, lo corrobora: “Allí la nuclear sí tiene sentido. Es menos cara, tanto por los requisitos para su instalación como por la tecnología estandarizada. Además, la oposición social es mucho menor”.

Más cara que las renovables

Los precios del gas natural, por las nubes, están dando alas a quienes, como Anhert, Buongiorno o Anglart, defienden las bondades de esta tecnología. Otros, sin embargo, dudan del recorrido que pueda tener esta suerte de revival nuclear. “Es muy cara. En Occidente, salvo en momentos muy puntuales, como ahora, en los que el gas está tan caro, no es capaz de competir con un ciclo combinado [las centrales en las que se quema gas natural para generar electricidad] y menos aún con las renovables”, explica el catedrático Linares.

“Las nucleares de tercera generación [las más modernas, hasta que los minirreactores sean una realidad tangible] son la fuente de energía más cara del mundo, como hemos visto en los últimos proyectos desarrollados en Francia o en el Reino Unido. Más aún si se construyen para actuar como respaldo de las renovables”, remarca Graichen. “Y los minirreactores aún no han demostrado ser viables técnica y económicamente”, opina. En su lugar, el técnico alemán apuesta por el desarrollo conjunto de la eólica y la solar, y de las baterías y el hidrógeno verde para aprovechar los excedentes. “Sería una combinación ganadora en todo el mundo, y la forma más barata de construir un sistema eléctrico 100% limpio”.

El consultor y ambientalista Mycle Schneider también pone el foco en la cuestión económica: el coste de la electricidad generada por un reactor nuclear nuevo, dice, es “cuatro veces superior” a la procedente de fuentes renovables de segunda generación —eólica y solar— y tardan “cinco veces más” en ser conectadas a la red —por el dilatado periodo de construcción de una central atómica—. “Eso, por no hablar de su eficiencia. Cada euro gastado en nuevas nucleares empeora la crisis climática”, sentencia por correo electrónico.

Sobre la firma

Ignacio Fariza

Es redactor de la sección de Economía de EL PAÍS. Ha trabajado en las delegaciones del diario en Bruselas y Ciudad de México. Estudió Económicas y Periodismo en la Universidad Carlos III, y el Máster de Periodismo de EL PAÍS y la Universidad Autónoma de Madrid.

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