Opinión
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El directorio reacciona

La locomotora francoalemana proclama que sigue jugando un “papel decisivo”, pero el lío pandémico francés y la incógnita electoral alemana lo relativiza

El ministro de Finanzas alemán, Olaf Scholz (en la pantalla) escucha al ministro francés de Economía, Bruno Le Maire, este miércoles durante su intervención en París.
El ministro de Finanzas alemán, Olaf Scholz (en la pantalla) escucha al ministro francés de Economía, Bruno Le Maire, este miércoles durante su intervención en París.ERIC PIERMONT / AFP

La ceremonia que los ecofines de los grandes países comunitarios celebraron ayer consagra un simbólico directorio a cuatro. La excusa era pedir celeridad a todos para que aprueben ya sus planes de recuperación. E incitar a la Comisión a que los bendiga asap. Cuanto antes.

Era hora. La locomotora francoalemana proclama que sigue jugando un “papel decisivo”, pero el lío pandémico francés y la incógnita electoral alemana lo relativiza. De ahí que busque la compañía italo-española.

Era hora porque, como dijo el francés Bruno Le Maire, “hemos perdido demasiado tiempo” desde que la cumbre de julio aprobó el plan de recuperación Next Generation EU. Y mientras, otros cabalgan. China, al modo autocrático y sin reglas de su PIB galopante.

EE UU, recuperando a la velocidad de la luz los principios, valores y propuestas europeístas: multilateralismo (impuesto de sociedades global; suspensión de aranceles); biblia climático-ecológica; agenda social (sanidad, infraestructuras). ¡Y los tristes decían que el soso Joe Biden no existía, que el trumpismo seguiría reinando! Bravatas. Por eso “la UE debe permanecer en la carrera”. Relanzar su plan. Justo, la reacción de ayer.

Pero hay que dotar ese propósito con más programa que la (trascendental) velocidad. El primer impulso junto a los nihil obstat de turno deberá ser adecuarlo, ampliarlo: no bastarán los 750.000 millones de euros. Biden nos enseña que no solo urge un relanzamiento económico mediante todos los impulsos fiscales y monetarios útiles, sino también la ambición de competir por la hegemonía.

El segundo impulso convendría que viniera de una mayor interacción entre los planes de los 27, que maximice el multiplicador de las inversiones nacionales concretas. Llegan indicios de que hay pocos proyectos público/privados transnacionales, que aúnen esfuerzos en distintos Estados miembros. Y mucha reiteración y duplicación inercial.

Y el tercero es ampliar el foco. España, con Bélgica, ha iniciado esa tarea ante la inminente cumbre social de Oporto. Propone completar el plan Marshall con una más explícita dimensión social. ¿Cómo? Articulando un nuevo procedimiento europeo, con objetivos claros (gasto en sanidad y educación), reglas definidas (un cuadro de mando de estándares), y techos cifrados (evaluación de resultados) en el ámbito social/laboral.

O sea, que se erija en tercer ángulo de las reglas fiscales de un novado Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) y del Procedimiento de Desequilibrios Macroeconómicos, que cabría convertirlo en más vinculante. De entrada, esa propuesta tiende a esterilizar un retorno sin cambios al viejo PEC.

El peaje de un directorio es ampliar el abanico de propuestas. La Italia de Draghi y la España que tanto contribuyó a alumbrar el Next Generation tienen energía y pueden ahondar su complicidad: no suman cero. Y Europa necesita muchas sumas, cuando además los jefes de las instituciones comunes arrellanan sus siestas en sofás estúpidos.

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