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Las grandes ciudades olvidan el sonido de la bombona

El desarrollo del gas natural y la modernización de las ciudades reducen el uso del butano a casi la mitad en 15 años

Manuel de la Morena, butanero de la zona norte de la Comunidad de Madrid, durante un reparto.
Manuel de la Morena, butanero de la zona norte de la Comunidad de Madrid, durante un reparto.

Hace unos años, el butanero entraba en todas las casas. El popular color naranja de la bombona y el sonido metálico del golpeo de las botellas con el camión formaba parte de la rutina urbana. El repartidor recorría cada calle y los vecinos le reclamaban el pedido. “¡Butano, butano!”, repetían los esforzados trabajadores que cargaban varias bombonas de 12,5 kilos cada una a la espalda. Una escena que ahora es difícil de ver en las grandes ciudades, aunque resiste en la zona rural y la periferia. De hecho, de 2003 —primer año del que hay datos de la AOGLP y la Comisión Nacional de Mercados y la Competencia (CNMC)— a 2016 el consumo se ha desplomado un 44,16%.

El descenso en el uso de la bombona no se debe a la crisis, sino al cambio en las instalaciones del hogar. “La caída coincide con el fuerte desarrollo de la instalación de gas natural”, asegura Santiago Pérez, director general de la Asociación Española de Operadores de Gases Licuados del Petróleo (AOGLP).

“Cambia la bombona, que sale el agua fría”, esa es la advertencia recurrente en las casas para hacer el pedido. En los últimos 15 años, este aviso ha dejado de oírse en multitud de casos. ¿Por qué? Las nuevas instalaciones tienen un suministro continuo y evita este contratiempo. Los datos así lo muestran: se ha pasado de vender unas 125 millones de unidades en 2003 a alrededor de 70 millones en 2016, una cifra similar con la que se espera que haya cerrado 2017 (hasta octubre lleva alrededor de 55 millones de unidades).

La bombona de 12,5 kilos es más usada. “La de toda la vida”, explica Manuel de la Morena, de 52 años y repartidor desde los 18. A este envase corresponde un 77% del total vendido de más de ocho kilos y tiene un precio regulado. Desde noviembre (se revisa su precio de nuevo a mediados de enero), 14,45 euros, un 28,4% más que en julio del año pasado, cuando tocó el mínimo de 11,25 euros. Pese a este incremento, todavía cuesta un 17,4% menos del valor máximo que se alcanzó en marzo de 2015 (17,50 euros). “El precio regulado impide el desarrollo del sector, porque no permite rentabilizar las inversiones de las empresas”, dice Pérez.

La caída se registra en los datos de las grandes empresas, pero donde se deja sentir con más fuerza es a pie de calle. De la Morena lo conoce al detalle. Vive en Miraflores de la Sierra (Madrid), es propietario de una distribuidora de butano y repartidor desde hace 35 años en la zona norte de la Comunidad de Madrid. Lleva toda la vida en el oficio y confirma la bajada del sector: “Se vende la mitad. Además, ahora se hacen más kilómetros que antes para repartir las bombonas, por lo que suben los gastos”. Esto lo provoca que el consumo se ha focalizado en zonas de poca densidad de población, donde hay menos bloques de pisos y los consumidores están más dispersados geográficamente. “Donde no llega el gas canalizado, ahí estamos nosotros. Ese es nuestro fuerte”, explica De la Morena.

Las grandes ciudades olvidan el sonido de la bombona

En esta cuestión ahonda el director general de la AOGLP, algo que destaca como uno de los puntos positivos del gas butano. “Donde hay menos población no interesa llevar la canalización de gas. Es menos rentable. Sin embargo, el gas licuado envasado sí que llega ahí, donde otros no quieren”, afirma Pérez. En concreto, un 30% de la población ya usa instalaciones de gas natural, según la AOGLP. Un crecimiento que se ha dado en la última década en las grandes ciudades, aunque no se espera que aumente mucho más por el momento. Hay otras alternativas, como el uso de electricidad, aunque son minoritarias, según Pérez.

