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Los inversores recelan del todopoderoso Erdogan

Los empresarios ven que el presidente turco ha creado un Estado a su medida con el pretexto de aligerar la burocracia y centralizar la toma de decisiones

Estambul, capital económica de Turquía.
Estambul, capital económica de Turquía. Getty

El pasado 10 de julio, Garanti se se desplomó en el parqué de Estambul: casi 2.600 millones de liras (465 millones de euros) en títulos del mayor banco privado turco, en el que BBVA es el accionista de referencia, fueron vendidos durante una sola sesión de la bolsa turca, haciendo caer el precio de la acción un 8,2%. Al día siguiente las cosas fueron aún peor: la acción bajó otro 11%.

Pero lo sucedido poco tenía que ver con la situación del banco, que en el primer trimestre del año registró unos ingresos netos de 2.000 millones de liras. Se debía a lo sucedido a última hora del lunes 9 de julio el Palacio presidencial: allí el presidente Recep Tayyip Erdogan anunció que entregaba la nueva cartera de Hacienda y Finanzas a su yerno, Berat Albayrak. Al día siguiente, la espantada en la Bolsa de Estambul fue general. A Garanti, el más afectado por las ventas, le siguieron Turkish Airlines, la armamentística Aselsan y varios bancos turcos. “Los vendedores son, en gran medida, fondos de inversión extranjeros que llevaban muchos años en el país y que han decidido deshacer sus posiciones asumiendo pérdidas porque no están dispuestos a sufrir más riesgos”, explican fuentes bancarias.

La designación del yerno como nuevo ministro de Finanzas hundió el mercado

En principio, no hay nada que los mercados puedan objetar al currículum de Albayrak: completó sus estudios de Administración de Empresas con un máster en Nueva York y tiene experiencia como directivo en EEUU y Turquía. Como ministro de Energía, su anterior cargo, ha rubricado importantes proyectos, por ejemplo, lacentral nuclear ruso-turca de Akkuyuo un principio de acuerdo gasístico con Israel. “Tiene experiencia práctica y teórica en el sector financiero y ha trabajado con éxito en el sector privado”, defendió Erdogan su elección. Pero Albayrak, desde su matrimonio con Esra Erdogan, nunca ha dejado de seguir los dictados de su suegro. Como consejero delegado del consorcio Çalik, contribuyó en dos ocasiones (2007 y 2013) a salvar el grupo Sabah, punta de lanza del emporio mediático que el mandatario turco ha tejido a su alrededor, y evitar que empresarios extranjeros o afines a la oposición pudiesen hacerse con su control. Además, de acuerdo a correos electrónicos hackeados y hechos públicos por varios medios, Albayrak diseñó una amnistía fiscal para permitir a su antiguo patrón, Ahmet Çalik, repatriar su dinero del exterior sin apenas coste. El resto de los empresarios implicados en el rescate de Sabah también fueron premiados: hoy construyen el nuevo aeropuerto de Estambul.

Cosas de familia

Lo que preocupa es esta cercanía a su suegro y a sus heterodoxas ideas sobre política monetaria: “los intereses son la madre de todos los males” y bajándolos se consigue reducir también la inflación, ha dicho Erdogan en varias ocasiones durante los últimos años. “Están perdiendo toda credibilidad”, lamenta un alto directivo de banca. No es el único, otros colegas de su sector confiesan sorpresa y creen que el nombramiento de su yerno, en un momento crítico para la economía turca, ha sido una muestra de autoridad innecesaria. Podría haber nombrado a alguien respetado por los actores financieros como sus antecesores Mehmet Simsek o Naci Agbal y seguir influyendo en las políticas económicas como hacía. Más ahora que ha entrado en vigor el nuevo sistema presidencialista, ideado en su propias palabras para “acabar con la oligarquía burocrática” y acelerar el proceso de toma de decisiones, ya que le confiere amplios poderes ejecutivos e incluso legislativos y de nombramientos judiciales.

Tras la toma de posesión como presidente, una de las primeras declaraciones de Erdogan fue: “Creo que veremos bajar los intereses en los próximos tiempos”. Además puso bajo su control el Fondo de Garantía de Depósitos —utilizado para liquidar empresas requisadas o nacionalizadas— y, mediante varios decretos, modificó la forma de elección, los requisitos y el periodo de mandato del gobernador del Banco Central y su cúpula, haciendo temer que el organismo pierda su teórica independencia.

No importó que, después, Albayrak compareciese para asegurar que hará del Banco Central “más efectivo que nunca” y que sus objetivos como ministros serán “un crecimiento sostenible, disciplina fiscal, reformas estructurales y reducir la inflación a cifras de un sólo dígito”: la lira recibió su nombramiento con caídas de hasta el 9 % de su valor en apenas tres días. En lo que va de año ha perdido un 25 % y se cambian 5,6 liras por cada euro y 4,8 por cada dólar.

La fuga de capital, la depreciación de la moneda y la inflación atenazan la economía

Y dado que más de la mitad de las grandes empresas turcas se han financiado en los últimos años en moneda extranjera —aprovechando los bajos intereses— ahora han comenzado a sufrir problemas: en total acumulan deudas de unos 200.000 euros en divisas. Yildiz, el grupo propietario, entre otros, de chocolates Godiva y United Biscuits, ha tenido que renegociar 5.000 millones de dólares en deudas y hay varias multinacionales turcas más en camino de hacer lo mismo. Türk Telekom, en manos de la saudí-emiratí Oger, también lo intentó, pero los bancos acreedores exigieron a cambio hacerse con el control accionarial de la empresa de telecomunicación.

Dada la situación, la agencia crediticia Fitch redujo la nota de la deuda turca a BB con perspectiva negativa. “La credibilidad de la política económica se ha deteriorado (…) y las elevadas necesidades de financiación externa hacen a Turquía vulnerable a sacudidas”, justifica. Las otras dos grandes agencias, S&P y Moody’s, mantienen desde hace tiempo a Turquía en el bono basura.

El Gobierno turco se defiende alegando que la caída de la lira se debe a “operaciones de desestabilización externas” para provocar la caída de Erdogan, pues no obedecen a las grandes cifras de crecimiento del país. En los últimos tres trimestres, el PIB turco se ha incrementado a una tasa del 8 %, uno de los más altos del mundo. Pero muchos lo ven como un mero espejismo. Además, la elevada inflación (15,4% en el índice de precios al consumo en junio, 23,7 % en el de precios al productor) impide que dicho crecimiento se note a pie de calle. Turquía, además, depende de la financiación externa: entre 80.000 y 200.000 millones de euros anuales son necesarios para evitar desequilibrios. Sin embargo, la inversión productiva se ha reducido y el país, durante el último lustro, ha vivido de los flujos dedinero básicamente especulativo que llegaba para aprovechar los altos rendimientos que ofrecía la banca turca.