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Miseria y milagro económico: las dos caras de Filipinas

El país muestra unos datos envidiables, pero esconde una alta tasa de pobreza

El crecimiento de la economía no evita imágenes de pobreza como esta, tomada en Manila el pasado junio.
El crecimiento de la economía no evita imágenes de pobreza como esta, tomada en Manila el pasado junio.

Cuando uno observa el cuadro macroeconómico de Filipinas, el país parece tenerlo casi todo a favor para convertirse en otra historia de éxito en el sudeste asiático: un crecimiento económico alto y sólido, bajos niveles de deuda, una inflación controlada o una fuerza laboral amplia y joven son algunos ejemplos. El buen comportamiento de la economía, sin embargo, no ha repercutido en una reducción de la desigualdad o en la mejora de la calidad de vida de la mayoría de la población del país, una cuarta parte de la cual sigue por debajo del umbral de la pobreza.

Muy poco tiene que ver la Filipinas actual con aquel país que el dictador Ferdinand Marcos dejó prácticamente en la bancarrota en los años ochenta del siglo pasado. La economía del archipiélago se ha expandido en el último lustro a una tasa anual de entre el 6% y el 7%. El sector servicios crece con fuerza y supone un 60% del total de la actividad económica. Por el lado de la demanda, el consumo de los hogares está en máximos gracias a una inflación —por fin— bajo control, el aumento de los sueldos y el envío de remesas de los emigrantes filipinos que trabajan en otros países (unos 26.100 millones de euros en 2015, el equivalente a un 10% del PIB). Los consumidores en Filipinas son actualmente, según los estudios que elabora cada trimestre Nielsen, los más optimistas del mundo.

Las previsiones para los próximos años son, a priori, alentadoras. Filipinas tiene a su favor lo que los economistas llaman el dividendo demográfico, es decir, una evolución de la población que favorece el desarrollo económico. El país asiático alcanzará los 150 millones de habitantes hacia 2050 frente a los 102 millones actuales, aumentando de forma significativa el número de personas en edad de trabajar y reduciendo progresivamente la población dependiente (los menores de 15 y mayores de 64 años).

“Obviamente esto puede ser un desastre, como lo fue en algunos países de Latinoamérica, si no se crean suficientes empleos. De ahí la necesidad de que las autoridades utilicen los ahorros para financiar inversiones en infraestructura que propulsen la actividad económica”, asegura Trinh Nguyen, economista de Natixis para Asia Emergente. Además, una demografía favorable es una oportunidad limitada que hay que saber gestionar: con el tiempo la distribución cambia de nuevo y el país se encuentra con una población envejecida, como está sucediendo en varias naciones desarrolladas.

Miseria y milagro económico: las dos caras de Filipinas

La pobreza se estanca

A pesar de que el tamaño de la economía filipina se ha más que duplicado en la última década, la tasa de pobreza apenas se ha movido. Actualmente el 26,3% de los filipinos viven con menos de 174 euros al mes (el umbral nacional de pobreza), no muy lejos del 28,8% del año 2006. Se trata de un porcentaje muy similar al de Myanmar —la antigua Birmania— y muy superior al de otros países de la región como Vietnam, Camboya o Laos, cuyas economías ni son tan grandes ni han registrado un periodo de bonanza tan largo como el de Filipinas.

“El principal problema es que el sistema bancario no llega a los pobres. Solamente las grandes empresas reciben financiación, mientras que las pequeñas y medianas y las familias tienen dificultades para obtener dinero”, asegura Nguyen. Y la clave para cambiar esta situación es el empleo: “Se necesitan más puestos de trabajo en sectores intensivos en mano de obra, porque actualmente es difícil encontrar un empleo estable si eres un trabajador poco calificado. Es necesario promover la inversión, especialmente la extranjera y en el sector manufacturero, una reforma agraria que elimine los problemas con la propiedad de la tierra y más gasto en infraestructuras para reducir los costes de los alimentos o la electricidad”, añade la economista.

Pero el problema no es solamente cómo el país invierte la riqueza, sino sobre todo cómo se reparte. Un pequeño grupo de familias —algunas cuyo estatus se remonta a la época colonial española— controlan industrias y sectores clave y cuentan con un poder político enorme en el país. Esta particular oligarquía ha recibido el trato a favor de los sucesivos gobiernos del país, lo que les ha permitido mantener sus negocios operando prácticamente bajo un régimen monopolístico. Según datos de 2014, la fortuna de las 50 personas más ricas de Filipinas era equivalente al 26% de su PIB.

La nueva administración del archipiélago, liderada por el polémico Rodrigo Duterte, ha prometido continuidad en las políticas macroeconómicas y ha propuesto una agenda cuyo objetivo es reducir la tasa de pobreza hasta el 17% en 2022. Para ello se pretende reformar el sistema impositivo con especial énfasis en la progresividad, aumentar considerablemente el gasto social y la inversión en infraestructuras o llevar a cabo políticas que favorezcan la inversión extranjera y la competencia.

Tanto el Fondo Monetario Internacional como el Banco Mundial han respaldado el plan del nuevo Ejecutivo y coinciden en su optimismo sobre el futuro del país. Pero los numerosos exabruptos del mandatario y la impredecibilidad de sus movimientos asustan a algunos: “(Duterte) cosechó ciertos éxitos como alcalde de Davao. Dicho esto, surgen preguntas acerca de su capacidad para gobernar el país y, al menos para la inversión extranjera, un líder volátil nunca ha ayudado”, dice Nguyen. Cabe recordar que el mandatario ha insultado a la ONU, a la Unión Europea y, especialmente, al mayor aliado de su país, Estados Unidos.

Los analistas coinciden en que aún es demasiado pronto para saber hacia dónde Duterte llevará al país: el potencial económico es claro, pero los años de Marcos en el poder demuestran lo fácil que es para Filipinas salirse del rumbo.