CRISIS DEL CORONAVIRUS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La vulnerabilidad de España

No puede descartarse que una gran parte de los trabajadores incluidos en ERTE acabe en el desempleo

Tomás Ondarra

La crisis económica provocada por la propagación de la pandemia dispone de singularidad suficiente frente a otras anteriores. Se han buscado analogías con guerras, catástrofes naturales e incluso con invasiones extraterrestres, como sugirió el pasado domingo Kenneth Rogoff en este mismo suplemento. No es necesario llegar a una presunción como la del profesor de Harvard para convenir en la personalidad propia de esta crisis, pero tampoco despreciaría algún denominador común con la que se propagó desde el sistema financiero estadounidense a partir del verano de 2007. Uno de los más importantes, sin duda, sería la rapidez con que esta invasión vírica ha llegado a Europa.

Con el epicentro bien distante, la eurozona soporta las peores consecuencias económicas de la pandemia. Su origen nada tiene que ver con factores específicos de sus economías, pero, al igual que en 2007, como si se tratara de una maldición recurrente, serán las economías consideradas periféricas las que más sufrirán. Aun cuando la incertidumbre acerca de la evolución de la pandemia y de sus ramificaciones económicas no permita confiar sino en rangos amplios de variación del crecimiento económico en este año y los siguientes, lo que puede asumirse es que las contracciones más pronunciadas tendrán lugar en Grecia, Italia, España y Portugal. Sin necesidad de entrar en las socorridas disquisiciones sobre la caligrafía de la recuperación, también se podría convenir con la información hoy disponible que la intensidad de la recuperación para esas economías será inicialmente inferior a la del desplome: la V o la U tendrían un segundo tramo con menor pendiente. Los mismos factores que han propiciado el rápido contagio de economías como la nuestra pueden retrasar y, en todo caso, ralentizar el ritmo de recuperación y, quizás lo más relevante, de reconstrucción. Entre los más destacados para la economía española estarían los siguientes.

1. Severidad del confinamiento. La vinculación entre duración de la reclusión e intensidad de la contracción del PIB es muy estrecha. En España, donde el contagio arraigó pronto y de forma intensa, el confinamiento está siendo de los más estrictos y duraderos, con impacto significativo en los sectores que más contribuyen a la determinación del PIB.

2. Estructura productiva de la economía española. Todas las actividades económicas han quedado afectadas por la reducción de la movilidad de las personas, pero la vuelta a la normalidad será más lenta en aquellas vinculadas al sector turístico, hostelería y, desde luego, al transporte aéreo. Este no solo será el año en que se trunque esa larga racha de récords de visitantes e ingresos de turismo extranjero. Será también el que probablemente abra una reconversión sin precedentes en ese sector. Pero otros importantes en la industria española, el del automóvil entre ellos, añaden a sus problemas previos a esta crisis los derivados de las perturbaciones en las cadenas de producción transfronterizas.

3. Censo empresarial. En gran medida consecuente con la estructura sectorial de nuestra economía, el protagonismo de las pequeñas empresas en la determinación del PIB es muy importante. De los 3,6 millones de empresas que aporta el último censo empresarial del INE, un 81% opera en el sector servicios, de los que el comercio representa un 23% del total; la industria apenas alcanza el 6%, y la construcción, el 13%. Esa elevada concentración sectorial ayuda a explicar la dimensión media reducida de las empresas: solo el 4% de todas las empresas españolas tienen 10 o más trabajadores; el 90% no tienen más de cuatro. La relación también es estrecha entre tamaño y capacidad defensiva frente a choques como el que ahora sufrimos: a pesar de los apoyos públicos, la tasa de mortalidad empresarial es muy elevada.

4. Mercado de trabajo. Difícil de disociar también de los dos factores precedentes es la existencia de un mercado de trabajo dominado por una proporción creciente de contratos temporales y mecanismos flexibles de despido. Como ha ocurrido en otras crisis, el ascenso del desempleo es también más rápido y significativamente superior al promedio de la eurozona. En esta ocasión también, a pesar de los apoyos financieros a las empresas y de esos más de cuatro millones de trabajadores incluidos en ERTE. No puede descartarse que una parte significativa de los trabajadores incluidos en esos expedientes acaben directamente en el desempleo.

5. Margen de maniobra presupuestario. A diferencia también de las economías centrales de la eurozona, la nuestra ha concretado un plan de estímulo menos ambicioso. Las decisiones han sido sustancialmente las mismas que las adoptadas por el Gobierno alemán, pero una semana más tarde y con una dotación cuantitativa mucho menor. Con todo, esa utilización mucho más moderada de la política fiscal no va a impedir que el aumento del gasto derivado de esos estímulos y el desplome de los ingresos tributarios sitúen nuestro déficit y deuda pública muy por encima del promedio europeo.

Frente a esos rasgos vulnerables, apenas podrán actuar como paliativos algunas de las ventajas que nuestra economía acentuó en los últimos años, como es la reducción del endeudamiento privado, la mayor solvencia del sistema bancario o el aumento de la propensión exportadora de las empresas. Estas volverán a exhibir probablemente ventajas en costes, pero se toparán con la debilidad de la demanda de nuestros socios comerciales y con un entorno internacional en el que se acentuará el proteccionismo y la desconfianza de las empresas multinacionales en la dispersión geográfica de las cadenas de producción. Es igualmente probable que la recuperación de aquellas economías de la eurozona con mayor margen de maniobra fiscal se asiente en ayudas públicas a las empresas que fortalezcan no siempre de forma limpia sus ventajas competitivas.

Es por eso por lo que la economía española, al igual que las otras periféricas, depende de las políticas comunitarias para asentar su recuperación y la consiguiente reconstrucción. Han de ser decisiones que sin incorporar más deuda pública inmediata a las economías nacionales garanticen más demanda en el corto plazo y más inversión en el medio. Ese era el propósito del plan de reconstrucción sobre el que discutió el último Consejo Europeo, que permitiría acelerar esas dos transiciones pendientes de la UE: la energética invirtiendo en tecnologías e infraestructuras compatibles con el cumplimiento de los compromisos de París 2015, demostrando en definitiva la estrecha complementariedad entre recuperación y sostenibilidad, y la transición tendente a recuperar el terreno perdido en la inserción en la economía digital.

La ausencia de un plan inversor suficientemente ambicioso, expresivo de la necesaria cohesión, solvencia y modernización de la eurozona, volvería a situar a esta en un escenario propicio a tensiones financieras como las que culminaron en el verano de 2012. La favorable disposición del BCE es una diferencia importante, pero esa tutela excepcional seguirá poniéndose a prueba no solo por los mercados de bonos, sino también por algunos Gobiernos. El riesgo asociado al deterioro de la situación en Italia no puede minimizarse. La más pronunciada recesión, tensiones políticas nacionales y con las propias instituciones europeas, descenso de la identificación ciudadana con la unión monetaria y, no menos inquietantes, degradaciones adicionales de las agencias de rating conforman una mala combinación, no solo para la tercera economía más importante de la eurozona, sino también para reducir la vulnerabilidad al contagio de la cuarta, la nuestra.

En Twitter: @ontiverosemilio

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