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COLUMNA

Esos peligrosos bolcheviques

El rumbo cambia hacia el crecimiento, la inversión pública y las políticas fiscales

La directora del FMI, Christine Lagarde, y el presidente dle BCE Mario Draghi, en la reunión del G20 el pasado julio.
La directora del FMI, Christine Lagarde, y el presidente dle BCE Mario Draghi, en la reunión del G20 el pasado julio. France Press

La política económica que emana de Bruselas y Berlín no experimenta grandes alteraciones, aunque el mundo —y Europa— gire hoy a más revoluciones que hace, por ejemplo, un lustro. Los pequeños dispendios que se permiten a los socios del club se aceptan tan sólo como “concesiones” inevitables a su difícil situación política. Allí se sigue hablando más de déficit que de crecimiento, más de política monetaria que de política fiscal, más de inflación que de deflación. Pero han surgido en sus alrededores unos peligrosos bolcheviques que lo ponen en cuestión, que acentúan sus prioridades hacia los segundos términos de cada alternativa citada: antes el crecimiento, las políticas fiscales, los riesgos del estancamiento de los precios. Esos soviet, que hasta hace poco formaban parte del otro bando, tienen siglas de organizaciones multilaterales: BCE, FMI, OCDE, OMC, y en España, FEDEA, una fundación de estudios de economía aplicada que sufragan bancos y empresas del Ibex.

Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), compareció ante la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo y declaró que es el momento de que los salarios suban, ya que llevan mucho tiempo creciendo por debajo de la productividad. El Fondo Monetario Internacional (FMI), que esta semana celebra sus jornadas de otoño, se preocupa por el proteccionismo que está causando políticas de “perjuicio al vecino”, que tratan de responder a la frustración ciudadana ante un crecimiento anémico que conlleva baja inversión y bajos salarios. Christine Lagarde, su directora gerente, advierte de que la acción de los bancos centrales debe seguir siendo expansiva, pero también de la urgencia de otro sistema de estímulos para que la recuperación, tras la brutal Gran Recesión, sea menos decepcionante para la ciudadanía. Según Lagarde, ha llegado la hora de repartir los frutos, de generar un “crecimiento inclusivo”, para lo cual será preciso invertir en mejores carreteras y aeropuertos, más redes económicas e Internet de alta velocidad, en infraestructuras públicas modernas. “Las estrategias en vigor”, dice el organismo, “no están permitiendo estimular la demanda”. En cuanto al comercio, este año será el primero en los 15 últimos en que crezca menos que la economía global, pudiendo empeorar si los gobiernos adoptan medidas de protección (la Organización Mundial de Comercio dixit).

La Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), una especie de servicio de estudios de los países más ricos, denuncia que la economía global está sumida en una trampa de bajo crecimiento que alimenta una espiral de bajas expectativas y, por lo tanto, un comercio débil, menos inversión, baja productividad y bajos salarios. Para esta institución parisina, el problema radica en que la política monetaria está “sobrecargada”; habría que aprovechar el espacio fiscal para invertir, reforzar estructuras y acuerdos para fomentar el comercio internacional.

¿Y España? Necesita aprobar una reforma fiscal para aumentar la recaudación y evitar nuevos recortes de gastos sociales como la educación, la sanidad y las prestaciones. Aunque se ha reducido la brecha de gasto público entre nuestro país y el resto de Europa (utilizado para que siguiesen funcionando los estabilizadores automáticos), España sigue siendo el segundo país de la UE-15 con el menor nivel de gasto, tan sólo por detrás de Irlanda.

En 2009, en plena crisis económica, las biblias económica de la prensa mundial (The Economist, The Wall Street Journal,…) coincidieron en que Keynes había vuelto. Un septenio después continúa entre nosotros. Por necesidad.