Así, un elevado número de la población mantiene el uso de bombonas butano en la vivienda. Por comunidades autónomas, el consumo se centra en Andalucía, donde se venden tres de cada diez bombonas (29,57%). Esto es, 253.097 toneladas de gas licuado de petróleo envasado de las 855.845 toneladas consumidas en España. Es decir, unas 23 millones de bombonas. Le sigue la Comunidad Valenciana, donde se reparte el 13,38% del total, Galicia (9,37%) y Cataluña (8,69%).

Por provincias, Alicante (6,54%) y Valencia (5,29%) reparten una de cada diez bombonas vendidas en España. Al igual que entre Málaga (5,85%) y Sevilla (5,79%). “Periferia, zonas rurales y viviendas de costa son nuestro mercado principal. También en segundas viviendas, donde se prefiere pagar por el uso”, argumenta el director general de la AOGLP. Los butaneros lo tienen claro: “Donde nos mantenemos es en las pequeñas poblaciones y núcleos rurales”, dice De la Morena.

“Quiero tocar fondo ya”

El sector se ha reducido a la mitad. A pesar del desplome, en los últimos tres ejercicios las ventas se mantienen en niveles similares y parece haberse estabilizado. “Quiero tocar fondo ya para saber el negocio real con el que cuento. La caída se ha frenado aunque creo que todavía bajaremos más”, asegura De la Morena.

Una incertidumbre que llega a distribuidores y repartidores. Las empresas distribuidoras no saben con qué nivel de ventas cuentan. Sobre todo en verano, la época de vacas flacas del sector. “Nuestro agosto es ahora, el invierno, que es cuando más pedidos tenemos”, asegura De la Morena. Por eso, muchas de estas compañías incluyen otros servicios como revisiones de caldera para mantener el negocio. Aunque no es suficiente.

De hecho, la caída del consumo se ha cobrado cientos de empleos. No existe dato oficial, pero si se reparte casi la mitad, los distribuidores no pueden mantener la misma plantilla. “Antes teníamos a siete repartidores contratados. Ahora hay cinco y si sigue bajando tendremos que reducir más”, reconoce De la Morena.

“Pesan los años y cada vez pesan más las bombonas”

El trabajo del repartidor de bombonas de butano es un empleo considerado duro. Los envases son pesados —el tradicional son 12,5 kilos— y es recurrente la imagen del butanero subiendo en repetidas ocasiones pisos de edificios cargado de bombonas a sus espaldas. “Pesan los años y cada vez pesan más las bombonas”, asegura el repartidor Manuel de la Morena.

El horario habitual es de ocho de la mañana a dos de la tarde y de cuatro a siete de la tarde. Esto en invierno, época de más cantidad de trabajo en el sector. En el verano se trabaja normalmente solo hasta las tres de la tarde. El sueldo habitual está en torno a los 1.100 euros, más las propinas.

Un empleo antiguo que se moderniza poco a poco. Ahora se pueden realizar pedidos por Internet o a través de aplicaciones móviles. También por teléfono, aunque eso se hace desde hace años. A pesar de ello, el 75% de las ventas sigue siendo sin pedido, según los distribuidores.

Pese a los cambios, lo que no se puede cambiar mucho es la forma física de reparto. “Una ventaja para nosotros sería el ascensor en muchas ocasiones. El problema es que en las comunidades donde ha llegado el ascensor, también se ha incorporado el gas y ya no se usa bombona”, dice De la Morena.

El tipo de reparto, en el que el butanero tiene que entrar hasta la cocina de las casas, se traduce en una relación cercana con los clientes. “Te conocen de toda la vida. Saludas a los abuelos, ves a los niños crecer y sabes los nombres de todos. Se genera confianza”, afirma uno de los repartidores del norte de la Comunidad de Madrid.

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